JARDINES
Los jardines se comunican. Hay una
abertura en el muro, nosotros la usábamos como puerta, pero en realidad no es
una puerta, está a un metro del suelo y tiene el aspecto de una ventana mordida
por la hiedra. Por esa ventana se comunica mi patio, árido y embaldosado, con
el jardín de Susi. Y digo Susi olvidando que hoy viven los González, que Susi
se fue para siempre y que yo me quedé, tal vez también para siempre. Pero hace
veinte años el jardín era de Susi.
Entonces era todo verde y así me gusta
recordarlo. Los caminitos de laja recorriendo los canteros, el gomero enorme en
el centro, en el fondo, contra el galponcito de mi patio, el ciruelo y en la
medianera opuesta un peral. Pero sobre todo había bichos. Hormigas, isocas,
mariposas, toda esa fauna que vive de las flores, porque entonces había muchas
flores y el jardín estaba vivo.
Los González, con años de desdén hacia las
plantas, han logrado que el jardín de Susi se parezca al mío, donde las flores
crecen como pueden, apretándose en las grietas de las baldosas.
Mi patio, salvo por los canteros sobre la
medianera (donde –que yo sepa- nunca creció nada) no tiene vida. Hay, eso sí,
un limonero con un banco circular que lo rodea como los anillos de Saturno y
que en verano se llena de azahares.
Mi patio, como todos los patios de la
infancia, era enorme, cada baldosa medía una eternidad. Hoy son tan chicas que
puedo cruzar el patio en cuatro zancadas, pero entonces eran gigantes y eran
(son) setenta. “Setenta baldosas y ninguna flor” decía Susi, sin que yo supiera
qué quería decir, pero era cierto, no había ninguna flor, y no hay.
Susi venía todos los años a pasar los
meses de verano con sus tíos. Venía de Capital –creo- donde vivía con la madre.
Susi era el verano, así, pienso el verano
como algo que sucedió en la infancia. Las lluvias continuas, los soles a
muerte. Vivimos muchas cosas juntos, bañábamos su gato o andábamos en bicicleta
por mi patio, alrededor del limonero. Compartíamos figuritas y caramelos. La noche
nos encontraba siempre en el patio, jugando a la payana o cualquier otra cosa,
hasta que mamá gritaba: “Cada perro a su
cucha” que era su forma de decirle a Susi que era tarde y a mí que íbamos a
cenar.
Esa era mi vida (nuestra vida) en los
veranos, una monotonía que iba a romperse como un vidrio veinte años atrás, el
verano aquel que clausuró definitivamente nuestra infancia.
Ese año yo había cumplido los doce y Susi
andaría cerca. La edad se nos hacía notar de maneras diferentes: una incipiente
sombra anunciaba mi bigote, un primer corpiño le marcaba la blusa. No pudimos
darnos cuenta de que la infancia terminaría pronto, como no supimos que nuestra
amistad terminaría. Ese fue el último verano, porque Susi ya no volvió y, no me
acuerdo cuándo se mudaron sus tíos. Desde entonces están los González.
La novedad de ese año eran los walkman. Se
pasaba el día con eso en las orejas escuchando un casette de Virus o Zas. Lo
único que yo tenía para mostrarle era un reloj que me habían regalado para mi
cumpleaños y que ella bautizó “la montre”, porque la otra novedad de ese verano
era el francés. No sólo era mi reloj, llamaba a cada cosa con nombres en
francés, como si quisiera fijar de esa manera el vocabulario que iba
incorporando. Y yo veía las cosas que ella nombraba como más ajenas, más
extranjeras, nuevas.
Ese año yo había pegado un estirón y tuve
que bajarle el asiento a mi bici para que llegara a los pedales. Estábamos
cambiando, mamá y papá lo decían. Aunque yo no me daba cuenta de esas cosas,
como cuando papá dijo: “Se está criando la mocosa”, yo la veía igual que
siempre, no entendía a qué se referían. Pero estábamos cambiando.
Todo era en realidad distinto, nosotros
mismos. Me gustaba estar con Susi y recién después de años lo descubría, y me
descubría buscando su compañía y huyendo sus ojos. No supe que me gustaba hasta
que escribí su nombre en mi cuaderno. Lo taché con furia, como si hubiera
descubierto algo vergonzante.
