domingo, 21 de junio de 2015

LA VISITANTE
 

   No cambia más, pensó, y levantó la primera flecha.

   Las flechas eran rojas y estaban hechas en cartulina; eran bastante grandes. Las vio ni bien abrió la puerta, vio la primera y vio las otras que, a trechos regulares, iban describiendo la roja curva que se internaba en el pasillo.

   Sigue siendo un chico, se dijo mientras levantaba la cuarta (o quinta), siempre está jugando. Y pensó que de alguna forma lo que había entre Alejandro y ella nunca había sido otra cosa que un juego, a pesar de los juramentos de aquella tarde. Luego vendrían el viaje de ella y los rencores de Alejandro. Luego el silencio.

   La casa era vieja, una de esas casas de antes con cuartos comunicados. Las flechas la iban paseando por habitaciones altísimas, con olor a viejo, a encerrado. Se preguntó dónde estaría Alejandro, cuántos pasillos y cuartos más tendría que atravesar para encontrarlo. Se preguntó cuánto duraba el juego.

   Y fue tal vez esta pregunta la que trajo los recuerdos, y entonces Alejandro, aquel Alejandro que se había ido desdibujando con el tiempo y la distancia -a pesar de los esfuerzos de una fotografía- aparecía nítido en esos juegos que guardaba la memoria, como si él fuese un producto de los juegos y no al revés. Y cruzaba un dormitorio cuando, junto a una cama, recordó esos juegos, los más dulces y los más terribles. Recordó que él era un poco cruel.

     Dejó sobre la cama el manojo de flechas rojas que le había ido creciendo en las manos, pero siguió levantando las siguientes.

     Continuó atravesando pasillos y pensó en un laberinto. Siguió atravesando cuartos. Ahora no iba sola, el recuerdo de Alejandro en los juegos amatorios se había vuelto una presencia.

     Pensó: La casa es justa. Si se hubieran visto en un hotel, o en su departamento no habría sido lo mismo, no habría habido juego, porque al final todo era un juego, inquietante, como todos los juegos de él. Como el dejarle en el buzón de su departamento la carta con la dirección y la llave, una hora y un nombre: Alejandro ¿Costaba mucho hablarle por teléfono? Después de todo eran dos años fuera de la ciudad, dos años sin verlo, a ella le hubiera gustado oír su voz. Pero lo de Alejandro eran los juegos, sin duda. Es un chico, pensó, un poco cruel, y volvió a pensar: La casa es justa.

     Ya le había vuelto a crecer el manojo de flechas cuando llegó a la puerta del baño. Y en ese momento, al anterior recuerdo de esfuerzos y sudores, se le sumó ese otro que tenía un elemento nuevo, el agua. Imaginó el cuerpo de él desnudo bajo el agua y sin saber bien por qué, pensó en los azulejos, en el tacto húmedo de los azulejos mojados.

     Abrió la puerta y el vapor le golpeó la cara. Antes de correr la cortina se quedó un momento escuchando el agua, el recuerdo de los juegos era ahora insoportable. Volvió a pensar en azulejos. Entonces corrió la cortina, vio el cuerpo desnudo de Alejandro, las últimas flechas cayeron al suelo, al agua. Vio el cuerpo desnudo de Alejandro a veinte centímetros del suelo. Sin duda era un juego cruel.

domingo, 26 de abril de 2015

EL NOMBRE
 

-Ahí viene –dijo Roberto, y corrió hasta el sofá.

     Cuando Rosa entró los encontró dispersos en el living. Uno tirado sobre la alfombra fingía leer, otro sobre el sofá se escarbaba la nariz sin dejar de mirar en dirección al televisor, el tercero, un poco más lejos, dibujaba sobre la mesa del comedor.

-¿Se puede saber qué les pasa?

     Los tres la miraron sin decir palabra. Y era como si aún mirándola siguieran absorbidos por el libro, la tele o el dibujo.

-¿Se puede saber qué les pasa? –repitió. - Hace una hora que estoy llamando.

     Roberto miró el moco que acababa de sacar, casi estudiándolo, e hizo un ligero encogimiento de hombros.

-¿No me escucharon?

     La miraban. No respondían. Aunque allá atrás, en la mesa del comedor, Roberto pareció hacer un ligero asentimiento, sin levantar la vista del dibujo.

-¿No me escucharon? ¡Veinte veces grité “Roberto” y no vino ninguno de los tres!

     Roberto suspiró cerrando el libro. Su hermano, cansado de amasar la bolita de moco, la pegaba ahora bajo el almohadón del sofá.

-Roberto –dijo la madre cuando iniciaba una nueva incursión nasal-, sacate el dedo de la nariz, querés. –Y a todos: -Veinte veces los llamé ¿Se puede saber qué hay que hacer para que contesten? A ver vos, Roberto, decime algo.

-Mamá –empezó Roberto-, es el nombre…

-¿Qué pasa con el nombre?

     Roberto, en la mesa del fondo, que había levantado la cabeza y mirado un momento a la madre, volvió a bajarla.

-El nombre… no nos gusta.

     Rosa quedó un segundo suspensa, luego habló, con un tono de incredulidad:

-Es el nombre del abuelo –dijo, como si eso bastase, como si fuera imposible no ceder a eso.

-Sí –dijo Roberto- …pero ¿los tres?

-¿Y? ¿Cuál es el problema?

     El silencio volvió a reinar, tirante, osco. Hasta que Rosa levantó los brazos al cielo.

-¡Los tres –gritó-. Los tres, y cuando llamo “Roberto” no viene ni uno! Malos hijos. Los tendría que cagar a azotes ¡A losa tres!

     Roberto había vuelto en busca del moco, pero ahora era una busca nerviosa, llena de ansiedad.

-¿Y cómo quieren llamarse, a ver? –preguntó Rosa, desafiante.

     En la mesa del fondo Roberto fue el primero en animarse a hablar. Había bajado la vista al dibujo, pero igualmente se le oyó claro.

-Julián –dijo.

     Rosa, que parecía pronta a reírse, se contuvo, y de repente le brotaron las lágrimas. No podía entender que despreciaran un nombre elegido con tanto amor. Se sorbió los mocos.

-Era el nombre del abuelo –dijo, apenas audible.

     A los demás no les preguntó, los fue mirando alternativamente.

-Julián -dijo Roberto, sin apartar la vista del moco recién capturado.

-Desgraciados.

-Julián –dijo Roberto desde el suelo, donde ahora acariciaba el dibujo de la alfombra.

-No te enojes mamá.

-Mocosos de porquería.

-Julián –repitió Roberto entre los sollozos de su madre.

domingo, 19 de abril de 2015


PINTURITAS 

 

 

     A mi me gusta dibujar caballos, pero mamá no me deja. Dice que después no sabe qué hacer con tanto caballo ¿Y yo qué culpa tengo si dibujo un caballo y el caballo aparece en el comedor? Aparte lo llama al tío Fermín que vive en el campo y listo ¿O no vino la otra vez a llevarlos? Pero igual no me deja.

