La frutería iba a llamarse
“La amistad”, la íbamos a poner con el Flaco. Era un sueño largamente
acariciado, un sueño de los dos aunque lo soñáramos por separado. En mi sueño
era siempre igual, la mejor, un local azulejado en beige, de frente abierto,
con banderines de colores colgando de unos piolines que iban de los extremos
del frente al centro de la pared del fondo, la gorda en la caja y el Flaco y
yo, de impecable delantal blanco, despachando al público, así la soñaba. O la
soñaba a la gorda cebándome mate mientras esperábamos que el Flaco volviera del
mercado con la chatita para descargar la fruta. Porque nosotros íbamos a buscar
la fruta todos los días. La mercadería era siempre fresquita.
Pero como ya dije,
la frutería en esos tiempos era sólo un sueño. La verdad es que andábamos en la
mala, igual que anda hoy casi todo el mundo, sin un cobre. Entonces nos metimos
a payasos.
La idea fue del
Flaco, y así me la explicó una tarde en al cocina de casa, una de esas tardes
en las que yo me ponía un poco triste y miraba por la ventana mientras la gorda
me cebaba mate. Me acuerdo que esa tarde el Flaco se apareció en casa con los
bizcochitos, como siempre, sólo que esta vez dijo “se terminó”, tiró los
bizcochos sobre la mesa de fórmica veteada que la tía de la gorda nos regaló
cuando nos casamos y dijo “son los últimos, el Beto me cortó el fiado”. Y eso
era una verdadera calamidad, porque la gorda y yo, al Beto ya no le podíamos ni
pisar la vereda, “Hay que hacer algo- dijo el Flaco- así no se puede más”.
Y ahí fue cuando
nos explicó lo de los payasos, parece que en el almacén, mientras esperaba que
lo atendieran, el Flaco se puso a leer los papelitos que el Beto les deja poner
a los clientes en el vidrio de la balanza (porque el Flaco siempre fue un
vicioso de la lectura), y ahí fue cuando se le prendió la lamparita, cuando
leyó el cartelito que decía “Animo fiestas infantiles”.
“Eso tenemos que
hacer -dijo el Flaco- entre los dos nos armamos un numerito de payasos y tu
mujer hace de presentadora, acordate lo bien que le fue animando la kermesse”.
La gorda no quiso saber nada, y yo al principio tampoco, me acuerdo que le dije
“¿Y la frutería?” Porque un sueño como ese no se abandona así nomás, y el Flaco
me dijo “¿Con qué plata? Mirá, Petiso, esto es apenas un desvío, un recurso que
nos permitirá comer y el día de mañana, si ahorramos unos pesos, poner la
frutería”.
Al final acepté,
aunque creo que más que nada me dejé llevar por el entusiasmo del Flaco. Y nos
metimos a payasos.
El vestuario lo
armamos con ropa de mi suegro que la gorda se había traído cuando murió el
viejo.
Mi suegro era un
hombre alto y robusto, con lo cual al Flaco la ropa le iba ancha, y a mí larga,
eso ya causaba su efecto, y si a eso le sumamos los tiradores y mi corbatín a
lunares (el Flaco usaba un moño azul) el atuendo estaba completo. Los zapatones
eran de la gorda, que ya de por sí tenía pies grandes, pero desde que empezó a
sufrir de los juanetes usaba un calzado enorme. Lo único que tuvimos que
comprar fueron las pelucas, la mía era roja, la del Flaco verde. La gorda nos
maquillaba con crema Ponds.
Al principio no
nos iba muy bien. Los pibes no nos querían, se largaban a llorar o nos tiraban
con papas y chizitos; era un desastre. “Mirá a las madres –me decía el Flaco-
los dejan que tiren la comida, con el hambre que hay, cómo es la gente”.
Y sí, las madres
los dejaban, porque total, la fiesta era para ellas: se mataban de risa viendo
como el Flaco y yo atajábamos las salchichitas con savora.
En ese momento aún
no sabíamos que sería por el lado de las madres que nuestra suerte iba a
cambiar. Pero debimos sospecharlo, el número de mujeres iba en aumento con cada
nuevo trabajo. Parece que gustábamos al público femenino.
Y sin embargo
había algo raro, algo que yo no alcanzaba a comprender, esa forma de mirarnos,
ese brillito en los ojos. Como le brillaban a aquella mujer que al llamarnos
aparte para pagarnos por el trabajo nos dijo al Flaco y a mí “Miren, yo no quiero
que se vayan a ofender... les quería pedir algo...” ¿Hace falta contar lo que
sigue? Nunca se me hubiera ocurrido que el traje de payaso fuera algo erótico,
pero parece que a esta señora le traía recuerdos o algo así (la gorda, que lee
de psicología, dice que es un trauma de la infancia), la cuestión es que
accedimos, la mayoría de la gente ya se había ido, despachó a los que quedaban
y al nene lo mandó con la cuñada. Insistió en que nos dejáramos el maquillaje,
lo hicimos en el suelo, rodando entre papas y salchichitas, aplastando chizitos
con la espalda, la mujer parecía como loca, nos untaba el pecho con savora, nos
lamía la nariz de plástico, gemía y gritaba. Cuando terminamos nos quiso pagar,
nosotros dijimos que por eso no cobrábamos “somos payasos, señora” dijo el
Flaco. Pero la mujer insistió, y no sólo nos pagó: nos pagó el doble.
Yo enseguida vi el
filón, pero el Flaco no quería saber nada, “Ese no es nuestro trabajo” me
decía, “pero puede serlo, Flaco, ganaríamos el doble”, “No, y no se hable más
del asunto”.
