Llorar es fácil. Bah, para mí es fácil, sobre todo en
los velorios, ahí agarré la costumbre. No sé si cuando Juan o el tío Fermín,
pero lloré de tal forma que se quedaron todos mirando y ahí dije sí, lo mío es
llorar. Y ya que en los velorios me iba tan bien empecé a pasearme por las
funerarias. Choli siempre me acompaña (Choli es mi amiga), ella no llora tanto,
pero igual nos divertimos como locas. Ya no recuerdo si la idea fue mía o de ella,
pero sí recuerdo cuándo, fue el velorio de un tal Galíndez, Jorge, si no me
falla la memoria. Nosotras habíamos caído a llorar como siempre y entonces a
Choli (¿o a mí?) se le ocurrió lo de la otra. Nunca me divertí tanto como ese
día, le juro que lloraba más de la risa que otra cosa. Si viera la cara que
puso la mujer del tal Galíndez cuando le dije que era la otra. No se lo dije
así tan de golpe, no, la fui llevando. En ese momento improvisé, qué se la va a
hacer, era la primera vez. Después con Choli lo estudiamos bien y fuimos
creando un método. Lo más importante es no hablar con nadie, porque si empiezan
a preguntar de entrada, sonamos. Hay que ir derecho al cajón, así que en cuanto
entramos a la funeraria yo agacho la cabeza y Choli me va llevando. Eso ya
causa algún efecto y mantiene a la gente a distancia cosa de poder llegar al
cajón lo más rápido posible. Y ahí sí, me instalo al lado del difunto, largo un
grito y me pongo a llorar como loca mientras le beso la cara y lo lleno al
pobre de moco y lágrimas. Enseguida se arrima algún comedido que me hace sentar
(nunca dejo que me saquen de la Capilla Ardiente ) y cuando se me arrima la viuda
empiezo a hipar (ya hemos comprobado que no es bueno hablar de golpe), me estoy
así un rato hasta que por fin digo: “Amé tanto a este hombre”. No necesito
levantar la vista para enterarme de la cara que pone la viuda. Por lo general
patinan, no saben cómo empezar el interrogatorio así que empiezan a tantear:
¿Hacía mucho que lo conocías?, etc., no se animan a preguntar lo que realmente quieren saber: Vos quién sos
(aunque las más caraduras te lo largan igual). Para cortar ese sondeo inútil
digo de repente: Sos igual a como te
describió Jorge (o Pedro, o Luis), después sigo con aquello de: él hablaba
siempre de vos, de los problemas que tenían (porque todo matrimonio tiene
problemas) y por fin le largo: Fue muy bueno con vos, nunca quiso dejarte para
irse conmigo, y mirá que se lo he pedido, tantos años. Y cosa de cortarle
cualquier reacción violenta, rompo a llorar de nuevo contra el pecho de Choli
que está siempre al lado mío. Al principio no dicen nada, se quedan masticando
nomás eso que es bronca o asombro o las dos cosas, después empiezan las
preguntas. A cada pregunta respondo con lo mismo: El te quería o Te prefirió a
vos, Lucía (o como se llame, el nombre de la viuda lo sacamos siempre del
obituario, igual que el del finado; a veces hasta nombro a los hijos). Cuando
la cosa no da para más empiezo otra vez a llorar a los gritos. Esta vez grito
el nombre del muerto y entonces Choli tiene que sacarme a la calle, ahí termina
todo. Por las dudas no nos reímos hasta haber doblado la esquina, por suerte
nunca nos siguen. Nosotras nos imaginamos el resto: parientes y amigos acercándose a la viuda a preguntarle quién era,
y alguna que capaz que hasta escupe al muerto, ataques de nervios, desmayos,
esas cosas que no vemos pero que seguro suceden. Tratamos de alejarnos lo más
posible del barrio y entramos a alguna confitería a comentar el velorio y a
reírnos como locas. Choli siempre pide un té con leche, yo licor de menta.
domingo, 28 de diciembre de 2014
domingo, 21 de diciembre de 2014
Se
arrastran. No sé qué les pasa, pero se arrastran. Lo normal sería que corran a
los saltos como todas las noches, que llenen la casa con su trotecito seco, de
la sala a la cocina, de la cocina al pasillo. En el pasillo es hermoso, da
gusto escucharlas, todas juntas, como un ejército marchando, hacen pensar en
caballitos de madera, en caballos de calesita. Pero hoy no, hoy se arrastran y
no sé qué les habrá pasado, porque es una noche como cualquiera, mi insomnio es
el mismo, la oscuridad es igual. Porque la oscuridad les hace falta, por más
que las oiga correr como locas, si entro en la sala y prendo la luz, las
encuentro siempre en su lugar, no sé cómo hacen, son ligerísimas, y yo me
acerco y nada, ni siquiera las oigo resoplar, se quedan tan calladitas. Así que
ya ni siquiera insisto en sorprenderlas,
me quedo nomás en la cama, a oscuras. Ellas nunca entran en la pieza, les oigo
el trotecito hasta la puerta y ahí se quedan, quietitas, esperando. Empiezan
siempre a correr de a una, la primera va de la sala hasta el living y vuelve,
entonces sale la otra y va hasta la cocina, la última no vuelve, se queda en
donde esté como llamando a las otras, y ahí empieza el verdadero barullo, ahí
se largan a trotar enloquecidas, con sus saltitos secos, con ese ruido a madera
que va llenando la casa. En el pasillo se frenan y esperan, siempre esperan.