     Y eso que ahora no dibujo más en las paredes porque antes se enojaba más, pero ahora no, ahora Carlos me regaló el cuaderno, porque mamá le decía: A vos sólo se te ocurre comprarle las pinturitas y no traerle un cuaderno. Y mamá tenía razón, porque ahora con el cuaderno puedo dibujar todo lo que quiero, bah, caballos no, pero igual puedo dibujar otras cosas dibujo autos, caracoles, me gusta dibujar autos porque siempre que dibujo un auto viene la tía Elvira y me trae un autito, aunque la verdad, mamá no me deja jugar con los autitos, me los saca y los pone en la repisa de mi pieza, dice que así cuando sea grande los tengo sanitos, que ahora los voy a romper, pero igual, cuando no se da cuenta, yo me subo en una silla y los bajo y no los rompo nada nada.  Después los guardo, porque si mamá me ve con los autitos se enoja y me dice: Dejá esos autitos que los vas a romper, andá a dibujar.  Pero caballos no me deja dibujar, y si dibujo caracoles le comen las plantas, así que ya no sé qué dibujar, porque el cuaderno es grandísimo y me quedan un montón de hojas. Y a mí, la verdad, me gustaba más dibujar en la pared, pero como mamá se enojaba me puse a dibujar en unos papeles que había arriba de la mesa y después se los mostré a Carlos y me pegó y me dijo mocoso de porquería ¿y yo qué sabía que eran de Carlos? ¿Qué sabía que eran unos papeles importantes? A mi no me gustó que me pegue. Mamá se enojó con Carlos, yo sé porque a la noche escuché que le decía “No tenés derecho, no es tu hijo” y él le decía “Me lo hace a propósito, Paula, me lo hace  a propósito” Y seguro que le pegó a mamá porque él se fue a los portazos y yo después la escuché a mamá que lloraba, y yo tenía miedo que me rete y me fui a la pieza dibujar, y dibujé un camión y me salió bastante lindo porque la verdad, yo nunca había dibujado un camión, autos sí, y caballos, pero un camión nunca, y ese me salió bárbaro y después me acosté y no me podía dormir, y me acordaba de Carlos y la oía llorar a mamá, aunque mamá ya no lloraba, pero yo la oía igual y seguro que me dormí (y por ahí me quedé dormido) porque me acuerdo que soñé con caballos y no me acuerdo nada más, y hoy mamá me llamó para ir a la escuela y estaba triste y yo me quería quedar con ella, pero igual me llevó a la escuela y cuando volví estaban las tías y yo escuché que la tía Elvira le decía “Fue un accidente” y mamá decía “No, fue mi culpa, fue mi culpa” y lloraba y por ahí me vio  a mí que entraba con Claudio que siempre me va a buscar a la escuela y me abrazó y empezó a llorar más fuerte y la tía Elvira me dijo “Vení” y me llevó a la pieza, y yo tengo miedo, porque seguro que mamá encontró el cuaderno y vio el dibujo del camión y se dio cuenta, sí, se tiene que haber dado cuenta porque yo dibujo muy bien y el auto de Carlos me salió igualito y seguro que vio el auto de Carlos abajo del camión, por eso llora, está triste, porque si hubiera dibujado un caballo seguro se enojaba, pero ahora  está triste porque sabe que yo a Carlos no lo quiero y por qué lo voy a querer si él me pega, pero igual yo voy a arrancar la hoja para que mamá no me rete.

domingo, 12 de abril de 2015

LA BUENA MUERTE


 

     “Bombero”, dijo, pero entonces era un chico, tenía esa tierna edad en que los chicos quieren ser bombero, aviador o vigilante, y lo repiten con sus voces menudas y firmes cada vez que se les pregunta qué van a ser de grandes.

     Pero el tiempo olvida esas cosas y en pocos años hace un reparto de suertes arbitrario y despiadado. Le tocó ser doctor. No podía quejarse, no fue una mala vida, Y al final no era algo tan diferente ¿o no le había tocado a él también salvar vidas? Pero de cualquier forma, él ya no recordaba su infancia, una profesión, una familia, los años son cosas que ayudan a olvidar.

     Y ahora que es la hora, ahora que postrado en una cama espera que otro más joven salve su vida que es ya insalvable, ahora que siente cuánto pesan los años, como todo el que llega a esa hora, se cuenta su vida. Piensa en los nietos, los hijos, el consultorio, piensa en la universidad, en la escuela, y entonces sí, al fondo de los recuerdos, en un patio donde hay malvones y una tortuga, puede ver por fin al niño que fue, y ve al hombre que no fue porque, con una voz que recupera después de tantos años, le oye decir “bombero”. Algo le aprieta el corazón, algo le dice que la vida se ha equivocado con crueldad. Cierra los ojos y con su voz cansada repite “bombero”. Pero el niño que fue no puede oírlo, está corriendo por el patio imitando con voz de niño una sirena alarmada que se mezcla con la sirena real que grita de este lado de los recuerdos. “Bombero”, sigue repitiendo, hasta que el humo negro y espeso le cierra la garganta. 

     Nadie sabe como empezó el incendio, un cigarrillo, una estufa cualquier cosa habría servido. Uno de los  bomberos, en un comentario cercano al epitafio, dijo: “Murió entre las llamas, pobre viejo”. La vida suele equivocarse, la muerte nunca.

viernes, 3 de abril de 2015

EL ASADO

 

      Te juro, el quilombo lo armó el Luis. Porque vos viste cómo es el Luis ¿no? No es mal tipo, pero toma y se pierde. Y ese día, qué querés que te diga, se había tomado hasta la presión. También ¿A quién se le ocurre ponerlo a hacer el asado? Cuando llegamos ya se había adobado. Encima lo ayudaba el Chochi, -el Chochi ¿viste?- Bué, para qué, flor de yunta. Como te decía, llegamos y los tipos ya estaban meta brindis, festejaban por cualquier boludez, y en cuanto nos vio llegar, chau, ahí nomás se le da al Luis por los concursos ¿vos viste como es él de mandaparte? Bué, se ponen los dos, con el Chochi, a embocar manises. Y ahí estaban, meta revolear el maní y zácate, a cazarlo con la boca. Y entre tiro y tiro un vasito  de tinto. Te juro que el Chochi ya no se tenía en pié, pero el Luis ni ahí, todavía le quedaba cuerda pa’ rato. Y pasó lo de siempre, se mamó y se puso cargoso ¿y qué se le ocurre hacer? Lo empezó a joder al Viejo ¿vos viste que el Viejo no se mete con nadie, no? Bué, ahí va este y le empieza a tirar maní. El Viejo, che, mosca. No dijo ni mu, pero bué, viste que el viejo no abre la boca ni pa’ saludar, porque reconozcamosló, muy dado no es, y este, che, encarnizado, pasó del maní a las bolitas de pan, y el viejo nada, seguía muy chufi cortando el salamín. Y se ve que ahí al Luis le agarró la viaraza, porque lo peor que le podés hacer es no darle bola. Se ve que se enculó, porque se dejó de joder por un rato y se dedicó al asado, pero se le notaba que estaba caliente, tenía una cara de traste que ni te cuento. Bué, la cuestión es que largaron los chorizos y venía todo lo más bien hasta que el Luis llega donde estaba el Viejo y de entrada nomás, a la pasada, le pega en la cabeza con la fuente “Uy, perdone Viejo”, le dice, pero todos nos avivamos que venía con mala leche. Ahora, el viejo, che, ni se dio por enterado, y entonces le va a servir “¿Un choricito, Viejo?”  No va y le tira un chorizo en el pantalón, el muy desgraciado. Te juro que yo dije: acá se arma, pero nada, el Viejo se quedó piola, se limpió con un trapo y siguió dándole a la ensalada (porque el chorizo había ido a parar al suelo y aquel minga de traerle otro). Y bueno, largan el asado y parecía que se le había pasado y por ahi se levanta y empieza “Che ¿quién quiere soda?”, y viste cómo es el Luis que por poco no te emboca de la otra punta de la mesa, porque hay que decirlo, el tipo tiene una puntería con el chorro, Y bué, ahí empezó, meta chorro p’acá y p’allá hasta que va y le dice al viejo “Viejo ¿un poquito ‘e soda?” y sin darle tiempo a nada lo baña, porque, te juro, lo bañó. Y el Viejo seguía en sus trece ¿podés creer que no hizo nada? Se secó con la servilleta y siguió comiendo. Ahí lo miramos todos como diciendo “Che, cortala”. Y parece que al señor no le gustó que lo reten con la mirada, porque va y se manda una que mirá, ahí sí que la completó. De repente dice “Che, ‘ta bravo el veranito ¿no? Mirá la calor que tiene el bicho este...”  Caza el sifón y zas, lo baña al perro ¿viste el perro, el que anda siempre con el Viejo? Poroto creo que le dice. Madre mía, se hizo un silencio, porque viste que para el Viejo el perro ese es como un hijo. Ahí sí, se dio vuelta el Viejo y lo miró. Te juro que yo no sabía si se lo comía al Luis o se largaba a llorar, tenía los ojos rojos, venía juntando presión, viste. El Luis muy tranquilo le dice “Che, Viejo, no te chivés, es una joda”, lo mira al Claudio y dice “¿Un pedazo calentito?” y se va nomás pa’ la parrilla. En cuanto se da vuelta, el viejo que se levanta. Yo vi algo que le brilló en la mano pero qué me iba a imaginar. Y cuando el Luis se arrima a la parrilla va el Viejo de atrás y lo ensarta. Acá, sí, de costado, un puntazo nomás. Pegó media vuelta, lo chifló al perro y se fue. Nosotros al principio no nos dimos cuenta, porque el Luis estaba de espalda, y por ahí va el Chochi a buscar la damajuana y pega el grito. No sabés, no nos daban las patas. El Claudio llamó a la ambulancia mientras lo acostábamos en el tablón de la mesa, pero no hubo forma, che, estiró la pata ahí nomás, en medio del patio. Cuando llegó la ambulancia el Luis ya era historia. Y sí, el quilombo lo armó él, de mamado nomás, pero el viejo estuvo mal, no te podés tomar las cosas así. Ahora ¿podés creer, che, que al viejo no lo vimos más?

