domingo, 28 de diciembre de 2014

PLAÑIDERA
 
Llorar es fácil. Bah, para mí es fácil, sobre todo en los velorios, ahí agarré la costumbre. No sé si cuando Juan o el tío Fermín, pero lloré de tal forma que se quedaron todos mirando y ahí dije sí, lo mío es llorar. Y ya que en los velorios me iba tan bien empecé a pasearme por las funerarias. Choli siempre me acompaña (Choli es mi amiga), ella no llora tanto, pero igual nos divertimos como locas. Ya no recuerdo si la idea fue mía o de ella, pero sí recuerdo cuándo, fue el velorio de un tal Galíndez, Jorge, si no me falla la memoria. Nosotras habíamos caído a llorar como siempre y entonces a Choli (¿o a mí?) se le ocurrió lo de la otra. Nunca me divertí tanto como ese día, le juro que lloraba más de la risa que otra cosa. Si viera la cara que puso la mujer del tal Galíndez cuando le dije que era la otra. No se lo dije así tan de golpe, no, la fui llevando. En ese momento improvisé, qué se la va a hacer, era la primera vez. Después con Choli lo estudiamos bien y fuimos creando un método. Lo más importante es no hablar con nadie, porque si empiezan a preguntar de entrada, sonamos. Hay que ir derecho al cajón, así que en cuanto entramos a la funeraria yo agacho la cabeza y Choli me va llevando. Eso ya causa algún efecto y mantiene a la gente a distancia cosa de poder llegar al cajón lo más rápido posible. Y ahí sí, me instalo al lado del difunto, largo un grito y me pongo a llorar como loca mientras le beso la cara y lo lleno al pobre de moco y lágrimas. Enseguida se arrima algún comedido que me hace sentar (nunca dejo que me saquen de la Capilla Ardiente) y cuando se me arrima la viuda empiezo a hipar (ya hemos comprobado que no es bueno hablar de golpe), me estoy así un rato hasta que por fin digo: “Amé tanto a este hombre”. No necesito levantar la vista para enterarme de la cara que pone la viuda. Por lo general patinan, no saben cómo empezar el interrogatorio así que empiezan a tantear: ¿Hacía mucho que lo conocías?, etc., no se animan a preguntar  lo que realmente quieren saber: Vos quién sos (aunque las más caraduras te lo largan igual). Para cortar ese sondeo inútil digo de repente: Sos igual a como  te describió Jorge (o Pedro, o Luis), después sigo con aquello de: él hablaba siempre de vos, de los problemas que tenían (porque todo matrimonio tiene problemas) y por fin le largo: Fue muy bueno con vos, nunca quiso dejarte para irse conmigo, y mirá que se lo he pedido, tantos años. Y cosa de cortarle cualquier reacción violenta, rompo a llorar de nuevo contra el pecho de Choli que está siempre al lado mío. Al principio no dicen nada, se quedan masticando nomás eso que es bronca o asombro o las dos cosas, después empiezan las preguntas. A cada pregunta respondo con lo mismo: El te quería o Te prefirió a vos, Lucía (o como se llame, el nombre de la viuda lo sacamos siempre del obituario, igual que el del finado; a veces hasta nombro a los hijos). Cuando la cosa no da para más empiezo otra vez a llorar a los gritos. Esta vez grito el nombre del muerto y entonces Choli tiene que sacarme a la calle, ahí termina todo. Por las dudas no nos reímos hasta haber doblado la esquina, por suerte nunca nos siguen. Nosotras nos imaginamos el resto: parientes y amigos  acercándose a la viuda a preguntarle quién era, y alguna que capaz que hasta escupe al muerto, ataques de nervios, desmayos, esas cosas que no vemos pero que seguro suceden. Tratamos de alejarnos lo más posible del barrio y entramos a alguna confitería a comentar el velorio y a reírnos como locas. Choli siempre pide un té con leche, yo licor de menta.

domingo, 21 de diciembre de 2014

LAS SILLAS

     Se arrastran. No sé qué les pasa, pero se arrastran. Lo normal sería que corran a los saltos como todas las noches, que llenen la casa con su trotecito seco, de la sala a la cocina, de la cocina al pasillo. En el pasillo es hermoso, da gusto escucharlas, todas juntas, como un ejército marchando, hacen pensar en caballitos de madera, en caballos de calesita. Pero hoy no, hoy se arrastran y no sé qué les habrá pasado, porque es una noche como cualquiera, mi insomnio es el mismo, la oscuridad es igual. Porque la oscuridad les hace falta, por más que las oiga correr como locas, si entro en la sala y prendo la luz, las encuentro siempre en su lugar, no sé cómo hacen, son ligerísimas, y yo me acerco y nada, ni siquiera las oigo resoplar, se quedan tan calladitas. Así que ya ni siquiera  insisto en sorprenderlas, me quedo nomás en la cama, a oscuras. Ellas nunca entran en la pieza, les oigo el trotecito hasta la puerta y ahí se quedan, quietitas, esperando. Empiezan siempre a correr de a una, la primera va de la sala hasta el living y vuelve, entonces sale la otra y va hasta la cocina, la última no vuelve, se queda en donde esté como llamando a las otras, y ahí empieza el verdadero barullo, ahí se largan a trotar enloquecidas, con sus saltitos secos, con ese ruido a madera que va llenando la casa. En el pasillo se frenan y esperan, siempre esperan. Pero hoy no sé qué les pasa, se andan arrastrando y es un ruido horrible, algo que viene de adentro, de la madera, un frotarse contra el suelo que me llena de angustia. No sé qué les pasa, no sé qué les habré hecho, pero cruzaron la puerta y está oscuro y están ahí y esperan y me huelen con sus belfos de madera y yo no sé qué les hice, no sé qué les pasa, pero ellas saben y saben que ahora tengo miedo.