Nunca supe qué lo
hizo cambiar de idea, pero una tarde se aparece en casa y me dice: “Llamó la
mina del otro día, nos quiere recomendar a unas amigas”.
Cuando llegamos al
departamento nos encontramos con seis
señoras distribuidas en los sillones. Me acuerdo que le dije al Flaco: “Esto
parece una reunión de Tupper”.
En cuanto nos
vieron empezaron a silbar. Una rubia de ojos chiquitos dijo: “Tenía razón
Matilde, esto es mejor que Batman y Robin”. Una morocha le retrucó: “Te quedás
corta, es mejor que aquellos dos que se vestían de odaliscas”.
Nos pidieron que
hiciéramos un numerito entre nosotros “algo para entibiar el ambiente”, dijo la
rubia de ojos chiquitos.
El Flaco insistió
en hacer el número de las cachetadas, yo traté de explicarle que con eso no se
iba a calentar nadie, pero el Flaco se mantuvo firme: “Somos payasos”, me dijo.
Y la verdad acertó, porque aquellas mujeres se pusieron como locas, se nos
tiraron encima y nos dejaron la ropa hecha jirones, todavía me parece ver a la
morocha arrancándome el corbatín con los dientes. Apenas alcancé a preguntarle
al Flaco; “¿Podremos con todas?” No llegó a responder, quedamos sepultados por
la ola femenina.
Me acuerdo que ya
en casa, mientras tomábamos mate y la gorda nos curaba los machucones, el Flaco
dijo: “No les importa la actuación, para ellas somos carne. Cómo es la gente.”
Yo me vi venir
algo fulero, no sabía bien qué le pasaba, pero era como si la tristeza que me
aplastaba a mí contra la mesa de fórmica lo hubiera atacado al Flaco, tenía
algo en los ojos, no sé... Por algo dicen que los payasos son tristes.
Tristes y todo
laburábamos, y a full. En poco tiempo cubrimos todo el espectro de los festejos
femeninos: divorcio, viudez, despedidas de soltera, cumpleaños de 15, hasta le
festejamos los 80 a una abuelita... ¡hasta llegamos a posar para una revista
erótica!
Tener algo es
renunciar a soñarlo, yo entonces sólo pensaba en la frutería, es raro, ahora
extraño esas épocas, esa hora de la tarde en que me ponía triste y la gorda me
cebaba mate mientras yo miraba por la ventana y con los codos apoyados en la
mesa de fórmica soñaba con la frutería, esperando al flaco que caería de un
momento a otro para, entonces sí, cambiarnos y salir para el centro.
Mientras
esperábamos el colectivo, el flaco decía: “y pensar que nos llaman Taxi-boys”,
y la verdad que daba risa, y no es que no tuviéramos plata para el taxi.
Hicimos mucho dinero, hasta nos podríamos haber comprado un auto, pero
ahorrábamos, el flaco insistía con el ahorro “vamos a necesitar mucha plata, no
sabés la cantidad de inspectores que hay que untar para abrir un boliche de
estos”, me decía.
La plata se
acumulaba en el banco y a mí se me daba por pensar que nunca íbamos a ver la
frutería, que íbamos a seguir siempre en lo mismo.
Pero yo hubiera
preferido el auto. El viaje en colectivo era terrible, al flaco se le daba por
animar al pasaje, cuando subía decía “Alegría, alegría”, sacaba una bolsa de
caramelos y empezaba a convidar a la gente. Siempre había algún incidente, una
vez casi lo trompeó a un pelado que no le quiso aceptar un caramelo.
Yo le decía
“Flaco, quedate en el molde”, pero el Flaco, nada. Siempre se sentaba algún
chico en la falda, y a mi me daba un miedo, ya se sabe lo desconfiada que es la
gente con esas cosas. Sí, yo hubiera preferido el auto.
Pero eso fue
antes de que se fuera el Flaco, cuando laburábamos a full, deslomándonos por
atender la demanda creciente de nuestras clientas. Mujeres de todas las edades
y condiciones, fue nuestra Epoca de Oro, causábamos sensación, nunca recibimos
quejas, al contrario, se deshacían en elogios, y por algo al Flaco en el club
lo bautizaron El Burro, en cuanto a mí, ya se sabe lo que se dice de los
petisos.
A veces querían
crear clima y ponían música, una maestra jardinera nos puso “Había una vez un
circo”, al flaco se le caían las lágrimas, se lo tomaba muy en serio; otra puso
“Vesti la giubba”, “Una fina”, dijo la gorda cuando le contamos, y la gorda de
música sabe.
Una de esas
señoras nos contrató para que iniciar a su hija, era una criatura, el Flaco se
puso como loco, “No respetan la infancia - me decía- y encima iniciarla con un
payaso, si parece una burla. Cómo es la gente”.
Me parece que
eso terminó de decidirlo al Flaco, tenía vocación de payaso, se fue con un
circo. No quiso llevar ni un centavo de lo que había en el banco, apenas aceptó
unas tortas fritas que había hecho la gorda. En homenaje a él, cuando abrimos
el negocio, le pusimos “Frutería El Flaco”.
A veces le digo a la gorda si no convendría
que me vistiera de payaso para atender la frutería, pero la gorda no quiere,
dice que sería una falta de respeto para el cliente.
Ahora, a la
tardecita, mientras la gorda levanta la pava (que siempre deja sobre la balanza
colgante) y me empieza a cebar mate, yo, apoyado en el cajón de los limones,
extraño la melancolía de esas tardes, cuando, apoyado en la mesa de fórmica veteada,
miraba por la ventana esperando al Flaco, extraño verlo llegar, extraño vestirme
de payaso, y por supuesto, extraño esperar el colectivo oyendo al flaco decir:
Taxi-boys, cómo es la gente.
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