domingo, 29 de marzo de 2015

LA VOZ 

 

     Verde, dijo la voz, y él despertó. Se rascó la cabeza y se quedó pensando si había despertado porque la voz dijo verde o si dijo verde porque él despertaba. No lo pensó mucho, estaba acostumbrado a acatar y de cualquier forma siempre despertaba cuando la voz decía verde. Se quedó en la cama fumando, no hacía fiaca, esperaba apenas que la voz dijera algo más, pero nada. Salvo la palabra que decía al despertarlo, las otras apariciones de la voz eran aleatorias, es más, nunca decía nada después de verde, pero él igual la esperó, como todas las mañanas, y recién cuando el cigarrillo le quemó los dedos abrió la ventana.

     En realidad no era difícil olvidarse de la voz una vez despierto, eran raras las ocasiones en que volvía a hacerse oír a lo largo del día. Pero esa mañana él estaba ansioso y se fue derecho al baño para abrir la canilla, como aquella otra mañana en que la voz le había dicho rojo, pero esta vez no pasó nada, agua corriendo, el ruido monótono del agua y nada más. Se lavó la cara.

     Le preocupaba esa ansiedad que él mismo se notaba y decidió olvidarse voluntariamente de la voz. Y sin embargo destapó la azucarera con mano temblorosa esperando escuchar la voz como aquella otra vez. Volvió a tapar la azucarera, siempre tomaba el café amargo.

     Puso la taza en la pileta y volvió al baño. Trató de controlar los nervios mientras se afeitaba pero igual se cortó (y era raro que él se cortara) Una puteada, papel higiénico. Volvió a la pieza.

     Mientras se vestía logró serenarse, casi ni pensó en la voz. Pero al pasar por el baño recordó que no se había lavado los dientes. Consultó el reloj, sí, tenía tiempo. Entró al baño, destapó el dentífrico y se quedó mirando el pomo. Entonces lo arrimó a la oreja, nada. Nada en el tubo, pero sí en el espejo. La imagen ridícula de un hombre de cincuenta años apuntándose a la oreja con un tubo de dentífrico. Le dio rabia, se trató de idiota y salió a la calle. Juró no pensar más en la voz.

     En la parada se entretuvo mirando a la gente, tuvo tiempo, había perdido el colectivo de las 8.15. Un chico de unos diez años, una mujer tal vez de veinte, y una señora mayor. Entonces se preguntó qué cara tendría la voz (porque toda cara tiene una voz y viceversa). Esto no se le había ocurrido antes, estaba tan entusiasmado con su nueva idea que ni le molestó haber roto su juramento.

     En el micro se dedicó a estudiar al pasaje, aunque en realidad no había mucho para estudiar, los que subieron con él y dos hombres, más o menos de su edad. Ninguno tenía cara de la voz.

     Camino al centro subieron apenas tres pasajeros más, él les fue probando la voz a todos, pero nada, no podía dar con una cara que se arrimase a la voz, aunque tal vez esa mujer... Y entonces lo supo, entonces supo aquello que debía saber y sin embargo no: la voz era mujer. Era raro que  no lo hubiera notado antes, tal vez porque la voz aparecía siempre en la duermevela, pero ahora lo sabía, era la voz de una mujer. Feliz con su descubrimiento  bajó del micro.

     Faltaban tres cuadras para llegar, consultó el reloj, tenía tiempo. Decidió caminar despacio para poder probarle la voz a cada mujer que cruzase. Nada en las primeras dos  cuadras, un par que podrían pero no, y ahora la avenida y luego una cuadra más, una sola hasta la oficina, hasta la rutina diaria donde olvidaría la voz hasta el otro día. La oportunidad de encontrarle un rostro a la voz se perdería cruzando la avenida.

     Y entonces sucedió, a mitad de la calzada la voz volvió a aparecer, venía de atrás, más alarmada que otras veces, pero sin duda la voz. Trató de volverse para encontrar el rostro pero no llegó a terminar de girar, no alcanzó a ver ni el semáforo ni a la mujer que le gritó “¡Rojo!”. Apenas vio el camión que se le vino encima.

domingo, 22 de marzo de 2015


PARA EMMA

 

   En la pequeña aldea de Yonville, con el veneno ingerido en la botica, una mujer se quitó la vida. Este suceso, de tan poca originalidad fue rodeado de comentarios sobre los mismos deslucidos temas de siempre: desavenencias conyugales, adulterio...

    Lo que la crónica omite es la frase final de esta señora.

“Gustave Flaubert c’est moi” dicen que dijo.

     Frase que, deformada por la posteridad, ha servido para encumbrar a un hombrecito de bigotes.

domingo, 15 de marzo de 2015

EL PRISIONERO

    

     Mi nombre es Nahel Abu Hilal, mi padre Azmi Abu Hilal, fue rey de los Medos, venció a los Partos y a los Persas y extendió su reino a toda la planicie. La gesta fue cantada por el poeta Jalal al-Din Rumi. Supongo que los años, que todo lo pierden, habrán también perdido los versos de este bate. Acaso en las deshilachadas crónicas de Farid-il-Zamud sobreviva un nombre entre los antiguos, acaso ese nombre sea el de Hashemi Rafsanjani, no es dable pensar que los ejércitos por él derrotados (y menos aún su rey) figuren en la memoria de los hombres.

     Muerto mi padre, Azmi Abu Hilal, me propuse abarcar con la espada las costas del Caspio. Dos motivos tuve para acometer la empresa: honrar la memoria de mi padre haciendo grande un reino que ya él había hecho grande y al fatuo deseo de construir un palacio que fuese mi morada y mi tumba, un palacio donde todas las ventanas dieran al mar. De estas dos desmesuras la segunda (o tal vez ambas) fueron fruto de mi soberbia y Alá supo castigarme.