Pero hoy no sé qué les pasa, se andan arrastrando y es un ruido horrible, algo
que viene de adentro, de la madera, un frotarse contra el suelo que me llena de
angustia. No sé qué les pasa, no sé qué les habré hecho, pero cruzaron la
puerta y está oscuro y están ahí y esperan y me huelen con sus belfos de madera
y yo no sé qué les hice, no sé qué les pasa, pero ellas saben y saben que ahora
tengo miedo.
domingo, 30 de noviembre de 2014
THE REST IS SILENCE
Perdió el cenicero, lo buscó por toda la casa y nada. Ese día tiró la
ceniza en un plato. Al otro día fue el encendedor. Pensó “Inés, otra vez con
que deje de fumar”. Otro día desapareció el jabón, otro día Inés. “Se llevó el
jabón –se dijo-, cómo son las mujeres”. Pero el encendedor le dolía, era de
oro. Faltaron algunos papeles que, supuso, fueron devorados por el desorden del
escritorio, pero no le importó: cuando pensó esto el escritorio ya no estaba.
La desaparición de una carta espinosa le
resultó grata, la de las sillas incómoda. Cuando faltó la cama durmió en el
suelo. Cuando no hubo techo se dormía viendo las estrellas.
Las
paredes se fueron, dejando entrar el frío, lo tomó con calma y tomó un
pullover, desapareció cuando ya estaba entrando en las mangas. “Lo mismo”
pensó. Tal vez quiso decir “lo mismo da”. pero nunca se sabrá, se fue borrando
junto con las palabras. Y el resto es silencio.
domingo, 23 de noviembre de 2014
Cantaba la lluvia en los techos haciendo
chaz-chaz sobre la chapa. Adentro el calor les hacía cosquillas, les sudaba las
axilas y les sacaba la ropa. Y cuando dos quedan sin ropa ya se sabe lo que
pasa.
Cuando acabaron de rodar sobre la sábana
pringosa ella dijo: “Si pudiéramos abrir las ventanas” y él: “Si parara de
llover”. Entonces paró de llover. Los dos se miraron con miedo. Él se puso una
camisa y ella corrió a abrir las ventanas. Al rato se esquivaban los ojos, se
huían los roces. El prendió un cigarrillo y ella miraba la novela, cada cual en
su mundo, ella pensando: “Si lloviera” y él: “Si cerráramos las ventanas”.
domingo, 16 de noviembre de 2014
JARDINES
Los jardines se comunican. Hay una
abertura en el muro, nosotros la usábamos como puerta, pero en realidad no es
una puerta, está a un metro del suelo y tiene el aspecto de una ventana mordida
por la hiedra. Por esa ventana se comunica mi patio, árido y embaldosado, con
el jardín de Susi. Y digo Susi olvidando que hoy viven los González, que Susi
se fue para siempre y que yo me quedé, tal vez también para siempre. Pero hace
veinte años el jardín era de Susi.
Entonces era todo verde y así me gusta
recordarlo. Los caminitos de laja recorriendo los canteros, el gomero enorme en
el centro, en el fondo, contra el galponcito de mi patio, el ciruelo y en la
medianera opuesta un peral. Pero sobre todo había bichos. Hormigas, isocas,
mariposas, toda esa fauna que vive de las flores, porque entonces había muchas
flores y el jardín estaba vivo.
Los González, con años de desdén hacia las
plantas, han logrado que el jardín de Susi se parezca al mío, donde las flores
crecen como pueden, apretándose en las grietas de las baldosas.
Mi patio, salvo por los canteros sobre la
medianera (donde –que yo sepa- nunca creció nada) no tiene vida. Hay, eso sí,
un limonero con un banco circular que lo rodea como los anillos de Saturno y
que en verano se llena de azahares.
Mi patio, como todos los patios de la
infancia, era enorme, cada baldosa medía una eternidad. Hoy son tan chicas que
puedo cruzar el patio en cuatro zancadas, pero entonces eran gigantes y eran
(son) setenta. “Setenta baldosas y ninguna flor” decía Susi, sin que yo supiera
qué quería decir, pero era cierto, no había ninguna flor, y no hay.
Susi venía todos los años a pasar los
meses de verano con sus tíos. Venía de Capital –creo- donde vivía con la madre.
Susi era el verano, así, pienso el verano
como algo que sucedió en la infancia. Las lluvias continuas, los soles a
muerte. Vivimos muchas cosas juntos, bañábamos su gato o andábamos en bicicleta
por mi patio, alrededor del limonero. Compartíamos figuritas y caramelos. La noche
nos encontraba siempre en el patio, jugando a la payana o cualquier otra cosa,
hasta que mamá gritaba: “Cada perro a su
cucha” que era su forma de decirle a Susi que era tarde y a mí que íbamos a
cenar.
Esa era mi vida (nuestra vida) en los
veranos, una monotonía que iba a romperse como un vidrio veinte años atrás, el
verano aquel que clausuró definitivamente nuestra infancia.
Ese año yo había cumplido los doce y Susi
andaría cerca. La edad se nos hacía notar de maneras diferentes: una incipiente
sombra anunciaba mi bigote, un primer corpiño le marcaba la blusa. No pudimos
darnos cuenta de que la infancia terminaría pronto, como no supimos que nuestra
amistad terminaría. Ese fue el último verano, porque Susi ya no volvió y, no me
acuerdo cuándo se mudaron sus tíos. Desde entonces están los González.
La novedad de ese año eran los walkman. Se
pasaba el día con eso en las orejas escuchando un casette de Virus o Zas. Lo
único que yo tenía para mostrarle era un reloj que me habían regalado para mi
cumpleaños y que ella bautizó “la montre”, porque la otra novedad de ese verano
era el francés. No sólo era mi reloj, llamaba a cada cosa con nombres en
francés, como si quisiera fijar de esa manera el vocabulario que iba
incorporando. Y yo veía las cosas que ella nombraba como más ajenas, más
extranjeras, nuevas.
