domingo, 8 de febrero de 2015

I PAGLIACCI


     La frutería iba a llamarse “La amistad”, la íbamos a poner con el Flaco. Era un sueño largamente acariciado, un sueño de los dos aunque lo soñáramos por separado. En mi sueño era siempre igual, la mejor, un local azulejado en beige, de frente abierto, con banderines de colores colgando de unos piolines que iban de los extremos del frente al centro de la pared del fondo, la gorda en la caja y el Flaco y yo, de impecable delantal blanco, despachando al público, así la soñaba. O la soñaba a la gorda cebándome mate mientras esperábamos que el Flaco volviera del mercado con la chatita para descargar la fruta. Porque nosotros íbamos a buscar la fruta todos los días. La mercadería era siempre fresquita.

   Pero como ya dije, la frutería en esos tiempos era sólo un sueño. La verdad es que andábamos en la mala, igual que anda hoy casi todo el mundo, sin un cobre. Entonces nos metimos a payasos.

   La idea fue del Flaco, y así me la explicó una tarde en al cocina de casa, una de esas tardes en las que yo me ponía un poco triste y miraba por la ventana mientras la gorda me cebaba mate. Me acuerdo que esa tarde el Flaco se apareció en casa con los bizcochitos, como siempre, sólo que esta vez dijo “se terminó”, tiró los bizcochos sobre la mesa de fórmica veteada que la tía de la gorda nos regaló cuando nos casamos y dijo “son los últimos, el Beto me cortó el fiado”. Y eso era una verdadera calamidad, porque la gorda y yo, al Beto ya no le podíamos ni pisar la vereda, “Hay que hacer algo- dijo el Flaco- así no se puede más”.

   Y ahí fue cuando nos explicó lo de los payasos, parece que en el almacén, mientras esperaba que lo atendieran, el Flaco se puso a leer los papelitos que el Beto les deja poner a los clientes en el vidrio de la balanza (porque el Flaco siempre fue un vicioso de la lectura), y ahí fue cuando se le prendió la lamparita, cuando leyó el cartelito que decía “Animo fiestas infantiles”.

   “Eso tenemos que hacer -dijo el Flaco- entre los dos nos armamos un numerito de payasos y tu mujer hace de presentadora, acordate lo bien que le fue animando la kermesse”. La gorda no quiso saber nada, y yo al principio tampoco, me acuerdo que le dije “¿Y la frutería?” Porque un sueño como ese no se abandona así nomás, y el Flaco me dijo “¿Con qué plata? Mirá, Petiso, esto es apenas un desvío, un recurso que nos permitirá comer y el día de mañana, si ahorramos unos pesos, poner la frutería”.

   Al final acepté, aunque creo que más que nada me dejé llevar por el entusiasmo del Flaco. Y nos metimos a payasos.

   El vestuario lo armamos con ropa de mi suegro que la gorda se había traído cuando murió el viejo.

   Mi suegro era un hombre alto y robusto, con lo cual al Flaco la ropa le iba ancha, y a mí larga, eso ya causaba su efecto, y si a eso le sumamos los tiradores y mi corbatín a lunares (el Flaco usaba un moño azul) el atuendo estaba completo. Los zapatones eran de la gorda, que ya de por sí tenía pies grandes, pero desde que empezó a sufrir de los juanetes usaba un calzado enorme. Lo único que tuvimos que comprar fueron las pelucas, la mía era roja, la del Flaco verde. La gorda nos maquillaba con crema Ponds.

   Al principio no nos iba muy bien. Los pibes no nos querían, se largaban a llorar o nos tiraban con papas y chizitos; era un desastre. “Mirá a las madres –me decía el Flaco- los dejan que tiren la comida, con el hambre que hay, cómo es la gente”.

   Y sí, las madres los dejaban, porque total, la fiesta era para ellas: se mataban de risa viendo como el Flaco y yo atajábamos las salchichitas con savora.

   En ese momento aún no sabíamos que sería por el lado de las madres que nuestra suerte iba a cambiar. Pero debimos sospecharlo, el número de mujeres iba en aumento con cada nuevo trabajo. Parece que gustábamos al público femenino.

   Y sin embargo había algo raro, algo que yo no alcanzaba a comprender, esa forma de mirarnos, ese brillito en los ojos. Como le brillaban a aquella mujer que al llamarnos aparte para pagarnos por el trabajo nos dijo al Flaco y a mí “Miren, yo no quiero que se vayan a ofender... les quería pedir algo...” ¿Hace falta contar lo que sigue? Nunca se me hubiera ocurrido que el traje de payaso fuera algo erótico, pero parece que a esta señora le traía recuerdos o algo así (la gorda, que lee de psicología, dice que es un trauma de la infancia), la cuestión es que accedimos, la mayoría de la gente ya se había ido, despachó a los que quedaban y al nene lo mandó con la cuñada. Insistió en que nos dejáramos el maquillaje, lo hicimos en el suelo, rodando entre papas y salchichitas, aplastando chizitos con la espalda, la mujer parecía como loca, nos untaba el pecho con savora, nos lamía la nariz de plástico, gemía y gritaba. Cuando terminamos nos quiso pagar, nosotros dijimos que por eso no cobrábamos “somos payasos, señora” dijo el Flaco. Pero la mujer insistió, y no sólo nos pagó: nos pagó el doble.

   Yo enseguida vi el filón, pero el Flaco no quería saber nada, “Ese no es nuestro trabajo” me decía, “pero puede serlo, Flaco, ganaríamos el doble”, “No, y no se hable más del asunto”.