     Mi estandarte, donde conviven un tigre y una luna (es sabido que luna y espejo son sinónimos, pero esto poco vale a esta altura del relato), precedía la caravana de mil hombres, guerreros adormilados por el sol y por la falta de sangre donde abrevar las espadas.

     Al quinto día de marcha, un mensajero que venía desde el sur, trajo cierta noticia funesta que no logró inquietarme, la juzgué sin importancia, una batalla casera en una remota provincia, y seguimos avanzando hacia el mar, hacia mi palacio y mi fin.

     La noticia era falaz y el mensajero sólo había interceptado la caravana para volver a Persia con precisiones sobre nuestra ubicación y rumbo. No había querella entre estos pueblos sino una alianza que los llevaba a la revolución contra mí, su rey.

     Al octavo día (y quiso Alá que fuera el octavo) fuimos emboscados por los Aqueménidas quienes habían logrado sublevar a los Persas. Debimos luchar con un ejército que era la totalidad de una provincia.

     Tres días duró la batalla, tres noches ardió la luna sobre la meseta del Irán. Al tercer día el astro enrojeció y mi ejército cayó como una marioneta. Hay –o debe haber- un tapiz persa que registra la batalla. Entre botehs y cenefas se alza el grito de mis hombres. Quienes hoy lo ven no pueden oír ese grito, ni el ruido de los cascos, ni el choque de las armas, sólo con suerte alguien verá la cara de un tigre entre confusas llamas azules.

     Los que sobrevivimos a la ira de Alá nos retiramos desandando el camino hasta donde estaba aún el campamento. La noche de ese día nos alcanzaron. Hashemi se presentó en mi tienda y cuando estuvo ante mí dijo:

     - Nahel Abu Hilal, quiso Alá que te venciera, que el castigo que te imponga sea justo a sus ojos.

     - Así sea –dije.

     Mis generales fueron decapitados al alba y yo marché a mi prisión. Antes de montar me vendaron los ojos para que no tuviera noticia de mi destino.

     Anduvimos todo el día bajo el sol del desierto, a la noche acampamos cerca de un río (el Yasartes, o tal vez el Oxus) donde comimos. Me dormí oyendo correr el agua, soñé que me ejecutaban, desperté en esta celda.

     Mi despertar fue el despertar de un muerto, me encontré arañando la oscuridad entre alaridos. Cuando me hube serenado una luz se encendió. Me acerqué a lo que parecía una ventana, ante mí había una tienda de campaña diez veces más rica que la mía, cuando salí del arrobamiento de esta visión un hombre estaba parado frente a mí, lo escruté con curiosidad mientras me mesaba las barbas y él hizo otro tanto, luego volví a quedar a oscuras. Un tiempo sin tiempo pasó hasta que mi ventana volvió a iluminarse, pero ahora no daba a la tienda sino a una casa pobre igual a cualquiera de las que abundan en los suburbios de Herat o Fardous, una muchacha lloraba frente a mí, lloré con ella y sin embargo parecía  no verme, en sus ojos, dolorosos de grandes, alcancé a ver dos pequeños tigres. Se apartó y volví a la oscuridad.

     Similares prodigios sucesivos me llevaron de la perplejidad al entendimiento. Fui un rey y un ejército, hoy soy un tigre y el rostro de cada hombre. Soñé un palacio cuyas ventanas dieran al mar y hoy tengo una celda cuya única ventana da a todos los espejos. Hoy vivo tras el agua azul de los espejos.

     Este prodigio me permite gozar de una ubicuidad incierta, conozco el mundo, es verdad, pero mi visión del mundo es acotada: Bangladesh o Dublín pueden ser una planta, un sillón, o una cama, todo se repite. Y aunque en mis muchos años he visto cosas asombrosas (cada mañana, un hombre al afeitarse, se acerca a la garganta una navaja temblorosa; menos cobarde, un astrónomo en Jaipur se degolló frente a mis ojos; en Saigón una muchacha me ha mirado con ojos inexplicables) estos hechos singulares, con el tiempo (días, años, siglos), también se repiten. Vanamente he tratado de encontrar un orden en estas repeticiones, pero con el tiempo he llegado a la convicción de que mi suerte debe también repetirse. Tal vez en este momento somos legión los que compartimos esta suerte. En algún momento pensé que necesariamente habría dos compartiendo su condena, obligados a repetir las figuras de los amantes, pero recordé lo que en mi tierra cantaban los poetas y descubrí mi error: los amantes no son dos, son uno.

     Estos pensamientos ocupan los períodos de oscuridad, ya que en los de luz me hallo demasiado atareado repitiendo, como un actor que ensayara sus gestos, los movimientos caprichosos de los hombres, moviendo con ellos la boca (he aprendido todas las lenguas de los hombres, pero son lenguas huecas, sin sonido) y observándolos, es decir, observando al tigre en sus pupilas.

     Alguna vez he soñado con una imperfección en el mecanismo de luz y sombra, una grieta de luz que me permitiese verlos de espaldas, una tregua donde ellos, al voltear velozmente pudieran verme a mí, pudieran ver las llamas azules y pudieran ver al tigre entre las llamas.

     Pero debo explicarme: mi vigilia es constante, y sin embargo tengo sueños, o recuerdos de sueños. En estos sueños (o recuerdos) a veces veo un tigre cuyas pupilas me devuelven mi rostro mortal, otras me veo a mi mismo al otro lado del espejo, pero mi barba es azul y tengo garras.

     En estas alucinaciones fue también que se me reveló mi destino. La visión de un hombre sin rostro y sin voz me lo comunicó: Pasaré en esta celda tantos días como arenas tiene el desierto donde conocí mi derrota.

     Sólo imaginar la cifra me resulta abrumador, pero esa cifra imposible es también la esperanza, sólo Alá es infinito, sé que un día se acabarán los días, entonces despertaré y el agua del Yasartes (o el Oxus) seguirá corriendo y yo me encaminaré a la muerte o la tortura o cualquier otro destino más piadoso. Así sea.

domingo, 8 de marzo de 2015


LAZOS   

 

   Marcos duerme boca abajo, con la cara en la arena. Ya estuvo una silenciosa media hora leyendo y luego de cuatro mates intercambiados sin palabras enterró la cara en la arena.

       Paula está sentada mirando a la pareja de enfrente. Ella salió del agua y se acostó boca abajo luego de darle a él un beso largo y desmadejarle el pelo.

   “Tiene los labios carnosos” piensa Paula mientras mira al muchacho. La boca carnosa se contrae un momento, acompañando a los ojos que se han plegado de pronto al descorrerse las nubes. El sol le da en plena cara, los ojos se cierran como puños y trazan unas arruguitas en la frente, entre las cejas.

    Paula trata de recordar la última vez que Marcos la besó en la playa. Siente que nunca. Sabe que no es verdad, pero siente que nunca. Nota una desolación rara, se siente nunca besada, intacta, llena, como si fuese un vaso del que nadie ha bebido.

   Entonces mira el bolso de paja que se ha volcado sobre la arena y ve las llaves del auto caídas como una baba al borde de la boca del bolso. Como marcos que tiene un lunar blanco en la comisura de los labios, esa saliva que le han soltado el sueño y la cabeza de lado y que el sol se apresuró a fijar en una manchita de sal.

   De a poco, con un pie corre las llaves que se deslizan por la arena sin ruido, amoldándose al terreno de piedras diminutas y en un movimiento que disimula estirando el cuerpo las hunde por fin con el talón, las entierra en la arena, las pierde.