Ese año yo había pegado un estirón y tuve
que bajarle el asiento a mi bici para que llegara a los pedales. Estábamos
cambiando, mamá y papá lo decían. Aunque yo no me daba cuenta de esas cosas,
como cuando papá dijo: “Se está criando la mocosa”, yo la veía igual que
siempre, no entendía a qué se referían. Pero estábamos cambiando.
Todo era en realidad distinto, nosotros
mismos. Me gustaba estar con Susi y recién después de años lo descubría, y me
descubría buscando su compañía y huyendo sus ojos. No supe que me gustaba hasta
que escribí su nombre en mi cuaderno. Lo taché con furia, como si hubiera
descubierto algo vergonzante.
Otra vez lo escribí en el patio. Estaba
solo, mirando una rayuela que Susi había dibujado en las baldosas esa mañana,
casi por costumbre porque ya no jugábamos a nada. Apenas hablábamos sentados en
el banco circular. Bah, ella hablaba, me contaba cosas de la ciudad y confieso
que alguna vez el nombre de un primo me llenó de celos, o de esa cosa en el
estómago que yo aún no sabía que tuviera nombre. Esa tarde, solo en el patio
escribí su nombre con la tiza que había olvidado, entonces vi sus patitas
flacas. “Flaca como una araña” pensé, y sentí la cara roja y las manos húmedas.
Entonces escribí “tonta”, “Susi tonta”, y ella fingió enojarse, borró lo
escrito con la mano y empezó a correrme para marcarme la mano en la remera. Me alcanzó contra la
puerta de la cocina, yo me di vuelta y sentí su mano en el pecho. Nos miramos
con miedo y ella debe haber sentido que el corazón me estallaba porque sacó la
mano. Sostuvimos la mirada apenas un segundo más y ella corrió y se la tragó la
pared, la ventana, la hiedra.
Esa noche mamá y papá la invitaron a
cenar. Yo seguía alterado como si la mano de tiza siguiera apretándome el
pecho. No hablé una palabra. Mamá y papá rellenaron el silencio, yo los oía
hablar y la miraba a Susi, pero ella estaba muy ocupada contando cómo le iba en
la escuela, qué hacía en Buenos Aires, de qué trabajaba su mamá.
Cuando la acompañó hasta la puerta, papá
se quedó hablando con Susi. Yo vi que ella se puso colorada, era seguro que le
dijo algo de mí, tal vez le preguntó si éramos novios.
En esos días escribí su nombre muchas
veces. No sabía por qué no debía hablarle, la espiaba entre la hiedra mientras
ella, sentada en la hamaca que colgaba del brazo más robusto del gomero,
estudiaba los verbos en francés.
“Je t’aime”, había aprendido eso y lo
decía a media voz, solo en mi cuarto o cuando la espiaba en la hamaca
concentrada en su libro.
Dos días repitiéndolo hasta que al fin,
con mano temblorosa lo escribí en un papel que recorté con forma de corazón.
Vacié la caja de fósforos Patito donde guardaba mis bolitas y puse el corazón
adentro. Después escribí la nota. La nota decía “Tengo que contarte un secreto”
y no sé con qué palabras, la invitaba a vernos a las dos en el galponcito.
A la tarde, cuando dejó la hamaca y se fue
del jardín clausurando el día, crucé por la ventana y con un broche de la ropa dejé la nota en la
hamaca, seguro de que al día siguiente la vería.
Esa noche no pude dormir, pensaba en ella,
la imaginaba preguntándome “¿Y, el secreto?”. Y yo miraba sus ojos sin animarme
a decirle. Se me ocurrió también que podía encontrar la nota antes de tiempo,
que podía confundir la hora y salir de noche, así que estuve hasta las dos
vigilando la hamaca, el galponcito, su ventana. Tenía miedo de que encontrara
la caja de fósforos, pero de cualquier forma, no la hubiera encontrado. Yo
había puesto la caja de fósforos donde está ahora, veinte años después, en el
estante del fondo, entre las latas de pintura.
No sé qué habré hecho yo ese día, cosas de
chico, pero me castigaron, era una tragedia que no me dejaran salir de la
pieza.
Mamá me había cerrado los postigos para
que durmiera, un hilo de sol se filtraba por las juntas, en esa penumbra medí
las horas con el corazón en la garganta. Las siestas de la infancia son
terribles, las horas son infinitamente lentas. A las dos decidí salir. Papá no
me vio, no estaba en el comedor ni en la cocina, “seguro que habrá salido”,
pensé. Y sin embargo, cuando estaba en el comedor me pareció sentir la puerta
del patio. Pensé que tal vez papá se hubiera sentado a fumar en el banco bajo
el limonero como hacía a veces. Me asomé por la ventana de la cocina, no había
nadie.
Cuando salí al patio el sol me pegó en la
cara y tuve que cerrar los ojos. De pronto el corazón me daba tumbos. Pensé que
Susi ya estaría en el galponcito. “Es ahora o nunca” me dije, y corrí hasta el
fondo. Pero no entré, quería saber si Susi había acudido a la cita, parándome
sobre una maceta me asomé a la ventana.
Susi estaba de espaldas sobre el piso, con
el cuerpo apretado contra las baldosas frescas. Veinte años después sigo viendo
sus rulos dibujados sobre las baldosas, la blusa abierta, el bretel de ese
corpiño (el primero), los ojos asustados, suplicantes, la mano de papá
tapándole la boca.
domingo, 9 de noviembre de 2014
LA MÁQUINA DEL TIEMPO
El profesor Nicolaus Lupescu inventó,
basado en tradiciones literarias más que científicas, una máquina del tiempo.
Este singular aparato no tenía ni una sola
de las tantas lucecitas que el cine le atribuye, era más bien un sillón poco
cómodo con posabrazos de madera arañada y nadie sabe a ciencia cierta en qué
modo funcionaba.
