domingo, 30 de noviembre de 2014


THE REST IS SILENCE

 

   Perdió el cenicero, lo buscó por toda la casa y nada. Ese día tiró la ceniza en un plato. Al otro día fue el encendedor. Pensó “Inés, otra vez con que deje de fumar”. Otro día desapareció el jabón, otro día Inés. “Se llevó el jabón –se dijo-, cómo son las mujeres”. Pero el encendedor le dolía, era de oro. Faltaron algunos papeles que, supuso, fueron devorados por el desorden del escritorio, pero no le importó: cuando pensó esto el escritorio ya no estaba.

   La desaparición de una carta espinosa le resultó grata, la de las sillas incómoda. Cuando faltó la cama durmió en el suelo. Cuando no hubo techo se dormía viendo las estrellas.

   Las paredes se fueron, dejando entrar el frío, lo tomó con calma y tomó un pullover, desapareció cuando ya estaba entrando en las mangas. “Lo mismo” pensó. Tal vez quiso decir “lo mismo da”. pero nunca se sabrá, se fue borrando junto con las palabras. Y el resto es silencio.

domingo, 23 de noviembre de 2014


LA LLUVIA

 

     Cantaba la lluvia en los techos haciendo chaz-chaz sobre la chapa. Adentro el calor les hacía cosquillas, les sudaba las axilas y les sacaba la ropa. Y cuando dos quedan sin ropa ya se sabe lo que pasa.

     Cuando acabaron de rodar sobre la sábana pringosa ella dijo: “Si pudiéramos abrir las ventanas” y él: “Si parara de llover”. Entonces paró de llover. Los dos se miraron con miedo. Él se puso una camisa y ella corrió a abrir las ventanas. Al rato se esquivaban los ojos, se huían los roces. El prendió un cigarrillo y ella miraba la novela, cada cual en su mundo, ella pensando: “Si lloviera” y él: “Si cerráramos las ventanas”.

domingo, 16 de noviembre de 2014


JARDINES

 

 

     Los jardines se comunican. Hay una abertura en el muro, nosotros la usábamos como puerta, pero en realidad no es una puerta, está a un metro del suelo y tiene el aspecto de una ventana mordida por la hiedra. Por esa ventana se comunica mi patio, árido y embaldosado, con el jardín de Susi. Y digo Susi olvidando que hoy viven los González, que Susi se fue para siempre y que yo me quedé, tal vez también para siempre. Pero hace veinte años el jardín era de Susi.

     Entonces era todo verde y así me gusta recordarlo. Los caminitos de laja recorriendo los canteros, el gomero enorme en el centro, en el fondo, contra el galponcito de mi patio, el ciruelo y en la medianera opuesta un peral. Pero sobre todo había bichos. Hormigas, isocas, mariposas, toda esa fauna que vive de las flores, porque entonces había muchas flores y el jardín estaba vivo.

     Los González, con años de desdén hacia las plantas, han logrado que el jardín de Susi se parezca al mío, donde las flores crecen como pueden, apretándose en las grietas de las baldosas.

     Mi patio, salvo por los canteros sobre la medianera (donde –que yo sepa- nunca creció nada) no tiene vida. Hay, eso sí, un limonero con un banco circular que lo rodea como los anillos de Saturno y que en verano se llena de azahares.

     Mi patio, como todos los patios de la infancia, era enorme, cada baldosa medía una eternidad. Hoy son tan chicas que puedo cruzar el patio en cuatro zancadas, pero entonces eran gigantes y eran (son) setenta. “Setenta baldosas y ninguna flor” decía Susi, sin que yo supiera qué quería decir, pero era cierto, no había ninguna flor, y no hay.

     Susi venía todos los años a pasar los meses de verano con sus tíos. Venía de Capital –creo- donde vivía con la madre.

     Susi era el verano, así, pienso el verano como algo que sucedió en la infancia. Las lluvias continuas, los soles a muerte. Vivimos muchas cosas juntos, bañábamos su gato o andábamos en bicicleta por mi patio, alrededor del limonero. Compartíamos figuritas y caramelos. La noche nos encontraba siempre en el patio, jugando a la payana o cualquier otra cosa, hasta que  mamá gritaba: “Cada perro a su cucha” que era su forma de decirle a Susi que era tarde y a mí que íbamos a cenar.

     Esa era mi vida (nuestra vida) en los veranos, una monotonía que iba a romperse como un vidrio veinte años atrás, el verano aquel que clausuró definitivamente nuestra infancia.