   Cuando levanta los ojos, con la expresión culpable y vigilante de quien ha cometido un acto prohibido, vuelve a encontrarse con los ojos del muchacho, atento a su mirada, como si recién volvieran (siente Paula) del pie. Entonces él le sonríe. Paula le devuelve la sonrisa en un gesto que es relajarse, dejarse ir en la complicidad y el sol que se amolda a los labios plegados pero siempre carnosos.

   Paula piensa en darse vuelta, en acostarse como Marcos, en abolir las llaves y los labios carnosos, en echarse de cara al sol o la arena (mejor la arena), pero siente que algo la retiene de ese lado, fija en los labios llenos de sol y arena. Paula espera que vuelva a abrir los ojos, ahora sí. Con un gesto que camina peligrosamente por el borde entre el pudor y la vergüenza se acomoda el bretel de la malla, y deja que un dedo recorra el borde de la taza amoldando los pliegues sobre el pecho. Espera un momento interminable en que, llena de expectación, sacude algo de arena que tiene en las rodillas, y levanta por fin la mirada. Él la está viendo, ahora  no sonríe, está fijo, como una estatua, o un castillo de arena. Paula puede ver la rigidez de su cara concentrada en los labios que ahora parecen menos carnosos, más de piedra o arena, más duros.

   La chica despierta de pronto, como si la rigidez de él le estorbara el sueño. Se yergue en un movimiento rápido, flexible, y ejerce su potestad sobre él buscándole la boca, (los labios carnosos) a la vez que le revuelve el pelo con una mano llena de arena. Él cierra los ojos, pero ella ha encontrado un obstáculo que le impide ejercer su dominio (acaso los labios que todavía guardan algo de piedra, de fortaleza y de rictus) y mira alrededor. Paula se siente incómoda por esa pesquisa, revuelve el bolso como buscando algo sin saber qué, por fin encuentra los cigarrillos. Prende uno sin mirarlos, pero en el momento en que su cabeza se alza para inclinarse hacia atrás sobre el sostén de los hombros, se cruza un fatal segundo con la mirada de ella que la está viendo con unos ojos que a Paula le cuesta explicarse. Ahora parece no importarle si los labios son carnosos o de piedra, ha vuelto a él y se aplica en el beso como queriendo explicar algo que está por demás explicado: es suyo.

   Paula por fin se da vuelta, les muestra los talones, ya no le importa el paisaje humano. Marcos ha despertado, lo sabe porque la mano de él, algo sudada se ha  apoyado en su espalda. Piensa (y es tonto) en una marca de sol en la espalda, una marca de la mano de él, el bronceado limitando los cinco dedos, y es (piensa) una forma de potestad más animal, una marca como se le hace al ganado. Marcos mueve la mano. Paula siente un rodar de piedritas, de granos de sal. Siente ganas de sacudir esa mano, de quitársela de encima, de revelarse al dominio y las servidumbres que implica. Pero en vez de eso abre los ojos, otra vez un paisaje sin bocas carnosas ni besos prepotentes. Los cierra. Entonces siente la arena, el chicotazo que le da de lado. Paralizada, abre los ojos, ve alejarse los talones culpables, levanta la vista por las piernas morenas, por el short de jean desflecado y ve el amarillo rabioso de la bikini que es apenas un par de lacitos en la espalda. Paula no necesita ver el cabello rubio, ni la forma ostentosa en que se cuelga del brazo de él para saber que es ella. Ella que ha aprovechado para, el pasar,  tirarle con los pies esa arena que más que una afrenta es un pataleo desesperado, un intento de borrar eso de piedra que hay ahora en los labios de él, tan carnosos un rato antes.

   Paula los ve alejarse por el caminito de madera que lleva al balneario, los ve hacerse diminutos, mezclarse con la gente que viene en sentido contrario, separarse un poco cuando se cruzan esos chicos con la pelota. Ve el amarillo último fundirse con los colores que salen y entran de las carpas. Un minuto después los ve subir la escalera, ahora van de la mano. Pasó el peligro, ya no es necesario aferrarse al brazo, ya podemos relajarnos. Lo piensa así, en plural, tal vez porque en ese mismo momento Marcos ha retirado su mano.

   Ella se da vuelta, Marcos está sentado ahuecando la arena con el talón. Paula vuelve a revolver el bolso, encuentra los cigarrillos, se pone uno en la boca pero no lo enciende, por fin lo devuelve al paquete y se dedica a ver como Marcos vacía el mate y lo guarda en una bolsa de nylon.

-Vamos –dice él. No es una pregunta, es una orden, es la mano en la espalda que sigue ejerciendo su autoridad.

   Paula se incorpora, sacude la lona, todo en silencio. Se ha colgado el bolso en el hombro y tiene las ojotas en una mano, se siente totalmente vulnerable, entonces cambia de mano una de las ojotas, para evitar la mano de Marcos, para evitar ese gesto de propiedad que él va a iniciar y que irremediablemente le va a hacer pensar en la chica, en los labios carnosos.

   Marcos ha empezado a caminar sin esperarla, con ese paso suyo que es otra forma de decir “Vamos”. Hasta que se da cuenta de que Paula no lo ha seguido. Se da vuelta, la ve escarbar la arena. Ahora camina hacia él, le deja en la mano las llaves del auto. Marcos la ve alejarse por el caminito de madera, sola, libre, mientras sacude la arena de las llaves, sin entender.

domingo, 1 de marzo de 2015

FOTOS

 
 

Verrà la morte  e avrà i tuoi occhi

C. Pavese

 

                    La primera foto la encontró en la pava. Se había levantado tarde, pero todavía tenía tiempo para unos mates, destapó la pava para llenarla y entonces la vio, flotando en ese fondo de agua, girando de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Sacó la foto, llenó la pava, la puso en el fuego y se fue al baño. Se mojó la cara con las dos manos y al levantar la vista para buscarse en el espejo como todas las mañanas la vio por segunda vez. Si la primera vez lo asombró, esta más bien lo asustó. Ver una cara distinta en el espejo donde solía estar él le significó un desplazamiento de la realidad, se buscó en el espejo, sí, ahí estaba, pero esa foto, esa foto...Se quedó unos segundos mirándola, estaba enganchada en la grampita del espejo, ahí la dejó. En la cocina la pava lo estaba llamando con su ruidito habitual.

No recordaba dónde había puesto la primera ni le importó en ese momento, ya se había hecho tarde y adiós mate, a la oficina ¡corriendo!

     La oficina fue entonces la vigilia, como borrando los restos de un sueño, el desfile de caras cotidianas y tareas prolijamente repetidas no dejó nada de ese rostro, pero a las siete, antes de irse, al abrir un cajón volvió a verla. Cuando llegó no estaba ahí, miró a su alrededor buscando la cara que se estaba divirtiendo con él (¿Carlos? ¿René?), pero nadie lo miraba, y entonces reaccionó, no podía ser un chiste, ninguno de los dos había estado en su casa y él ya tenía dos fotos como esa. Guardó la foto en el bolsillo de la camisa y salió.

     Ya en su casa sacó la foto y luego de buscar las otras dos se quedó un rato comparándolas.  La mujer (las fotos eran de una mujer, la misma en las tres) era hermosa. Tenía ojos grandes, una mirada muy fuerte. Era morena, tenía el pelo muy negro y un mechón le caía sobre la frente. Y en todas tenía la misma expresión: los labios apretados de una forma que la boca se volvía mínima, apenas un accidente en la cara. A causa de la luz, una sombra le cubría la mitad del rostro. Había algo de ansiedad en esa cara, era la expresión torturada de quien espera, o tal vez de quien busca.

