domingo, 8 de marzo de 2015


LAZOS   

 

   Marcos duerme boca abajo, con la cara en la arena. Ya estuvo una silenciosa media hora leyendo y luego de cuatro mates intercambiados sin palabras enterró la cara en la arena.

       Paula está sentada mirando a la pareja de enfrente. Ella salió del agua y se acostó boca abajo luego de darle a él un beso largo y desmadejarle el pelo.

   “Tiene los labios carnosos” piensa Paula mientras mira al muchacho. La boca carnosa se contrae un momento, acompañando a los ojos que se han plegado de pronto al descorrerse las nubes. El sol le da en plena cara, los ojos se cierran como puños y trazan unas arruguitas en la frente, entre las cejas.

    Paula trata de recordar la última vez que Marcos la besó en la playa. Siente que nunca. Sabe que no es verdad, pero siente que nunca. Nota una desolación rara, se siente nunca besada, intacta, llena, como si fuese un vaso del que nadie ha bebido.

   Entonces mira el bolso de paja que se ha volcado sobre la arena y ve las llaves del auto caídas como una baba al borde de la boca del bolso. Como marcos que tiene un lunar blanco en la comisura de los labios, esa saliva que le han soltado el sueño y la cabeza de lado y que el sol se apresuró a fijar en una manchita de sal.

   De a poco, con un pie corre las llaves que se deslizan por la arena sin ruido, amoldándose al terreno de piedras diminutas y en un movimiento que disimula estirando el cuerpo las hunde por fin con el talón, las entierra en la arena, las pierde.

   Cuando levanta los ojos, con la expresión culpable y vigilante de quien ha cometido un acto prohibido, vuelve a encontrarse con los ojos del muchacho, atento a su mirada, como si recién volvieran (siente Paula) del pie. Entonces él le sonríe. Paula le devuelve la sonrisa en un gesto que es relajarse, dejarse ir en la complicidad y el sol que se amolda a los labios plegados pero siempre carnosos.

   Paula piensa en darse vuelta, en acostarse como Marcos, en abolir las llaves y los labios carnosos, en echarse de cara al sol o la arena (mejor la arena), pero siente que algo la retiene de ese lado, fija en los labios llenos de sol y arena. Paula espera que vuelva a abrir los ojos, ahora sí. Con un gesto que camina peligrosamente por el borde entre el pudor y la vergüenza se acomoda el bretel de la malla, y deja que un dedo recorra el borde de la taza amoldando los pliegues sobre el pecho. Espera un momento interminable en que, llena de expectación, sacude algo de arena que tiene en las rodillas, y levanta por fin la mirada. Él la está viendo, ahora  no sonríe, está fijo, como una estatua, o un castillo de arena. Paula puede ver la rigidez de su cara concentrada en los labios que ahora parecen menos carnosos, más de piedra o arena, más duros.

   La chica despierta de pronto, como si la rigidez de él le estorbara el sueño. Se yergue en un movimiento rápido, flexible, y ejerce su potestad sobre él buscándole la boca, (los labios carnosos) a la vez que le revuelve el pelo con una mano llena de arena. Él cierra los ojos, pero ella ha encontrado un obstáculo que le impide ejercer su dominio (acaso los labios que todavía guardan algo de piedra, de fortaleza y de rictus) y mira alrededor. Paula se siente incómoda por esa pesquisa, revuelve el bolso como buscando algo sin saber qué, por fin encuentra los cigarrillos. Prende uno sin mirarlos, pero en el momento en que su cabeza se alza para inclinarse hacia atrás sobre el sostén de los hombros, se cruza un fatal segundo con la mirada de ella que la está viendo con unos ojos que a Paula le cuesta explicarse. Ahora parece no importarle si los labios son carnosos o de piedra, ha vuelto a él y se aplica en el beso como queriendo explicar algo que está por demás explicado: es suyo.

   Paula por fin se da vuelta, les muestra los talones, ya no le importa el paisaje humano. Marcos ha despertado, lo sabe porque la mano de él, algo sudada se ha  apoyado en su espalda. Piensa (y es tonto) en una marca de sol en la espalda, una marca de la mano de él, el bronceado limitando los cinco dedos, y es (piensa) una forma de potestad más animal, una marca como se le hace al ganado. Marcos mueve la mano. Paula siente un rodar de piedritas, de granos de sal. Siente ganas de sacudir esa mano, de quitársela de encima, de revelarse al dominio y las servidumbres que implica. Pero en vez de eso abre los ojos, otra vez un paisaje sin bocas carnosas ni besos prepotentes. Los cierra. Entonces siente la arena, el chicotazo que le da de lado. Paralizada, abre los ojos, ve alejarse los talones culpables, levanta la vista por las piernas morenas, por el short de jean desflecado y ve el amarillo rabioso de la bikini que es apenas un par de lacitos en la espalda. Paula no necesita ver el cabello rubio, ni la forma ostentosa en que se cuelga del brazo de él para saber que es ella. Ella que ha aprovechado para, el pasar,  tirarle con los pies esa arena que más que una afrenta es un pataleo desesperado, un intento de borrar eso de piedra que hay ahora en los labios de él, tan carnosos un rato antes.

   Paula los ve alejarse por el caminito de madera que lleva al balneario, los ve hacerse diminutos, mezclarse con la gente que viene en sentido contrario, separarse un poco cuando se cruzan esos chicos con la pelota. Ve el amarillo último fundirse con los colores que salen y entran de las carpas. Un minuto después los ve subir la escalera, ahora van de la mano. Pasó el peligro, ya no es necesario aferrarse al brazo, ya podemos relajarnos. Lo piensa así, en plural, tal vez porque en ese mismo momento Marcos ha retirado su mano.

   Ella se da vuelta, Marcos está sentado ahuecando la arena con el talón. Paula vuelve a revolver el bolso, encuentra los cigarrillos, se pone uno en la boca pero no lo enciende, por fin lo devuelve al paquete y se dedica a ver como Marcos vacía el mate y lo guarda en una bolsa de nylon.

-Vamos –dice él. No es una pregunta, es una orden, es la mano en la espalda que sigue ejerciendo su autoridad.

   Paula se incorpora, sacude la lona, todo en silencio. Se ha colgado el bolso en el hombro y tiene las ojotas en una mano, se siente totalmente vulnerable, entonces cambia de mano una de las ojotas, para evitar la mano de Marcos, para evitar ese gesto de propiedad que él va a iniciar y que irremediablemente le va a hacer pensar en la chica, en los labios carnosos.

   Marcos ha empezado a caminar sin esperarla, con ese paso suyo que es otra forma de decir “Vamos”. Hasta que se da cuenta de que Paula no lo ha seguido. Se da vuelta, la ve escarbar la arena. Ahora camina hacia él, le deja en la mano las llaves del auto. Marcos la ve alejarse por el caminito de madera, sola, libre, mientras sacude la arena de las llaves, sin entender.

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