Del cuaderno de bitácora de su navegación
por el tiempo puede deducirse que el experimento, si bien no fue fallido,
tampoco llegó a ser interesante. Parece que a Lupescu le resultó imposible
hacer que la máquina se moviera más de cinco minutos hacia atrás o hacia
delante. Con lo cual sus viajes lo dejaban más o menos en el mismo sitio aunque
con la barba imperceptiblemente más corta o más crecida.
Devoto del método científico, Lupescu
anotaba al milímetro la posición del sol en las baldosas, el mínimo cambio de
temperatura y un sinfín de naderías, todas registradas en su cuaderno.
El entusiasmo de Lupescu no pudo ser
enfriado por la gélida recepción que la comunidad científica dispensó a su
invento. Y si bien no consta evidencia alguna entre sus apuntes, es dable
sospechar que la máquina haya avanzado a coordenadas de tiempo algo más
distantes, ya que un buen día el viejo desapareció sin dejar rastro.
De esta aventura científica sólo se
conserva el sillón donde su esposa teje mañanitas y el mencionado cuaderno
donde sus nietos registran hoy elefantes, mariposas y casitas con chimeneas.
La humanidad entera, privada de un avance
tan notorio, sigue utilizando para tales viajes el método antiguo, a saber: la
novela histórica y la de ciencia futurista.
domingo, 2 de noviembre de 2014
EL JUEGO
El
juego se llamaba Encontrar al Abuelo, pero debía de haberse llamado Perder al
Abuelo, porque en realidad esa era la esencia del juego y toda su gracia.
Todo
arrancó sin querer, un día que el viejo se fue hasta el club a jugar a las
bochas y anduvo dos días perdido. La búsqueda nos tuvo entretenidos a todos. Mi
hermana y yo nos turnábamos para hacer guardia junto al teléfono, el tío Quique
recorría las comisarías, mamá los hospitales (a mamá siempre le gustaron los
hospitales), papá iba a los bares (a papá... bueno, se entiende), hasta la
abuela colaboraba, iba de casa en casa preguntando a los vecinos si lo habían
visto.
Al final
apareció solo, nunca supimos dónde anduvo. Esa vez la vuelta fue festejada a lo
grande. Me acuerdo que armamos mesas con caballetes en la vereda y los vecinos
de toda la cuadra vinieron al asado que preparó papá.
Pero eso no
es lo más importante, la desaparición del abuelo fue como un lazo, unió a la
familia, nos sentíamos todos más cercanos (me acuerdo que en esos días papá no
nos pegaba tanto). Supimos entonces que la vuelta del viejo atentaba contra la
unión familiar.
Recuerdo
que un día, mientras Mirta y yo nos peleábamos por una pavada, papá le dijo al abuelo:
Usted tendría que irse más seguido, no sabe lo bién que se portaban estos dos.
Ahí fue cuando al tío Quique se le prendió la lamparita. Esa noche, cuando el
abuelo ya se había ido a dormir, nos reunió a todos en el comedor y nos dijo:
Tengo una idea ¿qué tal si lo perdemos al viejo? A mamá se le iluminó la cara,
bah, yo me acuerdo de mamá porque la tenía enfrente, pero supongo que a todos
nos deben de haber brillado los ojos, porque, admitámoslo, la idea era genial.
Así nació el juego.
Fue también
tío Quique quien le puso nombre al juego, y al principio estaba bien porque
creíamos que la diversión estaba en buscar al abuelo, pero enseguida vimos que
no era así.
La primera
época del juego fue bastante aburrida, consistía en dejar al viejo en cualquier
barrio de la ciudad sin un cobre para el viaje, el resto de la familia salía a
buscarlo. Nunca lo encontramos, el viejo siempre llegaba antes de que demos con
él, casi siempre lo traía algún vecino comedido que lo encontraba por ahí.
Entonces pensamos en llevarlo a algún lugar donde no se corriera el riesgo de
encontrar un conocido. Así fue como el juego cruzó los límites de la ciudad.
Un día papá
entró a casa y nos dijo: Familia, todo arreglado, hablé con Don Manolo y me
presta la chatita, mañana me llevo al viejo. Me acuerdo que saltábamos de
alegría, mamá preparó unos sánguches de milanesa y al otro día bien tempranito lo ayudamos a cargar al
abuelo en la caja de la camioneta, y allá salió papá con rumbo desconocido.
Dos meses
tardó en venir el abuelo, dos meses en que, la verdad, no hicimos mucho por
encontrarlo, aunque todos disimulábamos. Papá se iba a los bares y volvía, si
no con el viejo al menos con flor de mamúa, el tío Quique decía que se iba a
buscarlo, pero en realidad se encerraba
a tomar mate en la piecita del fondo. La verdad, buscarlo ya no nos
motivaba, ahí descubrimos que la gracia estaba en perderlo, así, cuando volvió,
dos meses después, nos peleábamos por ver quién era el próximo en llevarse al
abuelo.
Como papá y tío Quique eran los únicos que
manejaban, el resto se quedaba sin viaje, así que empezamos a ir de a dos. Los
viajes se hacían cada vez más largos, y así y todo el viejo siempre volvía, la
verdad, esto empezó a fastidiarnos, empezamos a ver su vuelta como una prueba
de nuestra ineficacia para perderlo. Fue así como un día, al verlo entrar, nos
miramos todos a los ojos y sin decir nada comprendimos, esta vez había que
perderlo. No esperamos al otro día, papá salió inmediatamente a buscar la
chatita y sin darle al viejo tiempo de comer nada (siempre venía en muy malas
condiciones) nos pusimos todos en marcha.