Otra vez lo escribí en el patio. Estaba
solo, mirando una rayuela que Susi había dibujado en las baldosas esa mañana,
casi por costumbre porque ya no jugábamos a nada. Apenas hablábamos sentados en
el banco circular. Bah, ella hablaba, me contaba cosas de la ciudad y confieso
que alguna vez el nombre de un primo me llenó de celos, o de esa cosa en el
estómago que yo aún no sabía que tuviera nombre. Esa tarde, solo en el patio
escribí su nombre con la tiza que había olvidado, entonces vi sus patitas
flacas. “Flaca como una araña” pensé, y sentí la cara roja y las manos húmedas.
Entonces escribí “tonta”, “Susi tonta”, y ella fingió enojarse, borró lo
escrito con la mano y empezó a correrme para marcarme la mano en la remera. Me alcanzó contra la
puerta de la cocina, yo me di vuelta y sentí su mano en el pecho. Nos miramos
con miedo y ella debe haber sentido que el corazón me estallaba porque sacó la
mano. Sostuvimos la mirada apenas un segundo más y ella corrió y se la tragó la
pared, la ventana, la hiedra.
Esa noche mamá y papá la invitaron a
cenar. Yo seguía alterado como si la mano de tiza siguiera apretándome el
pecho. No hablé una palabra. Mamá y papá rellenaron el silencio, yo los oía
hablar y la miraba a Susi, pero ella estaba muy ocupada contando cómo le iba en
la escuela, qué hacía en Buenos Aires, de qué trabajaba su mamá.
Cuando la acompañó hasta la puerta, papá
se quedó hablando con Susi. Yo vi que ella se puso colorada, era seguro que le
dijo algo de mí, tal vez le preguntó si éramos novios.
En esos días escribí su nombre muchas
veces. No sabía por qué no debía hablarle, la espiaba entre la hiedra mientras
ella, sentada en la hamaca que colgaba del brazo más robusto del gomero,
estudiaba los verbos en francés.
“Je t’aime”, había aprendido eso y lo
decía a media voz, solo en mi cuarto o cuando la espiaba en la hamaca
concentrada en su libro.
Dos días repitiéndolo hasta que al fin,
con mano temblorosa lo escribí en un papel que recorté con forma de corazón.
Vacié la caja de fósforos Patito donde guardaba mis bolitas y puse el corazón
adentro. Después escribí la nota. La nota decía “Tengo que contarte un secreto”
y no sé con qué palabras, la invitaba a vernos a las dos en el galponcito.
A la tarde, cuando dejó la hamaca y se fue
del jardín clausurando el día, crucé por la ventana y con un broche de la ropa dejé la nota en la
hamaca, seguro de que al día siguiente la vería.
Esa noche no pude dormir, pensaba en ella,
la imaginaba preguntándome “¿Y, el secreto?”. Y yo miraba sus ojos sin animarme
a decirle. Se me ocurrió también que podía encontrar la nota antes de tiempo,
que podía confundir la hora y salir de noche, así que estuve hasta las dos
vigilando la hamaca, el galponcito, su ventana. Tenía miedo de que encontrara
la caja de fósforos, pero de cualquier forma, no la hubiera encontrado. Yo
había puesto la caja de fósforos donde está ahora, veinte años después, en el
estante del fondo, entre las latas de pintura.
No sé qué habré hecho yo ese día, cosas de
chico, pero me castigaron, era una tragedia que no me dejaran salir de la
pieza.
Mamá me había cerrado los postigos para
que durmiera, un hilo de sol se filtraba por las juntas, en esa penumbra medí
las horas con el corazón en la garganta. Las siestas de la infancia son
terribles, las horas son infinitamente lentas. A las dos decidí salir. Papá no
me vio, no estaba en el comedor ni en la cocina, “seguro que habrá salido”,
pensé. Y sin embargo, cuando estaba en el comedor me pareció sentir la puerta
del patio. Pensé que tal vez papá se hubiera sentado a fumar en el banco bajo
el limonero como hacía a veces. Me asomé por la ventana de la cocina, no había
nadie.
Cuando salí al patio el sol me pegó en la
cara y tuve que cerrar los ojos. De pronto el corazón me daba tumbos. Pensé que
Susi ya estaría en el galponcito. “Es ahora o nunca” me dije, y corrí hasta el
fondo. Pero no entré, quería saber si Susi había acudido a la cita, parándome
sobre una maceta me asomé a la ventana.
Susi estaba de espaldas sobre el piso, con
el cuerpo apretado contra las baldosas frescas. Veinte años después sigo viendo
sus rulos dibujados sobre las baldosas, la blusa abierta, el bretel de ese
corpiño (el primero), los ojos asustados, suplicantes, la mano de papá
tapándole la boca.