domingo, 25 de enero de 2015


CACERÍA
 
     Estaba exhausto, llevaba dos días huyendo y sabía que el final estaba cerca.

     Los hombres habían venido de lejos y él pensó que en medio de la selva no podrían darle caza, por eso se internó en el corazón de Birmania. Pero se había equivocado, la selva se volvió una trampa para él mismo, se movía por un terreno incierto y más de una caída lo había llenado de heridas. Siguió como pudo, pero ya no podía más. Donde se hallaba no había antílopes y aunque las hubiere no podría darles caza, se vería expuesto a ellos, nada más absurdo que una cacería dentro de la cacería. 

     Dos días escapando y el hambre había hecho más estragos que las heridas, había llegado al límite de sus fuerzas. Ahora esperaba la muerte. Sabía que aquellos hombres no tendrían piedad, eran mercenarios (aunque tal vez el de sombrero gris, algo en sus ojos...). La noche anterior había encontrado agua, pero donde hoy se hallaba no iba a encontrarla. Miró al cielo, bebió la luna. Se tendió a esperar, pensó en sus perseguidores. Aún sin fuerzas se sabía superior a ellos, podría con los cuatro si no llevaran armas. Sí, estaba condenado.

    Sólo el primer día, agazapado entre el follaje, había podido ver a los hombres, y sólo uno de ellos (el de sombrero gris) lo vio, pero se sintió intimidado (o tuvo piedad) y no pudo dispararle, ni siquiera avisó a los otros. Un solo momento se habían mirado, luego él huyó, sabiendo que aquel cruce de miradas  y aquel silencio (por temor o piedad) no era más que una tregua, tarde o temprano lo alcanzarían.

     Luego vino la selva, un laberinto perpetuo, la perpetua repetición de un paisaje único. Una diversidad cuyas variaciones no alcanzaba a descifrar y que lo hacía sentir que estaba girando siempre en un perímetro cerrado al que poco a poco ellos se iban acercando, y con ellos la muerte.

     Volvió a mirar la luna y su garganta movió un pesado sonido, casi una queja. Sintió las pisadas en el follaje, sintió el ritmo verde de los pies que lo acechaban, se supo cercado. Seguía tendido, sabía que un miedo casi ritual los mantendría a distancia, vigilando su agonía. Luego uno de ellos se acercaría (¿el de sombrero gris?) y patearía el cuerpo. Ahora los veía, estaban ahí. Repasó los rostros que un cigarrillo iluminaba alternativamente. El dolor le hizo cerrar los ojos (oía palabras que no podía comprender), volvió a abrirlos. Dejó de pensar en los hombres y miró al cielo. La amarilla pupila del tigre vio por última vez la luna.

 

domingo, 18 de enero de 2015


EL CANTO DE LAS BALLENAS
 

     A las ballenas les gusta la ópera. Tienen todos los discos de Enrico Caruso y les encanta romper el fino cristal de los témpanos con su poderoso Do de pecho. Desde los transatlánticos les arrojan ramos de flores y ellas saludan con aires de primadonna.

     Todas las ballenas cantan Mi chiamano Mimì mientras se hunde el Titanic. Y por las noches susurran una canción de cuna para dormir a Jonás.

domingo, 11 de enero de 2015

LOS AMIGOS
      Nosotros lo cuidamos, tal vez un día se entere, pero no lo creo, disimulamos muy bien. Aparte, él no tendría forma de sospechar nuestra ayuda, nos vamos turnando para que ninguna cara se fije en su memoria, y somos cientos.

     Desde el niño que esta mañana lo pateó en las canillas mientras miraba una vidriera hasta el que le robó la billetera en el subte, todos son del grupo, todos somos sus amigos: y lo ayudamos.

     Nos movemos a diario por la ciudad acechando sus pasos, corremos con diligencia a hacerle zancadillas, a escupirlo en las ventanillas de los trenes, a robarle la carpeta que apoyó en el suelo para atarse los zapatos.

     Todo artista necesita su cuota de dolor, necesita recibir de la vida esa aspereza que lo hará infeliz, pero también grande.

     Muchas mujeres militan en el grupo, se van turnando, lo seducen y lo abandonan. Hemos comparado las cartas que les envía, se supera cada día. Cada nueva frustración nos lo muestra más cerca del ideal, cada nueva carta que leemos nos  hace llorar de felicidad, y en las lágrimas de cada uno leemos lo mismo: Vamos por buen camino.

     Las fuerzas del orden colaboran. Cada tanto lo detienen sin motivo, lo golpean en los fondos de alguna comisaría, lo hacen pasar la noche en un calabozo, lo obligan a dormir desnudo sobre los mosaicos, al otro día lo sueltan. Esto no es nada fácil. La policía cuenta con hombres muy sensibles que sufren horrores sometiéndolo a estos vejámenes, pero todo es por su bien. Eso nos decimos todos y eso nos consuela.