Tres días duró el viaje, cruzamos a
Uruguay, después a Brasil y ahí sí, entre gente extraña, idioma extraño, lo
largamos, muerto de hambre y sin un peso. Que vuelva ahora si es tan gato, dijo
mamá, y nos volvimos. Pasó el tiempo y nada, ni una noticia del viejo, nunca
volvimos a saber de él. Y lo que al principio fue la alegría del triunfo, con
el tiempo volvió a ser aburrimiento,
Mirta lloraba y preguntaba continuamente ¿cuándo viene el abuelo?, papá se
perdía por los bares y volvía borracho, como siempre, pero más triste, el tío
Quique ya no salía de la piecita del fondo. Entonces nos dimos cuenta de que
sin el abuelo no era lo mismo. Un día yo dije ¿y si lo vamos a buscar? Por un
momento todos estuvieron de acuerdo, pero después nos acordamos que Don Monolo
ya no nos prestaba la chatita (papá se la había fundido en el último viaje).
Hay que admitirlo, dijo papá, se terminó.
Y entonces el tío Quique, que siempre fue una luz, dijo: Oigan ¿y si
perdemos a la abuela?, y a mamá se le iluminaron los ojos, o me pareció a mí.
domingo, 26 de octubre de 2014
LA TAZA
El que le
vendió la taza aseguraba que en ella podía uno ver su propia muerte.
Sin
embargo, cuando sirvió el café, o mejor dicho, cuando el humo hubo menguado
como para permitirle ver, sólo encontró su rostro.
- Me engañaron- dijo con la voz aun asomada a la
taza. Fue lo último que dijo.
Quién sabe
si alcanzó a verse con la muerte puesta en ese largo segundo entre el disparo a
sus espaldas y el rostro golpeando en el café.
domingo, 12 de octubre de 2014
TRES POR EL PRECIO DE UNO!!!
EL EXORCISTA
Manuel Delgado vivió en muchas casas y,
sobre todo, en departamentos, lo que le dio oportunidad de conocer mucha gente,
hasta donde la timidez permite conocerla porque (hay que aclararlo) las más de
las veces la relación con los vecinos no pasaba del saludo. Lo que, por otra
parte, no le molestaba, ya que si había algo que no le importaba era la vida de
la gente. No era nada curioso y, además, sostenía que cada cual era libre de
hacer “de su culo un pito”.
Por eso, al mudarse, no le molestó que su
vecino fuera exorcista, ni le molestó que el pasillo de su piso estuviera
siempre lleno de gente haciendo cola para su tratamiento, ni que estos
tratamientos consistieran en sesiones de gritos y músicas extrañas que le interferían
la audición de Mozart, que era en aquella época su único pasatiempo.
Pero lo que sí no toleró fue que esa
libertad que le dejaba a su vecino en sus asuntos se prolongara por las noches
interrumpiéndole el sueño.
Cinco noches pasó escuchando al exorcista
gritar en una lengua incomprensible –que suponía eclesiástica- hasta que una
noche en que tanto “vade retro” lo había desvelado, se le ocurrió golpear a la
puerta de su vecino, donde podía leerse:
DOMINGO VAZZINI
–Médico espiritual-
–Médico espiritual-
El hombre abrió y a Manuel le extrañó que
su vecino (un hombre alto y algo obeso) estuviera en piyama.
-¿Sí? –dijo.
-No puedo dormir.
-Pase –le dijo el otro, y
agregó-: El demonio del insomnio es uno de los peores.
Manuel miró a todos lados y halló el
departamento vacío.
-Pensé que estaba con gente.
-No, no; atendía por
teléfono. Usted sabe, ya no se puede salir a estas horas con la inseguridad que
hay. Las urgencias nocturnas las hago por teléfono.
Cuando el “médico” volvió a insistir con
el demonio, Manuel explicó que no estaba poseído.
-¿Cómo lo sabe? –dijo el
otro.
Manuel lo miró y no supo qué decir.
-Ya sé, ya sé, me dirá que
usted no gira la cabeza 360 grados ni tiene el don de lenguas ni... Eso sólo
pasa en las películas. Yo le diré si está usted endemoniado. Dígame ¿su vida es
un desastre?
Débil de carácter como era, Manuel olvidó
que lo que le quitaba el sueño era, justamente, el barullo de su vecino y
respondió bajando la cabeza.
-Ajá, ya veo –dijo el
médico-. Cuénteme ¿ya ha pensado en suicidarse?
Manuel, asombrado, contestó que no.
-Bien, estamos a tiempo, como
me lo imaginaba. El insomnio es apenas el primer síntoma. Aún podemos
expulsarlo.
Y sin pérdida de tiempo pasó a ofrecerle a
Manuel la variedad de sus servicios. El exorcismo clásico, en latín
subtitulado, con doble esperjado de agua bendita y abundante incienso. El
jamaiquino, con máscara ritual y tutú de paja, donde el exorcista le bailaba
alrededor hasta caer en éxtasis, momento en el cual –explicó- el demonio lo
abandonaría para entrar en él (no explicó qué haría luego con el demonio). El
criollo, que expulsaba al demonio con una purga para caballos mientras el
celebrante, de pie sobre el bidet, recitaba décimas gauchas. Y por último le
ofreció una sesión combinada de los tres anteriores más un Valium sin cargo.
Manuel, al imaginar al hombre en tutú
jamaiquino, bailándole y recitándole décimas gauchas, intercalando ahijunas y
vaderetros, y salpicándolo de agua bendita mientras él se aferraba al inodoro,
tuvo de pronto una visión de lo que sería el infierno y, ya dispuesto a dar su
negativa, se vio impedido por el “médico” que, sin dejarlo hablar, le dijo:
-Le conviene contratar
seguro.
-¿Seguro?
-Sí, contrate exorcismo más
resurrección.
-¿Es que me va a matar?
-El diablo es astuto. Con tal
de llevarse su alma antes de que yo logre expulsarlo, es capaz de acabar con
usted. Por eso le conviene contratar resurrección. Siempre y cuando, claro,
usted quiera volver –Manuel entendía cada vez menos-. Porque si no puede
contratar reencarnación. Tiene cinco posibilidades: cuadrúpedos, aves, insectos
(no le conviene), peces o plantas.