     Ese año yo había cumplido los doce y Susi andaría cerca. La edad se nos hacía notar de maneras diferentes: una incipiente sombra anunciaba mi bigote, un primer corpiño le marcaba la blusa. No pudimos darnos cuenta de que la infancia terminaría pronto, como no supimos que nuestra amistad terminaría. Ese fue el último verano, porque Susi ya no volvió y, no me acuerdo cuándo se mudaron sus tíos. Desde entonces están los González.

     La novedad de ese año eran los walkman. Se pasaba el día con eso en las orejas escuchando un casette de Virus o Zas. Lo único que yo tenía para mostrarle era un reloj que me habían regalado para mi cumpleaños y que ella bautizó “la montre”, porque la otra novedad de ese verano era el francés. No sólo era mi reloj, llamaba a cada cosa con nombres en francés, como si quisiera fijar de esa manera el vocabulario que iba incorporando. Y yo veía las cosas que ella nombraba como más ajenas, más extranjeras, nuevas.

     Ese año yo había pegado un estirón y tuve que bajarle el asiento a mi bici para que llegara a los pedales. Estábamos cambiando, mamá y papá lo decían. Aunque yo no me daba cuenta de esas cosas, como cuando papá dijo: “Se está criando la mocosa”, yo la veía igual que siempre, no entendía a qué se referían. Pero estábamos cambiando.

     Todo era en realidad distinto, nosotros mismos. Me gustaba estar con Susi y recién después de años lo descubría, y me descubría buscando su compañía y huyendo sus ojos. No supe que me gustaba hasta que escribí su nombre en mi cuaderno. Lo taché con furia, como si hubiera descubierto algo vergonzante.

     Otra vez lo escribí en el patio. Estaba solo, mirando una rayuela que Susi había dibujado en las baldosas esa mañana, casi por costumbre porque ya no jugábamos a nada. Apenas hablábamos sentados en el banco circular. Bah, ella hablaba, me contaba cosas de la ciudad y confieso que alguna vez el nombre de un primo me llenó de celos, o de esa cosa en el estómago que yo aún no sabía que tuviera nombre. Esa tarde, solo en el patio escribí su nombre con la tiza que había olvidado, entonces vi sus patitas flacas. “Flaca como una araña” pensé, y sentí la cara roja y las manos húmedas. Entonces escribí “tonta”, “Susi tonta”, y ella fingió enojarse, borró lo escrito con la mano y empezó a correrme para marcarme  la mano en la remera. Me alcanzó contra la puerta de la cocina, yo me di vuelta y sentí su mano en el pecho. Nos miramos con miedo y ella debe haber sentido que el corazón me estallaba porque sacó la mano. Sostuvimos la mirada apenas un segundo más y ella corrió y se la tragó la pared, la ventana, la hiedra.

     Esa noche mamá y papá la invitaron a cenar. Yo seguía alterado como si la mano de tiza siguiera apretándome el pecho. No hablé una palabra. Mamá y papá rellenaron el silencio, yo los oía hablar y la miraba a Susi, pero ella estaba muy ocupada contando cómo le iba en la escuela, qué hacía en Buenos Aires, de qué trabajaba su mamá.

     Cuando la acompañó hasta la puerta, papá se quedó hablando con Susi. Yo vi que ella se puso colorada, era seguro que le dijo algo de mí, tal vez le preguntó si éramos novios.

     En esos días escribí su nombre muchas veces. No sabía por qué no debía hablarle, la espiaba entre la hiedra mientras ella, sentada en la hamaca que colgaba del brazo más robusto del gomero, estudiaba los verbos en francés.

     “Je t’aime”, había aprendido eso y lo decía a media voz, solo en mi cuarto o cuando la espiaba en la hamaca concentrada en su libro.

     Dos días repitiéndolo hasta que al fin, con mano temblorosa lo escribí en un papel que recorté con forma de corazón. Vacié la caja de fósforos Patito donde guardaba mis bolitas y puse el corazón adentro. Después escribí la nota. La nota decía “Tengo que contarte un secreto” y no sé con qué palabras, la invitaba a vernos a las dos en el galponcito.

     A la tarde, cuando dejó la hamaca y se fue del jardín clausurando el día, crucé por la ventana y  con un broche de la ropa dejé la nota en la hamaca, seguro de que al día siguiente la vería.