     ¡Lo queremos tanto! A veces tendríamos ganas de acariciarlo, de prestarle el hombro o el pañuelo, pero sabemos que así solo lograríamos alejarlo del Ideal. Que sufra entonces, que se haga inmortal. Su dolor es nuestra felicidad, vamos por buen camino.

     Y es un camino largo. Hemos invertido ya muchos años en su desdicha. Hemos sido el padre golpeador y el maestro que lo avergonzó frente a la clase, la mujer que no lo amó y el editor que rechazó sus obras. Aparte de esto hemos sido cada mínimo accidente cotidiano, cada empujón, cada tropiezo, cada uno de los eslabones de esa cadena que lo ata al sufrimiento, para que no haya en la más mínima conversación trivial, tregua alguna a sus desdichas. Sólo nosotros sabemos los tormentos que pueden desencadenarse al pedirle la hora a un transeúnte o al comprar media docena de facturas.

     Pero incluso las obras más grandes llegan a su fin, y sabemos que el nuestro está cerca. Últimamente ha escrito sus mejores poemas y tememos que la meseta en que ahora se encuentra comience su declive. No queremos verlo caer, no podemos dejar que se malogre. Sabemos que ahora tiene que terminar todo, para que de aquí en más sus obras sólo conozcan la gloria, para que empiece a crecer ya para siempre, para que, como Carlitos, cada día cante mejor.

     Al principio pensamos en un accidente, pero no se ajustaba a la leyenda trágica que deseábamos crear, por eso nos hemos puesto de acuerdo para redoblar nuestros esfuerzos y arrastrarlo de una vez por todas a la locura o al suicidio (o ambos), que para un poeta siempre sería un final más decoroso.

     Pondremos todo nuestro empeño, todo nuestro amor en este último tramo. Se vive entre nosotros esa agitación previa a los grandes acontecimientos. Algunos ya han comprado sus trajes para ir al entierro, ya casi somos completamente felices. Una sola cosa perturba nuestra dicha: a veces nos preocupa que vaya a quemar sus manuscritos. Que Dios no lo permita.

 

domingo, 4 de enero de 2015

LICANTROPIA


     La idea fue de Mecha y tengo que admitirlo: fue una buena idea, avivó la relación. No es que no hubiera pasión entre nosotros, no sé cómo explicarlo, era más bien como si el tiempo nos hubiera aletargado los instintos. Hacer el amor se había vuelto un acto mecánico, como preparar café. No había novedad, no había sorpresa, nos sabíamos de memoria y eso, en vez de ahondar la intimidad, la había ido achatando. Nuestra vida sexual en esos tiempos era sosa, e intuyo que Mecha pensó que en cualquier momento yo iría a buscar la sal fuera de casa y que por eso se le ocurrió lo del disfraz. Es raro que nunca me haya explicado cómo se le ocurrió, y ahora ya es tarde para preguntarle.

     Tampoco sé cómo entró Lucio en el juego. Ella insistía con que teníamos que tener un cazador. Yo replicaba que en ese caso tendríamos que tener también una abuela. Si no hubiera sido tan ciego podría haber visto en ese momento cómo iba a terminar todo. Tal vez el final podría haberse evitado, comerse la hombría o ejercitarla con un portazo, pero los portazos se dan a tiempo o no se dan.

     Pero me estoy adelantando. Hay que agarrar la madeja desde la punta porque si no, no se va a entender nada.

     El disfraz apareció una tarde, después del taller. Volví a casa como todos los días, sabiendo que la rutina me esperaría con el beso y el mate, algún “¿cómo te fue?” o “¿estás cansado?”. Y en lugar de eso una sonrisa colgándole en los labios, la canasta, el vestidito, el disfraz en suma.

     Recuerdo que miré la canasta, la miré a ella y le pregunté qué significaba. “Para la abuela”, dijo y como vio que yo seguía sin entender agregó: “Caperucita”.

     Supongo que yo estaba muy cansado, porque todo aquello me pareció una pelotudez soberana y se lo dije “Dejate de joder” le dije, y de un manotazo (que aún hoy trato de explicarme) le hice volar al diablo la canasta. Fue entonces que sucedió, cuando Mecha se dio vuelta para levantar la canasta. Fue ahí, al agacharse, cuando mis ojos subieron por los muslos hasta esa porción de lencería tan mínima que su función de cubrir parecía absurda.