El “médico” miró a Manuel que oscilaba
entre el asombro y la duda y, ayudándolo, dijo:
-Cuadrúpedo está en promoción
todo este mes.
Cuando el “médico” pasaba a explicar el
costo del tratamiento y las modalidades de pago, Manuel, que había vuelto a
tener una visión del “médico” en tutú, ahora junto a una planta que era él,
salió corriendo.
Al día siguiente había conseguido un
departamento en otro edificio, en un piso sin vecinos y, si bien logró dormir
todas las noches, no por eso le fueron bien las cosas.
Una semana después lo echaron de su
trabajo. La angustia por la incertidumbre de su situación económica le agrió el
carácter haciendo que el noviazgo que había iniciado a poco de mudarse se
rompiera de forma abrupta y escandalosa. Ella lo acusó de ese fin y le echó en
cara crueldades que él no estaba seguro de haber cometido. Finalmente lo
despidió con palabras crueles:
-¡Andá a cagar!
No
fue hasta dos días de pasear su angustia por los bares que, ebrio y desolado,
resolvió quitarse la vida.
Pero, indeciso como era, consultó un
“Manual para suicidas” que encontró en la Biblioteca Pública.
Luego de hojear con escalofrío las variantes del fin que se disponía a
acometer, dio con la solución a su problema: En la página 115 se mencionaba el
caso de un señor holandés que se había ido de este mundo a causa de una
sobredosis de laxantes, y, si bien se hacía notar que tal vez fue un involuntario
error de dosificación, el libro no dejaba de recomendarlo como método.
Recién entonces recordó Manuel a su
vecino, el “médico espiritual” y repasando los últimos sucesos de su vida
terminó por darle la razón al diagnóstico y decidió pedirle ayuda.
Dudaba aún en entrar al edificio cuando,
por la vereda de enfrente, vio pasar a la que fuera su novia del brazo de otro
hombre. Humillado hasta los huesos, Manuel Delgado tocó el timbre con
desesperación.
-¿Quién es? –contestó una voz
irritada.
-Quiero el criollo –dijo
Manuel-, y sin seguro.
CANCION DE NAVIDAD
Manuel Delgado tuvo una
navidad la infeliz ocurrencia de vestirse de Papá Noel. No es que tuviera
hijos, sobrinos o vecinos en edad de engañar con este tipo de artificios, ni
que le hubieran contratado (como suele suceder en estas fechas) para sonar la
campana en la puerta de alguna juguetería. No, fue por propia iniciativa y sin
fin preciso que alquiló el disfraz rojo y blanco que incluía una barba y una
peluca enrulada, blancas, como complemento. Y fue por esa falta de un fin a la
vista que una vez vestido frente al espejo, no supo qué hacer con tal disfraz.
Se miró largo rato, acomodó la almohada
que le abultaba el vientre y movió una de las pobladas cejas que había hecho
con algodón ya que el disfraz no las incluía.
Del desconcierto pasó Manuel a la
identificación. Se vio tan bien con aquel traje que dejó incluso de sentirse él
mismo y creyó realmente que era el viejo del trineo. Fue entonces cuando
descubrió lo molesto de su falta de ocupación y se decidió a remediarlo dándole
utilidad a aquellas fachas. Esa navidad sería Papá Noel.
Descartó para comenzar todo ese tema del
trineo y los renos por parecerle accesorio y sobre todo, difíciles de conseguir
en una ciudad balnearia y en pleno verano. Por lo que pensó que su vieja
bicicleta no dejaba de ser un vehículo decente y si se tiene en cuenta el color
(roja y blanca) incluso acorde. También desistió de la mentada costumbre de
entrar por las chimeneas ya que siempre la había considerado impracticable y
además no había en la ciudad ni un 10 por ciento de casas que contaran con una.
En realidad estos preparativos los hizo Manuel
en Julio, lo que le dio unos cuantos meses de ventaja para resolver el tema
principal a saber: obtener los juguetes que regalaría a los niños pasadas las
cero horas del día veinticinco.
No contando con medios para
proporcionárselos, se decidió por la vía más económica del robo. Tomaba un
juguete en cada lugar que visitaba e incluso le robaba a los niños descuidados
en las plazas. Pero la fecha decisiva se acercaba y Manuel apenas había llenado
cuatro bolsas de consorcio con lo que –pensaba- no llegaría a recorrer dos
calles, y teniendo como plan regalar juguetes en toda la ciudad (porque el
mundo le pareció mucho para una primera vez) se dispuso a redoblar sus
esfuerzos.
Y redoblarlos significó ponerse el traje
por anticipado. De esa forma no tendría que esconder un pequeño juguete en el
bolsillo sino que podía robar cuanto quisiera e ir engrosando el vientre
desprovisto aún de la almohada. Así esta versión flaca de Papá Noel iba
engordando de juguetería en juguetería para adelgazarse de noche en su casa y
comenzar al día siguiente esta dieta de plástico y peluche.
Pero los empleados de las jugueterías no
tardaron en darse cuenta de las actividades del Papá Noel supuesto y no es que
hubiera llamado la atención por su manera inhábil de agenciarse los juguetes
como que su apariencia por demás desusada a esas alturas del año lo ponía en
evidencia, sino de latrocinio, al menos de algo raro. Cada vez que entraba en
un negocio tenía todos los ojos puestos en él y en más de una oportunidad hubo
de salir corriendo dejando tras de sí un delator reguero de autitos y muñecas.