 

     “Es ella”, pensó. Las tres fotos eran diferentes pero era siempre ella, y eso justamente era lo raro, no tanto la aparición de esas fotos en lugares insólitos como el que la mujer fuera desconocida. Y si al mirar las fotos dijo “Es ella” fue porque algo se la hacía terriblemente familiar, aunque él supiera que no la conocía.

     Lo dejó ahí, es decir, las dejó ahí, sobre la mesa, pero no pudo evitar llevar el asunto a la cama y así fue que la mujer de las fotos apareció en su sueño. En el sueño él camina por un pasillo totalmente oscuro. Empieza a ver una luz chiquita al final, trata de acercarse, va tropezando con objetos que no alcanza a identificar, pero le parece que el pasillo está lleno de cosas. Cuando se va acercando a la mirilla (de ahí viene la luz) estira la mano tratando de alcanzar el picaporte. La puerta desaparece. En realidad no desaparece, no hay puerta. Oye una voz y junto con la voz la cara de esa mujer como un negativo sobre el vano de la puerta que ahora es una luz muy intensa. La oye decir: “Vine a buscarte”, pero la voz viene como de atrás, la boca sigue inmóvil, con la misma rigidez de las fotos.

     Al día siguiente, caminando por el centro, creyó verla. Se paró en seco, había sentido su mirada como un golpe por la espalda, no sabía de donde había venido. Miró alrededor pero no había nadie. Y sin embargo él estaba seguro de haberla visto. Respondiendo a un impulso miró la vidriera que tenía frente a él. Era una casa de regalos, y entonces la vio, perdida en un mar de rostros, entre los portarretratos en exhibición. Pensó que tal vez era una actriz y que él la recordaría de alguna película, pensó en preguntarle a la vendedora si la conocía, pero no se animó. Compró el portarretrato y se fue.

     Esa noche volvió a soñarla. En este sueño ella era la vendedora y el portarretrato que le ofrecía tenía una foto de él, en blanco y negro, ocre ya de tan vieja. Ella volvía a hablarle: “Te esperé mucho tiempo, te estuve buscando” Y también esta vez lo decía sin mover los labios.

     Se despertó cuando sonó el timbre, fue hasta la puerta, miró por el visor y la vio. Era una mujer hermosa, morena. El pelo, muy negro, caía en un mechón, cruzándole la frente. Tenía una mirada poderosa, los labios apretados. La luz del vestíbulo le daba de lado, dejando media cara en sombras.

     Y entonces comprendió, o creyó oscuramente comprender (casi como en un sueño) y sintió un escalofrío repentino en todo el cuerpo y el horror se apoderó de su voz que apenas pudo articular: “¿Quién es? “.

“Yo”, dijo La Muerte.

 

 

 

domingo, 22 de febrero de 2015

SI VOLVIERA JORGE

 

  Me mira. Está arriba del ropero y me mira. No sé cómo entró, me debo de haber dejado una ventana abierta, o tal vez cuando fui a barrer la vereda, no sé, pero ahora está ahí y me mira. Tampoco se me ocurre cómo sacarlo, porque hay que sacarlo, molesta, no me deja dormir, aunque apague la luz sé que sus ojitos azules me están mirando y es inútil que cierre los ojos o gire la cabeza para el otro lado, es igual, sé que me está mirando y es igual. Voy a tener que hacer algo. Mañana.

 

 

   Cuando me desperté no estaba. Pensé que lo había soñado, pero al entrar en la cocina lo vi, ahí, desde donde ahora me está mirando, agazapado en ese hueco entre la heladera y la mesada. Me pone nerviosa. Tendría que hacer algo, pero ¿qué? No sé, me da vergüenza llamar a algún vecino, seguro que pensaría: “por tan poca cosa” o “cómo son las mujeres”. No, ningún vecino, yo tengo que hacer algo. Porque me mira y me pone muy nerviosa.

 

 

   Parece que le gusta la cocina, no se movió de acá en todo el día. Mientras preparé la cena evité mirarlo, pero ahora no me deja comer, aunque mire la televisión sé que él me está mirando y la comida se me atraganta ¿tendrá hambre? ¡Lo único que faltaba, que encima le de de comer! No señor, ni pensarlo. Lo que hay que pensar ahora es cómo sacarlo de acá. Si Jorge volviera pronto.

 

 

   Hambre no tiene, me comió las sandalias. Todavía no pude sacarlo, aunque tampoco lo he intentado. Cada vez es peor, me sigue por toda la casa, a donde voy lo encuentro, en donde miro están sus ojitos azules. Me voy a poner a planchar ropa y voy a poner la novela bien fuerte cosa de olvidarme, de no pensar.

 

 

    No aguanto más, van dos días sin bañarme. Desnudarme me da miedo, o vergüenza, no sé, pero no puedo bañarme. Ya  no me saco la ropa ni para dormir. Y él sigue mirándome, no se mueve, está siempre quietito, pero donde voy lo encuentro. Se mueve... aunque yo no lo vea moverse.

 

 

   Ya me comió las cortinas, y ahora un par de zapatos, hay que ver tan chiquito y como traga. Yo casi no como, aunque cocino todos los días no logro comer, no me pasa nada. Dejo la comida en el plato para ver si se la come pero no, todo va a parar a la basura. De cualquier forma ya no queda  mucha comida en la heladera. Cuando venga Jorge voy a tener que ir al supermercado.

 

 

   Está engordando, o creciendo, ya no entra en el hueco de la mesada, ahora se queda quietito al lado de la mesa, no hace más que mirarme, a veces creo que voy a gritar. Ya no me queda ropa, llevo lo puesto, hasta las corbatas de Jorge se comió. Y ahora me mira, los ojitos perdidos e la cara enorme. Sí, debe estar creciendo.

 

 

   El sueño no me da tregua, llevo días sin dormir y él ahora está arriba del televisor, es enorme. Los ojos se me cierran, no quiero aflojar, pero no hay caso, el sueño me gana de a poquito. Abro y cierro los ojos. Ahora está sobre la cama, tendría que hacer algo, gritar al menos, pero no puedo y abro y cierro los ojos y no sé en qué momento subió pero lo tengo sobre el vientre y abro y cierro, lo veo de cerca, abro y cierro, recién ahora le veo los dientes.

domingo, 15 de febrero de 2015

FLORES ROBADAS

 
     Cuando se corta una flor hay que poner cuidado, esos seres son muy bichos, se avivan al menor movimiento. Por eso hay que atacarlas por la espalda, cuando el sol les da a plomo, para que la sombra no se nos adelante como una mala conciencia.

     Lo mejor es reptar, entrar en su terreno a ras de yuyo, avanzar con los codos como los soldados de Combate. Hay que acercarse infinitamente y sin ruido, detener el tiempo en el momento anterior al salto, calculándolo todo en un segundo dilatado, eterno. Mirar si el cuidador, los perros, las hormigas. Y entonces sí, saltar (y es una forma de decir), presionar el elástico cuello en un gesto que la estrangule y decapite, sin darle tiempo a gritar pidiendo ayuda. Luego sí, con aplomo, elevar la estatura y sacudirse las rodillas y recitar las consabidas palabras: “Para vos, mi amor” o “Una flor para otra flor”.

domingo, 8 de febrero de 2015

I PAGLIACCI


     La frutería iba a llamarse “La amistad”, la íbamos a poner con el Flaco. Era un sueño largamente acariciado, un sueño de los dos aunque lo soñáramos por separado. En mi sueño era siempre igual, la mejor, un local azulejado en beige, de frente abierto, con banderines de colores colgando de unos piolines que iban de los extremos del frente al centro de la pared del fondo, la gorda en la caja y el Flaco y yo, de impecable delantal blanco, despachando al público, así la soñaba. O la soñaba a la gorda cebándome mate mientras esperábamos que el Flaco volviera del mercado con la chatita para descargar la fruta. Porque nosotros íbamos a buscar la fruta todos los días. La mercadería era siempre fresquita.