     Quién sabe qué cosas dormidas despertaron en mí en ese momento, qué afrodisíaco esconde la mezcla del mundo infantil y el adulto, ese desplazamiento de la realidad en medio del living, ese florecimiento de zonas oscuras en la superficie de lo cotidiano, algo atávico inundando la sangre como un veneno furioso.

     La tomé como antes, como años antes, y aunque ella gritaba que no, que así no, que eso no era el juego, no le hice caso, apenas alcancé a preguntarle “¿La nena?”. “Con mamá” dijo.

     Pero cuando el fuego cedió y los cuerpos se estiraron ella volvió a decir que no, que así no, que había que jugar el juego.

     Entonces empezaron las representaciones, la abundancia de detalles creciendo día a día. Siempre me sorprendía con algo nuevo y siempre algo nuevo despertaba en mí, algo animal que se abría paso en la sangre cada vez que la atacaba y que me iba volviendo cada vez más violento. Un día llegué a golpearla. “Puta –le dije-, puta” y le di un cachetazo que me dolió a mí, que me asustó. Fue como despertar de un sueno. Temblé, toda mi humanidad tembló y casi llorando le pedí disculpas. “Está bien –me dijo-, no es tu culpa”.

     Pensé que el juego terminaba ahí, pero al otro día ella volvió a vestir su disfraz, a renovar la ceremonia y la hoguera. Yo traté de controlarme, duró poco. A los dos días me encontré golpeándola y mordiéndola hasta casi lastimarla. “Seguí” dijo ella. Y yo seguí. Envuelto en un sudor de miedo, seguí.

     Esos juegos eran la felicidad y el espanto. A veces la golpeaba con los puños cerrados. Le pedí mil veces que cambiáramos de juego. Probamos otros disfraces, otros ritos, pero no era lo mismo, irremediablemente volvíamos al bosque. Ese juego se volvió para nosotros un refugio, un jardín secreto. Un lugar que era la casa pero también una cabaña, un bosque, pastos que aparecían entre los muebles cada mañana luego que el micro se llevaba a la nena al jardín, a ese otro lugar donde los lobos eran de mentira.

     Hasta que llegó Lucio y  con Lucio todo cambió. Ahí Mecha empezó a insistir con el cazador, a hacer solapadas menciones sobre el nuevo vecino y, finalmente, a pedirme que trajéramos a Lucio al juego. Al final terminamos llevando el juego a Lucio. Los tres hablamos un día y él dijo que era mejor así, que un lobo sin luna no era lobo, que tenía que ser de noche y que en su casa no abría problemas. Así, cada noche, después de que la nena se dormía, íbamos a lo de Lucio.

     La primera noche fue devastadora. Al principio el juego se desarrolló igual que siempre y a pesar de que la casa era opresiva y yo me sentía incómodo, pude saciar mis instintos y terminar la escena.

     Entonces entró Lucio con la escopeta, una escopeta verdadera, y al miedo se sumó el miedo. El sudor se me heló como si el tacto frío del metal me hubiera entrado por la vista. Fue eso, una confusión de sentidos y un segundo helado y silencioso. Entonces Lucio hizo aquel ruido con la boca. Juro que el disparo existió. No sé dónde me dio pero algo dentro mío se rompió. Me quedé paralizado y él, al ver que no reaccionaba, repitió ese ruido seco. Entonces desperté, la rueda volvió a girar y me tiré al piso.

     Lucio se sacó la ropa y se acercó a la cama. Me paré y quise detenerlo, pero Mecha dijo (o gritó): “El juego es el juego” y yo no pude reaccionar. Vaya a saber por qué, qué se había roto en mí, en qué lugar me había alcanzado el tiro de mi desgracia. Sólo sé que la rueda siguió girando y el juego continuó.

     Con el tiempo noté que ella disfrutaba especialmente el final del juego. Cuando entraba el cazador en escena se le iluminaban los ojos. Una vez muerto el lobo, ella lo recompensaba a Lucio con una ferocidad que yo no le conocía.

     Me molestaba tener que quedarme en el suelo mientras ellos hacían el amor. Trataba de no verlos, de no verla. De a poco aprendí a tomar posición en el momento de morir para que la cama quedase fuera de mi campo visual, pero oírlos era lo mismo.

     Todo fue cambiando entre nosotros. Durante el día no nos hablábamos. Cada vez que la miraba ella desviaba la vista y seguía haciendo sus cosas. Yo sólo existía durante la noche, y tampoco entonces podía tenerla: Lucio se adelantaba siempre y me mataba antes de que pudiera tocarla. El resto de la noche era para ellos.