    Esa noche no pude dormir, pensaba en ella, la imaginaba preguntándome “¿Y, el secreto?”. Y yo miraba sus ojos sin animarme a decirle. Se me ocurrió también que podía encontrar la nota antes de tiempo, que podía confundir la hora y salir de noche, así que estuve hasta las dos vigilando la hamaca, el galponcito, su ventana. Tenía miedo de que encontrara la caja de fósforos, pero de cualquier forma, no la hubiera encontrado. Yo había puesto la caja de fósforos donde está ahora, veinte años después, en el estante del fondo, entre las latas de pintura.

     No sé qué habré hecho yo ese día, cosas de chico, pero me castigaron, era una tragedia que no me dejaran salir de la pieza.

     Mamá me había cerrado los postigos para que durmiera, un hilo de sol se filtraba por las juntas, en esa penumbra medí las horas con el corazón en la garganta. Las siestas de la infancia son terribles, las horas son infinitamente lentas. A las dos decidí salir. Papá no me vio, no estaba en el comedor ni en la cocina, “seguro que habrá salido”, pensé. Y sin embargo, cuando estaba en el comedor me pareció sentir la puerta del patio. Pensé que tal vez papá se hubiera sentado a fumar en el banco bajo el limonero como hacía a veces. Me asomé por la ventana de la cocina, no había nadie.

     Cuando salí al patio el sol me pegó en la cara y tuve que cerrar los ojos. De pronto el corazón me daba tumbos. Pensé que Susi ya estaría en el galponcito. “Es ahora o nunca” me dije, y corrí hasta el fondo. Pero no entré, quería saber si Susi había acudido a la cita, parándome sobre una maceta me asomé a la ventana.

     Susi estaba de espaldas sobre el piso, con el cuerpo apretado contra las baldosas frescas. Veinte años después sigo viendo sus rulos dibujados sobre las baldosas, la blusa abierta, el bretel de ese corpiño (el primero), los ojos asustados, suplicantes, la mano de papá tapándole la boca.

domingo, 9 de noviembre de 2014


LA MÁQUINA DEL TIEMPO


 

     El profesor Nicolaus Lupescu inventó, basado en tradiciones literarias más que científicas, una máquina del tiempo.

     Este singular aparato no tenía ni una sola de las tantas lucecitas que el cine le atribuye, era más bien un sillón poco cómodo con posabrazos de madera arañada y nadie sabe a ciencia cierta en qué modo funcionaba.

     Del cuaderno de bitácora de su navegación por el tiempo puede deducirse que el experimento, si bien no fue fallido, tampoco llegó a ser interesante. Parece que a Lupescu le resultó imposible hacer que la máquina se moviera más de cinco minutos hacia atrás o hacia delante. Con lo cual sus viajes lo dejaban más o menos en el mismo sitio aunque con la barba imperceptiblemente más corta o más crecida.

     Devoto del método científico, Lupescu anotaba al milímetro la posición del sol en las baldosas, el mínimo cambio de temperatura y un sinfín de naderías, todas registradas en su cuaderno.

     El entusiasmo de Lupescu no pudo ser enfriado por la gélida recepción que la comunidad científica dispensó a su invento. Y si bien no consta evidencia alguna entre sus apuntes, es dable sospechar que la máquina haya avanzado a coordenadas de tiempo algo más distantes, ya que un buen día el viejo desapareció sin dejar rastro.

     De esta aventura científica sólo se conserva el sillón donde su esposa teje mañanitas y el mencionado cuaderno donde sus nietos registran hoy elefantes, mariposas y casitas con chimeneas.

     La humanidad entera, privada de un avance tan notorio, sigue utilizando para tales viajes el método antiguo, a saber: la novela histórica y la de ciencia futurista.

domingo, 2 de noviembre de 2014

EL JUEGO         


     El juego se llamaba Encontrar al Abuelo, pero debía de haberse llamado Perder al Abuelo, porque en realidad esa era la esencia del juego y toda su gracia.

     Todo arrancó sin querer, un día que el viejo se fue hasta el club a jugar a las bochas y anduvo dos días perdido. La búsqueda nos tuvo entretenidos a todos. Mi hermana y yo nos turnábamos para hacer guardia junto al teléfono, el tío Quique recorría las comisarías, mamá los hospitales (a mamá siempre le gustaron los hospitales), papá iba a los bares (a papá... bueno, se entiende), hasta la abuela colaboraba, iba de casa en casa preguntando a los vecinos si lo habían visto.

     Al final apareció solo, nunca supimos dónde anduvo. Esa vez la vuelta fue festejada a lo grande. Me acuerdo que armamos mesas con caballetes en la vereda y los vecinos de toda la cuadra vinieron al asado que preparó papá.