   Pero como ya dije, la frutería en esos tiempos era sólo un sueño. La verdad es que andábamos en la mala, igual que anda hoy casi todo el mundo, sin un cobre. Entonces nos metimos a payasos.

   La idea fue del Flaco, y así me la explicó una tarde en al cocina de casa, una de esas tardes en las que yo me ponía un poco triste y miraba por la ventana mientras la gorda me cebaba mate. Me acuerdo que esa tarde el Flaco se apareció en casa con los bizcochitos, como siempre, sólo que esta vez dijo “se terminó”, tiró los bizcochos sobre la mesa de fórmica veteada que la tía de la gorda nos regaló cuando nos casamos y dijo “son los últimos, el Beto me cortó el fiado”. Y eso era una verdadera calamidad, porque la gorda y yo, al Beto ya no le podíamos ni pisar la vereda, “Hay que hacer algo- dijo el Flaco- así no se puede más”.

   Y ahí fue cuando nos explicó lo de los payasos, parece que en el almacén, mientras esperaba que lo atendieran, el Flaco se puso a leer los papelitos que el Beto les deja poner a los clientes en el vidrio de la balanza (porque el Flaco siempre fue un vicioso de la lectura), y ahí fue cuando se le prendió la lamparita, cuando leyó el cartelito que decía “Animo fiestas infantiles”.

   “Eso tenemos que hacer -dijo el Flaco- entre los dos nos armamos un numerito de payasos y tu mujer hace de presentadora, acordate lo bien que le fue animando la kermesse”. La gorda no quiso saber nada, y yo al principio tampoco, me acuerdo que le dije “¿Y la frutería?” Porque un sueño como ese no se abandona así nomás, y el Flaco me dijo “¿Con qué plata? Mirá, Petiso, esto es apenas un desvío, un recurso que nos permitirá comer y el día de mañana, si ahorramos unos pesos, poner la frutería”.

   Al final acepté, aunque creo que más que nada me dejé llevar por el entusiasmo del Flaco. Y nos metimos a payasos.

   El vestuario lo armamos con ropa de mi suegro que la gorda se había traído cuando murió el viejo.

   Mi suegro era un hombre alto y robusto, con lo cual al Flaco la ropa le iba ancha, y a mí larga, eso ya causaba su efecto, y si a eso le sumamos los tiradores y mi corbatín a lunares (el Flaco usaba un moño azul) el atuendo estaba completo. Los zapatones eran de la gorda, que ya de por sí tenía pies grandes, pero desde que empezó a sufrir de los juanetes usaba un calzado enorme. Lo único que tuvimos que comprar fueron las pelucas, la mía era roja, la del Flaco verde. La gorda nos maquillaba con crema Ponds.

   Al principio no nos iba muy bien. Los pibes no nos querían, se largaban a llorar o nos tiraban con papas y chizitos; era un desastre. “Mirá a las madres –me decía el Flaco- los dejan que tiren la comida, con el hambre que hay, cómo es la gente”.

   Y sí, las madres los dejaban, porque total, la fiesta era para ellas: se mataban de risa viendo como el Flaco y yo atajábamos las salchichitas con savora.

   En ese momento aún no sabíamos que sería por el lado de las madres que nuestra suerte iba a cambiar. Pero debimos sospecharlo, el número de mujeres iba en aumento con cada nuevo trabajo. Parece que gustábamos al público femenino.

   Y sin embargo había algo raro, algo que yo no alcanzaba a comprender, esa forma de mirarnos, ese brillito en los ojos. Como le brillaban a aquella mujer que al llamarnos aparte para pagarnos por el trabajo nos dijo al Flaco y a mí “Miren, yo no quiero que se vayan a ofender... les quería pedir algo...” ¿Hace falta contar lo que sigue? Nunca se me hubiera ocurrido que el traje de payaso fuera algo erótico, pero parece que a esta señora le traía recuerdos o algo así (la gorda, que lee de psicología, dice que es un trauma de la infancia), la cuestión es que accedimos, la mayoría de la gente ya se había ido, despachó a los que quedaban y al nene lo mandó con la cuñada. Insistió en que nos dejáramos el maquillaje, lo hicimos en el suelo, rodando entre papas y salchichitas, aplastando chizitos con la espalda, la mujer parecía como loca, nos untaba el pecho con savora, nos lamía la nariz de plástico, gemía y gritaba. Cuando terminamos nos quiso pagar, nosotros dijimos que por eso no cobrábamos “somos payasos, señora” dijo el Flaco. Pero la mujer insistió, y no sólo nos pagó: nos pagó el doble.

   Yo enseguida vi el filón, pero el Flaco no quería saber nada, “Ese no es nuestro trabajo” me decía, “pero puede serlo, Flaco, ganaríamos el doble”, “No, y no se hable más del asunto”.

   Nunca supe qué lo hizo cambiar de idea, pero una tarde se aparece en casa y me dice: “Llamó la mina del otro día, nos quiere recomendar a unas amigas”.

   Cuando llegamos al departamento nos encontramos  con seis señoras distribuidas en los sillones. Me acuerdo que le dije al Flaco: “Esto parece una reunión de Tupper”.

   En cuanto nos vieron empezaron a silbar. Una rubia de ojos chiquitos dijo: “Tenía razón Matilde, esto es mejor que Batman y Robin”. Una morocha le retrucó: “Te quedás corta, es mejor que aquellos dos que se vestían de odaliscas”.

   Nos pidieron que hiciéramos un numerito entre nosotros “algo para entibiar el ambiente”, dijo la rubia de ojos chiquitos.

   El Flaco insistió en hacer el número de las cachetadas, yo traté de explicarle que con eso no se iba a calentar nadie, pero el Flaco se mantuvo firme: “Somos payasos”, me dijo. Y la verdad acertó, porque aquellas mujeres se pusieron como locas, se nos tiraron encima y nos dejaron la ropa hecha jirones, todavía me parece ver a la morocha arrancándome el corbatín con los dientes. Apenas alcancé a preguntarle al Flaco; “¿Podremos con  todas?”  No llegó a responder, quedamos sepultados por la ola femenina.

   Me acuerdo que ya en casa, mientras tomábamos mate y la gorda nos curaba los machucones, el Flaco dijo: “No les importa la actuación, para ellas somos carne. Cómo es la gente.”

   Yo me vi venir algo fulero, no sabía bien qué le pasaba, pero era como si la tristeza que me aplastaba a mí contra la mesa de fórmica lo hubiera atacado al Flaco, tenía algo en los ojos, no sé... Por algo dicen que los payasos son tristes.

     Tristes y todo laburábamos, y a full. En poco tiempo cubrimos todo el espectro de los festejos femeninos: divorcio, viudez, despedidas de soltera, cumpleaños de 15, hasta le festejamos los 80 a una abuelita... ¡hasta llegamos a posar para una revista erótica!

     Tener algo es renunciar a soñarlo, yo entonces sólo pensaba en la frutería, es raro, ahora extraño esas épocas, esa hora de la tarde en que me ponía triste y la gorda me cebaba mate mientras yo miraba por la ventana y con los codos apoyados en la mesa de fórmica soñaba con la frutería, esperando al flaco que caería de un momento a otro para, entonces sí, cambiarnos y salir para el centro.

