LAZOS
Marcos
duerme boca abajo, con la cara en la arena. Ya estuvo una silenciosa media hora
leyendo y luego de cuatro mates intercambiados sin palabras enterró la cara en
la arena.
Paula está sentada mirando a la pareja de
enfrente. Ella salió del agua y se acostó boca abajo luego de darle a él un
beso largo y desmadejarle el pelo.
“Tiene
los labios carnosos” piensa Paula mientras mira al muchacho. La boca carnosa se
contrae un momento, acompañando a los ojos que se han plegado de pronto al
descorrerse las nubes. El sol le da en plena cara, los ojos se cierran como puños
y trazan unas arruguitas en la frente, entre las cejas.
Paula
trata de recordar la última vez que Marcos la besó en la playa. Siente que
nunca. Sabe que no es verdad, pero siente que nunca. Nota una desolación rara,
se siente nunca besada, intacta, llena, como si fuese un vaso del que nadie ha
bebido.
Entonces mira el bolso de
paja que se ha volcado sobre la arena y ve las llaves del auto caídas como una baba
al borde de la boca del bolso. Como marcos que tiene un lunar blanco en la
comisura de los labios, esa saliva que le han soltado el sueño y la cabeza de
lado y que el sol se apresuró a fijar en una manchita de sal.
De a poco, con un pie
corre las llaves que se deslizan por la arena sin ruido, amoldándose al terreno
de piedras diminutas y en un movimiento que disimula estirando el cuerpo las
hunde por fin con el talón, las entierra en la arena, las pierde.
Cuando levanta los ojos,
con la expresión culpable y vigilante de quien ha cometido un acto prohibido,
vuelve a encontrarse con los ojos del muchacho, atento a su mirada, como si
recién volvieran (siente Paula) del pie. Entonces él le sonríe. Paula le
devuelve la sonrisa en un gesto que es relajarse, dejarse ir en la complicidad
y el sol que se amolda a los labios plegados pero siempre carnosos.
Paula piensa en darse
vuelta, en acostarse como Marcos, en abolir las llaves y los labios carnosos,
en echarse de cara al sol o la arena (mejor la arena), pero siente que algo la
retiene de ese lado, fija en los labios llenos de sol y arena. Paula espera que
vuelva a abrir los ojos, ahora sí. Con un gesto que camina peligrosamente por
el borde entre el pudor y la vergüenza se acomoda el bretel de la malla, y deja
que un dedo recorra el borde de la taza amoldando los pliegues sobre el pecho.
Espera un momento interminable en que, llena de expectación, sacude algo de
arena que tiene en las rodillas, y levanta por fin la mirada. Él la está
viendo, ahora no sonríe, está fijo, como
una estatua, o un castillo de arena. Paula puede ver la rigidez de su cara
concentrada en los labios que ahora parecen menos carnosos, más de piedra o
arena, más duros.
La chica despierta de
pronto, como si la rigidez de él le estorbara el sueño. Se yergue en un
movimiento rápido, flexible, y ejerce su potestad sobre él buscándole la boca,
(los labios carnosos) a la vez que le revuelve el pelo con una mano llena de
arena. Él cierra los ojos, pero ella ha encontrado un obstáculo que le impide
ejercer su dominio (acaso los labios que todavía guardan algo de piedra, de
fortaleza y de rictus) y mira alrededor. Paula se siente incómoda por esa pesquisa,
revuelve el bolso como buscando algo sin saber qué, por fin encuentra los
cigarrillos. Prende uno sin mirarlos, pero en el momento en que su cabeza se
alza para inclinarse hacia atrás sobre el sostén de los hombros, se cruza un
fatal segundo con la mirada de ella que la está viendo con unos ojos que a
Paula le cuesta explicarse. Ahora parece no importarle si los labios son
carnosos o de piedra, ha vuelto a él y se aplica en el beso como queriendo
explicar algo que está por demás explicado: es suyo.
Paula por fin se da
vuelta, les muestra los talones, ya no le importa el paisaje humano. Marcos ha
despertado, lo sabe porque la mano de él, algo sudada se ha apoyado en su espalda. Piensa (y es tonto) en
una marca de sol en la espalda, una marca de la mano de él, el bronceado
limitando los cinco dedos, y es (piensa) una forma de potestad más animal, una
marca como se le hace al ganado. Marcos mueve la mano. Paula siente un rodar de
piedritas, de granos de sal. Siente ganas de sacudir esa mano, de quitársela de
encima, de revelarse al dominio y las servidumbres que implica. Pero en vez de
eso abre los ojos, otra vez un paisaje sin bocas carnosas ni besos prepotentes.
Los cierra. Entonces siente la arena, el chicotazo que le da de lado. Paralizada,
abre los ojos, ve alejarse los talones culpables, levanta la vista por las piernas
morenas, por el short de jean desflecado y ve el amarillo rabioso de la bikini
que es apenas un par de lacitos en la espalda. Paula no necesita ver el cabello
rubio, ni la forma ostentosa en que se cuelga del brazo de él para saber que es
ella. Ella que ha aprovechado para, el pasar,
tirarle con los pies esa arena que más que una afrenta es un pataleo
desesperado, un intento de borrar eso de piedra que hay ahora en los labios de
él, tan carnosos un rato antes.
Paula los ve alejarse por
el caminito de madera que lleva al balneario, los ve hacerse diminutos,
mezclarse con la gente que viene en sentido contrario, separarse un poco cuando
se cruzan esos chicos con la pelota. Ve el amarillo último fundirse con los
colores que salen y entran de las carpas. Un minuto después los ve subir la
escalera, ahora van de la mano. Pasó el peligro, ya no es necesario aferrarse
al brazo, ya podemos relajarnos. Lo piensa así, en plural, tal vez porque en
ese mismo momento Marcos ha retirado su mano.
Ella se da vuelta, Marcos
está sentado ahuecando la arena con el talón. Paula vuelve a revolver el bolso,
encuentra los cigarrillos, se pone uno en la boca pero no lo enciende, por fin
lo devuelve al paquete y se dedica a ver como Marcos vacía el mate y lo guarda
en una bolsa de nylon.
-Vamos –dice él. No es una pregunta, es una orden, es la mano en
la espalda que sigue ejerciendo su autoridad.
Paula se incorpora,
sacude la lona, todo en silencio. Se ha colgado el bolso en el hombro y tiene
las ojotas en una mano, se siente totalmente vulnerable, entonces cambia de
mano una de las ojotas, para evitar la mano de Marcos, para evitar ese gesto de
propiedad que él va a iniciar y que irremediablemente le va a hacer pensar en
la chica, en los labios carnosos.
Marcos ha empezado a
caminar sin esperarla, con ese paso suyo que es otra forma de decir “Vamos”.
Hasta que se da cuenta de que Paula no lo ha seguido. Se da vuelta, la ve
escarbar la arena. Ahora camina hacia él, le deja en la mano las llaves del
auto. Marcos la ve alejarse por el caminito de madera, sola, libre, mientras
sacude la arena de las llaves, sin entender.
No hay comentarios:
Publicar un comentario