     Una mañana traté de volver a lo de antes, a nuestro bosque y nuestro juego. La tomé por sorpresa y reaccionó muy mal. “Soltame, imbécil” gritó. Me clavó unos ojos que quemaban y dijo: “Ni se te ocurra tocarme”. Entonces decidí terminar, se lo dije, le dije que se quedara con Lucio, que yo me iba del juego y de su vida. “Hacé lo que quieras” me dijo, y volvió a las tazas que estaba lavando. La miré, esperaba que se diera vuelta, que dijera algo. Al final me fui a trabajar.

     Cuando cerré el taller empecé a caminar sin rumbo. Di vueltas por incontables calles que eran el laberinto de mi desesperación. Llegué a casa muy tarde. La nena ya se había dormido y Mecha fumaba en la cocina. Le dije que había vuelto para juntar mis cosas y que no iba a molestarla. Entonces se largó a llorar. Suplicó, me dijo que todo iba a ser como antes, que había hablado con Lucio esa tarde y que él aceptaba dejarme a mí jugar al lobo, que él sólo me mataría y ese  sería el final del juego, y no habría más que eso, que esa noche, cuando volviéramos a casa, Lucio se abría terminado y volveríamos al juego de antes, en nuestro bosque y sin cazadores. Le dije “Escuchame...”pero me interrumpió. “Por favor” dijo.

     Subimos en silencio y en silencio la ayudé a vestirse. Mientras le prendía el vestido noté que las manos me temblaban. Todo era tan absurdo. Salimos a la vereda, esa noche la luna estaba roja. “Mala luna” pensé, y entramos a lo de Lucio.

     Cuando empezamos el juego quise aullar y me salió una queja afónica. Sabía que algo iba a andar mal, aunque sólo supe que sabía luego que todo pasó.

     Cuando llegó el momento de saciar mis instintos apareció Lucio. La miré a Mecha y ella sólo sonrió. “Yo me voy” dije, temblando de rabia. Lucio me detuvo. “Tirate –dijo, y mirando la escopeta-, está cargada”. Traté de abrirme paso hasta la puerta y sentí el golpe de culata en la columna, caí de rodillas. “No seas boludo, querés –dijo-. Tirate y no jodas”. Mecha se reía. Me tiré al suelo y sentí cómo caía sobre mí la ropa que Lucio se iba sacando. Entonces dijo: “Hay que ver si el lobito está bien muerto” y empezó a patearme las costillas y los riñones. Mecha no paraba de reírse.

     Aguanté. Lo único que quería era que todo terminara de una vez para correr a casa a ahogarme en llanto y desnudarme de tanta humillación.

     Me quedé en el suelo. Por la ventana veía la luna, pero era más bien como si ella me mirara, como si ese disco rojo fuera un ojo distante que miraba en mí algo que no era yo, algo que me habitaba y que sin embargo no era yo, o yo no quería que lo fuese.

     Entonces pasó. Empecé a oír los gemidos de Mecha y algo volvió a despertarse en mi sangre, algo empezó a aullarme en las venas, algo que me ensordecía. Me levanté de un salto y alcancé a agarrar la escopeta antes de que Lucio reaccionara.

     Fueron sólo tres golpes amortiguados por los gritos de Mecha. Lo vi yacer y lo escupí con todo el desprecio del mundo. Mecha seguía gritando cuando subí a la cama. Empecé a golpearla, ella trató de defenderse, me mordió el brazo y ver sangre me excitó aún más. La golpeé con tanta furia. “Te gustaba, te acordás, te gustaba, puta”. Aullé, la golpeé y la violé. Con las uñas y los dientes me abrí paso hasta lo más íntimo de su cuerpo, pasé toda la noche cebándome en su sangre.

     Aullé hasta que la claridad del día, esa luz sucia de las primeras horas, esa mugre donde se inicia el día, me arrancó de esa locura. De repente sentí frío, sólo en ese momento me supe desnudo. Busqué la ropa y me vestí como si al deshacer uno de los actos de esa noche todos pudieran deshacerse. Después revolví toda la casa buscando cigarrillos. Fumé hasta las siete, había que volver a casa, preparar el desayuno y despertar a la nena, pero antes ducharse, sin duda.

     Al despertarla preguntó por mamá. Le dije que dormía. Desayunamos y sólo cuando el micro dobló la esquina, me decidí a terminar todo. Le avisé a mi suegro que pasara a buscar a la nena por el jardín y llamé a la policía.

     Aparecieron con cinco celulares, lo que me pareció una exageración. Después vino el resto: las parvas de titulares que hablaban del caníbal, esas notas que acumulaban sin cansancio palabras como pasional, turbio, sexo, demencia. Las rondas de psiquiatras, los interrogatorios y por fin estas cuatro paredes blancas (tan suaves), donde la luna se refleja cada noche (cada noche que hay luna) mientras aúllo interminablemente como si buscara abrirme la garganta en un grito imposible, desmesurado, inabarcable.