De ser más astuto hubiera buscado otra
forma de conseguir los juguetes, pero Manuel no veía más allá de sus narices y
su barba postiza. Así cuando llegó la navidad era ya el hombre más buscado por
la policía y poblaba las tapas de los diarios en un identikit que a decir
verdad aportaba más bien poco. Había pasado las últimas semanas recluido en su
casa y recién el veinticuatro asomó a la calle. Esperó la caída del sol y puso
en marcha la bicicleta. En la primera casa donde tocó timbre fue bien recibido.
Los chicos, que no estaban aún acostados, se le colgaban de los pantalones y le
daban besos en la barba. Así se lo recibió varias veces, en algunas casas le
convidaron con sidra o le envolvían paquetes con nueces y turrones. Pero no
todos los vecinos de la ciudad eran tan desprevenidos: algunos leían los
diarios y pasó que en una casa donde Manuel se puso a discutir con un niño que
reclamaba la pelota que había pedido en su carta, alguien sospechó del generoso
falso anciano y, preventivamente, llamó a la policía.
Cuando las sirenas se anunciaron en el
barrio Manuel soltó al niño que tenía ya de las solapas mientras le gritaba
“Mocoso angurriento” y emprendió la fuga. A las pocas cuadras se le salió la
cadena y no queriendo perder tiempo continuó a pie su desesperada carrera,
mientras de la bolsa iba sacando juguetes que arrojaba en los jardines de las
casas. Al doblar una esquina descubrió a un hombre vestido como él que apoyado
en la pared e inclinado sobre sus rodillas tomaba aire. Estaba agitado y Manuel
comprendió que también lo corrían.
-Sáquese el disfraz –dijo Manuel-,
así lo reconocerá cualquiera.
-No es un disfraz –dijo el
otro.
-Que tonto soy –agregó
Manuel.
-Es típico de aficionados.
La urgencia de una sirena no dejó lugar
para seguir con la enigmática charla. Los dos ancianos (el verdadero y el
falso) corrieron juntos un par de cuadras.
-Cada uno por su lado
–gritó Manuel-. Tal vez uno de los dos pueda salvarse.
Corrieron en direcciones opuestas y luego de tres cuadras, a la luz de un farol, encontró Manuel un agente que ya se estaba llevando el silbato a los labios. Más allá la avenida se abría como un río. “Aún quedan muchas calles para escapar”, pensó. Y aferrándose a la bolsa agregó: “Aún quedan muchas casas por recorrer”.
SOBRE LA CAIDA
DEL CABELLO
A Manuel Delgado se le quedaron una mañana
varios pelos enredados en el peine. Pensó entonces en su amigo Luís que unos
días atrás le había recomendado un tónico para el cabello y quiso recordar el
nombre, pero no pudo.
La coincidencia de estos dos hechos (la
caída del pelo y el olvido farmacéutico) llevó a Manuel a elaborar una de sus
teorías. Esta decía que los recuerdos se llevan en la cabeza pero no -como todo
el mundo cree- del lado de adentro, sino por fuera. Y que se almacenan,
justamente, en el cabello.
Tras enunciar mentalmente el disparate,
Manuel contó los pelos que habían quedado atrapados en el peine y comprobó que
eran cuatro. Lo que le indujo a pensar que además del nombre del tónico, había
otras tres cosas que ya no lograría recordar.
Acometió la absurda empresa de revisar sus
recuerdos pero, tras repasar la lista de cumpleaños de sus padres, amigos y
conocidos, y el nombre completo de sus amores imposibles, cayó en la cuenta que
la suma de saberes adquiridos era también parte de su memoria y repasarlos le
representaría un trabajo no tanto arduo como inútil, ya que nunca se daría
cuenta si algo le faltaba porque no tendría ocasión de recordarlo. La
preocupación de Manuel fue en el terreno del conocimiento más grande que en el
de la onomástica ya que le deba gran importancia a su condición de persona
instruida. Y por alguna razón, de lo que había estudiado, lo que más aprensión
tenía de perder eran sus nociones de geografía. Tal era el miedo que se dijo que
lo primero que debía hacer era llamar a Luís, pero no pudo recordar el
teléfono, y eso en vez de inquietarlo, lo tranquilizó. “Uno menos”, pensó y se
convenció de que los dos pelos restantes guardarían sin duda otros tantos
recuerdos superfluos e imaginó que seguramente eran estos recuerdos los que se
caían primero, ya que por ser tan poco importantes (¿quién compararía el
teléfono de Luís con los nombres de cada una de las islas de la Polinesia?) se
almacenaban en los cabellos más débiles. De todas formas decidió comprar el
tónico (el que le recomendara Luis u
otro, ya el farmacéutico sabría de alguno).
Cuando al día siguiente Manuel quiso llegar
hasta la farmacia se dio cuenta de que había errado el camino y tras andar unos
quince minutos se dijo que así no llegaría nunca a un local que, por cierto,
estaba a la vuelta de su casa. Como pudo desanduvo las calles recorridas y
recomenzó el trayecto. Cinco veces intentó llegar a la farmacia y cinco veces
se perdió. Eto le causó cierta consternación ya que se dio cuenta de que la
farmacia no era tan superflua como un número telefónico, y volvió a temer por
sus nociones de geografía. Para tranquilizarse repasó mentalmente los nombres
de los 1827 fiordos de Noruega y al ver que todos estaban ahí, respiró aliviado.
Luego le pidió encarecidamente a un transeúnte que lo guiara hasta una
farmacia. El hombre lo miró con cara de pocos amigos, pero ante los ruegos de
Manuel lo tomó del brazo y lo introdujo en el local que tenían frente a sus
narices.
Manuel entró con la emoción del viajero que
ha vuelto al hogar y le agradeció al hombre con un abrazo lleno de moco y
lágrimas del que este logró zafarse para salir corriendo.
Cuando el empleado lo atendió se vio algo
confundido por el pedido de Manuel:
-Necesito algo
para el pelo, porque ando muy mal de la memoria.