   Nunca supe qué lo hizo cambiar de idea, pero una tarde se aparece en casa y me dice: “Llamó la mina del otro día, nos quiere recomendar a unas amigas”.

   Cuando llegamos al departamento nos encontramos  con seis señoras distribuidas en los sillones. Me acuerdo que le dije al Flaco: “Esto parece una reunión de Tupper”.

   En cuanto nos vieron empezaron a silbar. Una rubia de ojos chiquitos dijo: “Tenía razón Matilde, esto es mejor que Batman y Robin”. Una morocha le retrucó: “Te quedás corta, es mejor que aquellos dos que se vestían de odaliscas”.

   Nos pidieron que hiciéramos un numerito entre nosotros “algo para entibiar el ambiente”, dijo la rubia de ojos chiquitos.

   El Flaco insistió en hacer el número de las cachetadas, yo traté de explicarle que con eso no se iba a calentar nadie, pero el Flaco se mantuvo firme: “Somos payasos”, me dijo. Y la verdad acertó, porque aquellas mujeres se pusieron como locas, se nos tiraron encima y nos dejaron la ropa hecha jirones, todavía me parece ver a la morocha arrancándome el corbatín con los dientes. Apenas alcancé a preguntarle al Flaco; “¿Podremos con  todas?”  No llegó a responder, quedamos sepultados por la ola femenina.

   Me acuerdo que ya en casa, mientras tomábamos mate y la gorda nos curaba los machucones, el Flaco dijo: “No les importa la actuación, para ellas somos carne. Cómo es la gente.”

   Yo me vi venir algo fulero, no sabía bien qué le pasaba, pero era como si la tristeza que me aplastaba a mí contra la mesa de fórmica lo hubiera atacado al Flaco, tenía algo en los ojos, no sé... Por algo dicen que los payasos son tristes.

     Tristes y todo laburábamos, y a full. En poco tiempo cubrimos todo el espectro de los festejos femeninos: divorcio, viudez, despedidas de soltera, cumpleaños de 15, hasta le festejamos los 80 a una abuelita... ¡hasta llegamos a posar para una revista erótica!

     Tener algo es renunciar a soñarlo, yo entonces sólo pensaba en la frutería, es raro, ahora extraño esas épocas, esa hora de la tarde en que me ponía triste y la gorda me cebaba mate mientras yo miraba por la ventana y con los codos apoyados en la mesa de fórmica soñaba con la frutería, esperando al flaco que caería de un momento a otro para, entonces sí, cambiarnos y salir para el centro.

     Mientras esperábamos el colectivo, el flaco decía: “y pensar que nos llaman Taxi-boys”, y la verdad que daba risa, y no es que no tuviéramos plata para el taxi. Hicimos mucho dinero, hasta nos podríamos haber comprado un auto, pero ahorrábamos, el flaco insistía con el ahorro “vamos a necesitar mucha plata, no sabés la cantidad de inspectores que hay que untar para abrir un boliche de estos”, me decía.

     La plata se acumulaba en el banco y a mí se me daba por pensar que nunca íbamos a ver la frutería, que íbamos a seguir siempre en lo mismo.

     Pero yo hubiera preferido el auto. El viaje en colectivo era terrible, al flaco se le daba por animar al pasaje, cuando subía decía “Alegría, alegría”, sacaba una bolsa de caramelos y empezaba a convidar a la gente. Siempre había algún incidente, una vez casi lo trompeó a un pelado que no le quiso aceptar un caramelo.

     Yo le decía “Flaco, quedate en el molde”, pero el Flaco, nada. Siempre se sentaba algún chico en la falda, y a mi me daba un miedo, ya se sabe lo desconfiada que es la gente con esas cosas. Sí, yo hubiera preferido el auto.

     Pero eso fue antes de que se fuera el Flaco, cuando laburábamos a full, deslomándonos por atender la demanda creciente de nuestras clientas. Mujeres de todas las edades y condiciones, fue nuestra Epoca de Oro, causábamos sensación, nunca recibimos quejas, al contrario, se deshacían en elogios, y por algo al Flaco en el club lo bautizaron El Burro, en cuanto a mí, ya se sabe lo que se dice de los petisos.

     A veces querían crear clima y ponían música, una maestra jardinera nos puso “Había una vez un circo”, al flaco se le caían las lágrimas, se lo tomaba muy en serio; otra puso “Vesti la giubba”, “Una fina”, dijo la gorda cuando le contamos, y la gorda de música sabe.

     Una de esas señoras nos contrató para que iniciar a su hija, era una criatura, el Flaco se puso como loco, “No respetan la infancia - me decía- y encima iniciarla con un payaso, si parece una burla. Cómo es la gente”.

     Me parece que eso terminó de decidirlo al Flaco, tenía vocación de payaso, se fue con un circo. No quiso llevar ni un centavo de lo que había en el banco, apenas aceptó unas tortas fritas que había hecho la gorda. En homenaje a él, cuando abrimos el negocio, le pusimos “Frutería El Flaco”.

     A veces le digo a la gorda si no convendría que me vistiera de payaso para atender la frutería, pero la gorda no quiere, dice que sería una falta de respeto para el cliente.

     Ahora, a la tardecita, mientras la gorda levanta la pava (que siempre deja sobre la balanza colgante) y me empieza a cebar mate, yo, apoyado en el cajón de los limones, extraño la melancolía de esas tardes, cuando, apoyado en la mesa de fórmica veteada, miraba por la ventana esperando al Flaco, extraño verlo llegar, extraño vestirme de payaso, y por supuesto, extraño esperar el colectivo oyendo al flaco decir: Taxi-boys, cómo es la gente.

 

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