Llorar es fácil. Bah, para mí es fácil, sobre todo en
los velorios, ahí agarré la costumbre. No sé si cuando Juan o el tío Fermín,
pero lloré de tal forma que se quedaron todos mirando y ahí dije sí, lo mío es
llorar. Y ya que en los velorios me iba tan bien empecé a pasearme por las
funerarias. Choli siempre me acompaña (Choli es mi amiga), ella no llora tanto,
pero igual nos divertimos como locas. Ya no recuerdo si la idea fue mía o de ella,
pero sí recuerdo cuándo, fue el velorio de un tal Galíndez, Jorge, si no me
falla la memoria. Nosotras habíamos caído a llorar como siempre y entonces a
Choli (¿o a mí?) se le ocurrió lo de la otra. Nunca me divertí tanto como ese
día, le juro que lloraba más de la risa que otra cosa. Si viera la cara que
puso la mujer del tal Galíndez cuando le dije que era la otra. No se lo dije
así tan de golpe, no, la fui llevando. En ese momento improvisé, qué se la va a
hacer, era la primera vez. Después con Choli lo estudiamos bien y fuimos
creando un método. Lo más importante es no hablar con nadie, porque si empiezan
a preguntar de entrada, sonamos. Hay que ir derecho al cajón, así que en cuanto
entramos a la funeraria yo agacho la cabeza y Choli me va llevando. Eso ya
causa algún efecto y mantiene a la gente a distancia cosa de poder llegar al
cajón lo más rápido posible. Y ahí sí, me instalo al lado del difunto, largo un
grito y me pongo a llorar como loca mientras le beso la cara y lo lleno al
pobre de moco y lágrimas. Enseguida se arrima algún comedido que me hace sentar
(nunca dejo que me saquen de la Capilla Ardiente ) y cuando se me arrima la viuda
empiezo a hipar (ya hemos comprobado que no es bueno hablar de golpe), me estoy
así un rato hasta que por fin digo: “Amé tanto a este hombre”. No necesito
levantar la vista para enterarme de la cara que pone la viuda. Por lo general
patinan, no saben cómo empezar el interrogatorio así que empiezan a tantear:
¿Hacía mucho que lo conocías?, etc., no se animan a preguntar lo que realmente quieren saber: Vos quién sos
(aunque las más caraduras te lo largan igual). Para cortar ese sondeo inútil
digo de repente: Sos igual a como te
describió Jorge (o Pedro, o Luis), después sigo con aquello de: él hablaba
siempre de vos, de los problemas que tenían (porque todo matrimonio tiene
problemas) y por fin le largo: Fue muy bueno con vos, nunca quiso dejarte para
irse conmigo, y mirá que se lo he pedido, tantos años. Y cosa de cortarle
cualquier reacción violenta, rompo a llorar de nuevo contra el pecho de Choli
que está siempre al lado mío. Al principio no dicen nada, se quedan masticando
nomás eso que es bronca o asombro o las dos cosas, después empiezan las
preguntas. A cada pregunta respondo con lo mismo: El te quería o Te prefirió a
vos, Lucía (o como se llame, el nombre de la viuda lo sacamos siempre del
obituario, igual que el del finado; a veces hasta nombro a los hijos). Cuando
la cosa no da para más empiezo otra vez a llorar a los gritos. Esta vez grito
el nombre del muerto y entonces Choli tiene que sacarme a la calle, ahí termina
todo. Por las dudas no nos reímos hasta haber doblado la esquina, por suerte
nunca nos siguen. Nosotras nos imaginamos el resto: parientes y amigos acercándose a la viuda a preguntarle quién era,
y alguna que capaz que hasta escupe al muerto, ataques de nervios, desmayos,
esas cosas que no vemos pero que seguro suceden. Tratamos de alejarnos lo más
posible del barrio y entramos a alguna confitería a comentar el velorio y a
reírnos como locas. Choli siempre pide un té con leche, yo licor de menta.
domingo, 28 de diciembre de 2014
domingo, 21 de diciembre de 2014
Se
arrastran. No sé qué les pasa, pero se arrastran. Lo normal sería que corran a
los saltos como todas las noches, que llenen la casa con su trotecito seco, de
la sala a la cocina, de la cocina al pasillo. En el pasillo es hermoso, da
gusto escucharlas, todas juntas, como un ejército marchando, hacen pensar en
caballitos de madera, en caballos de calesita. Pero hoy no, hoy se arrastran y
no sé qué les habrá pasado, porque es una noche como cualquiera, mi insomnio es
el mismo, la oscuridad es igual. Porque la oscuridad les hace falta, por más
que las oiga correr como locas, si entro en la sala y prendo la luz, las
encuentro siempre en su lugar, no sé cómo hacen, son ligerísimas, y yo me
acerco y nada, ni siquiera las oigo resoplar, se quedan tan calladitas. Así que
ya ni siquiera insisto en sorprenderlas,
me quedo nomás en la cama, a oscuras. Ellas nunca entran en la pieza, les oigo
el trotecito hasta la puerta y ahí se quedan, quietitas, esperando. Empiezan
siempre a correr de a una, la primera va de la sala hasta el living y vuelve,
entonces sale la otra y va hasta la cocina, la última no vuelve, se queda en
donde esté como llamando a las otras, y ahí empieza el verdadero barullo, ahí
se largan a trotar enloquecidas, con sus saltitos secos, con ese ruido a madera
que va llenando la casa. En el pasillo se frenan y esperan, siempre esperan.
Pero hoy no sé qué les pasa, se andan arrastrando y es un ruido horrible, algo
que viene de adentro, de la madera, un frotarse contra el suelo que me llena de
angustia. No sé qué les pasa, no sé qué les habré hecho, pero cruzaron la
puerta y está oscuro y están ahí y esperan y me huelen con sus belfos de madera
y yo no sé qué les hice, no sé qué les pasa, pero ellas saben y saben que ahora
tengo miedo.
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