     Mientras esperábamos el colectivo, el flaco decía: “y pensar que nos llaman Taxi-boys”, y la verdad que daba risa, y no es que no tuviéramos plata para el taxi. Hicimos mucho dinero, hasta nos podríamos haber comprado un auto, pero ahorrábamos, el flaco insistía con el ahorro “vamos a necesitar mucha plata, no sabés la cantidad de inspectores que hay que untar para abrir un boliche de estos”, me decía.

     La plata se acumulaba en el banco y a mí se me daba por pensar que nunca íbamos a ver la frutería, que íbamos a seguir siempre en lo mismo.

     Pero yo hubiera preferido el auto. El viaje en colectivo era terrible, al flaco se le daba por animar al pasaje, cuando subía decía “Alegría, alegría”, sacaba una bolsa de caramelos y empezaba a convidar a la gente. Siempre había algún incidente, una vez casi lo trompeó a un pelado que no le quiso aceptar un caramelo.

     Yo le decía “Flaco, quedate en el molde”, pero el Flaco, nada. Siempre se sentaba algún chico en la falda, y a mi me daba un miedo, ya se sabe lo desconfiada que es la gente con esas cosas. Sí, yo hubiera preferido el auto.

     Pero eso fue antes de que se fuera el Flaco, cuando laburábamos a full, deslomándonos por atender la demanda creciente de nuestras clientas. Mujeres de todas las edades y condiciones, fue nuestra Epoca de Oro, causábamos sensación, nunca recibimos quejas, al contrario, se deshacían en elogios, y por algo al Flaco en el club lo bautizaron El Burro, en cuanto a mí, ya se sabe lo que se dice de los petisos.

     A veces querían crear clima y ponían música, una maestra jardinera nos puso “Había una vez un circo”, al flaco se le caían las lágrimas, se lo tomaba muy en serio; otra puso “Vesti la giubba”, “Una fina”, dijo la gorda cuando le contamos, y la gorda de música sabe.

     Una de esas señoras nos contrató para que iniciar a su hija, era una criatura, el Flaco se puso como loco, “No respetan la infancia - me decía- y encima iniciarla con un payaso, si parece una burla. Cómo es la gente”.

     Me parece que eso terminó de decidirlo al Flaco, tenía vocación de payaso, se fue con un circo. No quiso llevar ni un centavo de lo que había en el banco, apenas aceptó unas tortas fritas que había hecho la gorda. En homenaje a él, cuando abrimos el negocio, le pusimos “Frutería El Flaco”.

     A veces le digo a la gorda si no convendría que me vistiera de payaso para atender la frutería, pero la gorda no quiere, dice que sería una falta de respeto para el cliente.

     Ahora, a la tardecita, mientras la gorda levanta la pava (que siempre deja sobre la balanza colgante) y me empieza a cebar mate, yo, apoyado en el cajón de los limones, extraño la melancolía de esas tardes, cuando, apoyado en la mesa de fórmica veteada, miraba por la ventana esperando al Flaco, extraño verlo llegar, extraño vestirme de payaso, y por supuesto, extraño esperar el colectivo oyendo al flaco decir: Taxi-boys, cómo es la gente.

 

domingo, 1 de febrero de 2015

ENCARGO
 

-Tardaste mucho –dijo el viejo.

-Nunca es tarde… -empezó el otro.

-Sí, sí, dejá eso.

-En serio que no fue fácil dar con vos.

-No me he movido de aquí.

-Vos no te moviste, pero es que este sitio ha estado en tantas partes.

-Mirá -dijo el viejo sacando una navaja-, la he estado afilando durante veinte años.

   La hoja, casi tan delgada como un cabello daba más risa que miedo. Pero cuando el viejo rayó la sucia madera de la mesa se desprendió una viruta prometedora.

-Eso está bien –dijo el otro-, hay que ocuparse de todo –y distendió los dedos que un segundo antes se habían apretado en un gesto involuntario.

-Una vez me lo hicieron con un cuchillo mellado –bajó el cuello impoluto de la camisa para dejar a la vista el horrendo costurón.

-Chapuceros –murmuró el viejo sin dejar de mirar la navaja, luego, levantando los ojos, preguntó:- ¿Ya es hora?

-Creo que sí –dijo el otro, que permanecía aún de pie. Se quitó el echarpe y el sobretodo y los colgó en una silla, luego sacó del chaleco una moneda que hizo sonar sobre la mesa. –Tu copa –dijo.

   El viejo movió la cabeza en señal de asentimiento. Luego, de repente, dio un salto inesperado y le tajeó la garganta.

   El otro se tomó el cuello con las dos manos. La sangre dibujaba ya sobre la pechera blanca. Cayó al suelo.

   El viejo se acuclilló junto a él. Le vigiló la agonía sólo unos segundos, en los que el otro, haciendo globos de sangre alcanzó a balbucir: “Gracias”

   El viejo volvió a repetir su silencioso gesto de asentimiento y se incorporó. Salió caminando despaciosamente, mientras limpiaba la navaja en el pantalón.

domingo, 25 de enero de 2015


CACERÍA
 
     Estaba exhausto, llevaba dos días huyendo y sabía que el final estaba cerca.

     Los hombres habían venido de lejos y él pensó que en medio de la selva no podrían darle caza, por eso se internó en el corazón de Birmania. Pero se había equivocado, la selva se volvió una trampa para él mismo, se movía por un terreno incierto y más de una caída lo había llenado de heridas. Siguió como pudo, pero ya no podía más. Donde se hallaba no había antílopes y aunque las hubiere no podría darles caza, se vería expuesto a ellos, nada más absurdo que una cacería dentro de la cacería. 

     Dos días escapando y el hambre había hecho más estragos que las heridas, había llegado al límite de sus fuerzas. Ahora esperaba la muerte. Sabía que aquellos hombres no tendrían piedad, eran mercenarios (aunque tal vez el de sombrero gris, algo en sus ojos...). La noche anterior había encontrado agua, pero donde hoy se hallaba no iba a encontrarla. Miró al cielo, bebió la luna. Se tendió a esperar, pensó en sus perseguidores. Aún sin fuerzas se sabía superior a ellos, podría con los cuatro si no llevaran armas. Sí, estaba condenado.

    Sólo el primer día, agazapado entre el follaje, había podido ver a los hombres, y sólo uno de ellos (el de sombrero gris) lo vio, pero se sintió intimidado (o tuvo piedad) y no pudo dispararle, ni siquiera avisó a los otros. Un solo momento se habían mirado, luego él huyó, sabiendo que aquel cruce de miradas  y aquel silencio (por temor o piedad) no era más que una tregua, tarde o temprano lo alcanzarían.

     Luego vino la selva, un laberinto perpetuo, la perpetua repetición de un paisaje único. Una diversidad cuyas variaciones no alcanzaba a descifrar y que lo hacía sentir que estaba girando siempre en un perímetro cerrado al que poco a poco ellos se iban acercando, y con ellos la muerte.

     Volvió a mirar la luna y su garganta movió un pesado sonido, casi una queja. Sintió las pisadas en el follaje, sintió el ritmo verde de los pies que lo acechaban, se supo cercado. Seguía tendido, sabía que un miedo casi ritual los mantendría a distancia, vigilando su agonía. Luego uno de ellos se acercaría (¿el de sombrero gris?) y patearía el cuerpo. Ahora los veía, estaban ahí. Repasó los rostros que un cigarrillo iluminaba alternativamente. El dolor le hizo cerrar los ojos (oía palabras que no podía comprender), volvió a abrirlos. Dejó de pensar en los hombres y miró al cielo. La amarilla pupila del tigre vio por última vez la luna.