     Pero eso no es lo más importante, la desaparición del abuelo fue como un lazo, unió a la familia, nos sentíamos todos más cercanos (me acuerdo que en esos días papá no nos pegaba tanto). Supimos entonces que la vuelta del viejo atentaba contra la unión familiar.

     Recuerdo que un día, mientras Mirta y yo nos peleábamos por una pavada, papá le dijo al abuelo: Usted tendría que irse más seguido, no sabe lo bién que se portaban estos dos. Ahí fue cuando al tío Quique se le prendió la lamparita. Esa noche, cuando el abuelo ya se había ido a dormir, nos reunió a todos en el comedor y nos dijo: Tengo una idea ¿qué tal si lo perdemos al viejo? A mamá se le iluminó la cara, bah, yo me acuerdo de mamá porque la tenía enfrente, pero supongo que a todos nos deben de haber brillado los ojos, porque, admitámoslo, la idea era genial. Así nació el juego.

     Fue también tío Quique quien le puso nombre al juego, y al principio estaba bien porque creíamos que la diversión estaba en buscar al abuelo, pero enseguida vimos que no era así.

     La primera época del juego fue bastante aburrida, consistía en dejar al viejo en cualquier barrio de la ciudad sin un cobre para el viaje, el resto de la familia salía a buscarlo. Nunca lo encontramos, el viejo siempre llegaba antes de que demos con él, casi siempre lo traía algún vecino comedido que lo encontraba por ahí. Entonces pensamos en llevarlo a algún lugar donde no se corriera el riesgo de encontrar un conocido. Así fue como el juego cruzó los límites de la ciudad.

     Un día papá entró a casa y nos dijo: Familia, todo arreglado, hablé con Don Manolo y me presta la chatita, mañana me llevo al viejo. Me acuerdo que saltábamos de alegría, mamá preparó unos sánguches de milanesa y al otro día  bien tempranito lo ayudamos a cargar al abuelo en la caja de la camioneta, y allá salió papá con rumbo desconocido.

     Dos meses tardó en venir el abuelo, dos meses en que, la verdad, no hicimos mucho por encontrarlo, aunque todos disimulábamos. Papá se iba a los bares y volvía, si no con el viejo al menos con flor de mamúa, el tío Quique decía que se iba a buscarlo, pero en realidad se encerraba  a tomar mate en la piecita del fondo. La verdad, buscarlo ya no nos motivaba, ahí descubrimos que la gracia estaba en perderlo, así, cuando volvió, dos meses después, nos peleábamos por ver quién era el próximo en llevarse al abuelo.

     Como papá y tío Quique eran los únicos que manejaban, el resto se quedaba sin viaje, así que empezamos a ir de a dos. Los viajes se hacían cada vez más largos, y así y todo el viejo siempre volvía, la verdad, esto empezó a fastidiarnos, empezamos a ver su vuelta como una prueba de nuestra ineficacia para perderlo. Fue así como un día, al verlo entrar, nos miramos todos a los ojos y sin decir nada comprendimos, esta vez había que perderlo. No esperamos al otro día, papá salió inmediatamente a buscar la chatita y sin darle al viejo tiempo de comer nada (siempre venía en muy malas condiciones) nos pusimos todos en marcha.

     Tres días duró el viaje, cruzamos a Uruguay, después a Brasil y ahí sí, entre gente extraña, idioma extraño, lo largamos, muerto de hambre y sin un peso. Que vuelva ahora si es tan gato, dijo mamá, y nos volvimos. Pasó el tiempo y nada, ni una noticia del viejo, nunca volvimos a saber de él. Y lo que al principio fue la alegría del triunfo, con el tiempo volvió a ser  aburrimiento, Mirta lloraba y preguntaba continuamente ¿cuándo viene el abuelo?, papá se perdía por los bares y volvía borracho, como siempre, pero más triste, el tío Quique ya no salía de la piecita del fondo. Entonces nos dimos cuenta de que sin el abuelo no era lo mismo. Un día yo dije ¿y si lo vamos a buscar? Por un momento todos estuvieron de acuerdo, pero después nos acordamos que Don Monolo ya no nos prestaba la chatita (papá se la había fundido en el último viaje). Hay que admitirlo, dijo papá, se terminó.  Y entonces el tío Quique, que siempre fue una luz, dijo: Oigan ¿y si perdemos a la abuela?, y a mamá se le iluminaron los ojos, o me pareció a mí.