De todas maneras el empleado le vendió el
tónico y Manuel, que se había hecho no sólo recomendar sino incluso jurar la
efectividad del producto, se encaminó a la puerta abrazando la botella. Pero,
antes de salir, sintió la duda mordiéndole la espalda. Pensó que tal vez no
sabría llegar hasta su casa y, sin perder tiempo, destapó el envase y se volcó
la mitad del contenido en la cabeza. Más tranquilo, pudo por fin volver a su
casa.
Desde aquel día, cada mañana Manuel se daba
un vigoroso masaje en el pelo empapado de tónico mientras repasaba los volcanes
de los Andes o los ríos de España. Dejó de peinarse por un sentimiento
supersticioso que le impedía ver los avances del tratamiento antes de terminar
el frasco. Así es que se iba a la oficina con el pelo mojado de esa loción que
con el correr de las horas iba volviéndose una costra gris repulsiva. La gente
en la calle y los compañeros en la oficina empezaron a alejarse de él a causa
del olor del tónico y sobre todo de las moscas que, atraídas por ese mismo
olor, revoloteaban todo el día en los alrededores de Manuel como satélites de
su cabeza.
Pasadas dos semanas, Manuel terminó el
frasco y con él el tratamiento. Lleno de incertidumbre, se paró frente al
espejo y se peinó con los ojos cerrados y conteniendo la respiración. Dos
minutos después comenzó a abrirse al mundo. La boca primero para que el aire
entrara en cantidad. Los ojos después. Miró el peine, lo acercó a la luz, lo
examinó con lupa. No había un sólo pelo en ese pedazo de plástico dentado, ni
en la pileta ni en sus hombros. Manuel lloró unas lágrimas tibias que le
alcanzaron la boca. Chupó las lágrimas, sorbió los mocos y sonrió frente al
espejo. Le había ganado la batalla al olvido.
No fue sino hasta una semana después que
Manuel empezó a notar los efectos contrarios del tónico. Al parecer, tanta
loción no sólo le devolvió los recuerdos perdidos y con ellos los pelos, sino
que le hizo crecer el cabello de una forma desmedida. Manuel se apartaba a cada rato el pelo de la cara,
se rascaba la barba que, como continuación natural del cabello, le crecía de
tal forma que se veía obligado a afeitarse unas cinco veces al día.
Este fenómeno piloso le hizo pensar a Manuel
que cada uno de esos pelos nuevos representaba nuevos recuerdos. Y así,
examinándose la memoria, dio con cosas que tenía olvidadas (y que atribuyó a
los pelos-recuerdos que había perdido y recuperado) y con otras de las que no
tenía la menor idea. Recordó cumpleaños en los que no había participado y
viajes que nunca había hecho. Recordó mujeres que nunca había conocido amándolo
con una disposición que el sexo femenino jamás había tenido con él. Y
finalmente, con horror, recordó canalladas que él, Manuel delgado, se sabía a
salvo de cometer. Estos últimos pensamientos empezaron a amargarle el carácter,
se veía perseguido por los recuerdos de alguien que no era él, y sentía el alma
sucia y sin sosiego al punto de no poder conciliar el sueño por las noches.
Una de esas noches de insomnio, mirando el
techo vio algo, un crimen tal vez, que lo enloqueció por completo. Esa noche
salió a la calle dando alaridos y se perdió para siempre. Nadie, ni en la
oficina ni en el barrio, volvió a saber nada de él. Alguien comentó que había
creído reconocerlo en una estación de trenes. Estaba hecho un pordiosero y
hablaba solo a la vez que se arrancaba los pelos a mechones. Pero nadie pudo
creer que se tratara de Manuel Delgado.
domingo, 28 de septiembre de 2014
DE LAS REVOLUCIONES DE LAS ESFERAS CELESTES
Cierta vez la relojería celeste falló. Se
saltó un engranaje o vaya uno a saber qué y de pronto un día el sol no salió.
En vano lo esperaron por occidente y, los que descreen de las brújulas, por
otros lados. No salió. Cuando a la siete de la tarde, la humanidad, que se da
por vencida fácilmente, se había ya resignado a vivir en tinieblas,
milagrosamente empezó a clarear.
Consultado al respecto, el Colegio Suizo
de Relojeros explicó que arreglar la máquina celeste era un trabajo arduo y
costoso y que más valía adelantar los relojes doce horas y seguir como si nada.
Así se salvó la situación y todos
olvidaron aquel día equívoco. O casi todos. Los porfiados se negaron a cambiar
la hora de sus relojes y siguieron viviendo
a la antigua. Hoy casi todos han conseguido trabajos de sereno y cuando
veranean abarrotan las playas por las noches, usan lentes oscuros y se ponen
bronceador, por las dudas.
domingo, 21 de septiembre de 2014
PENELOPE
Cuando mamá dijo “Me voy” papá apenas levantó la vista del tejido. Yo pensé que iba a decir algo, pero no, la miró apenas. Mamá estaba como petrificada, observándolo con furia, casi masticándolo con los ojos. Por fin entendió que papá no iba a decir nada y empezó a girar en sentido contrario al mundo, es decir, se fue.
Papá la miró irse, yo creí que iba a llorar, pero ese día parecía empeñado en contrariar mis previsiones, ni lloró ni dijo nada, miró un momento la puerta por donde se había ido mamá y volvió la vista al tejido.
Tejer, creo que no lo vi hacer otra cosa en las semanas siguientes. La casa se fue llenando de bufandas, todas en la gama del gris o en colores terrosos, yo me di cuenta de que papá estaba triste. Antes de que mamá se fuera, él tejía siempre en colores vivos. Las bufandas de antes, con sus franjas interminables en rojo, amarillo, naranja o verde, desaparecieron de la casa. Nunca supe a quién se las regaló –si es que las regaló a alguien -, tal vez las tiró a la basura, quién sabe. Pero desde que mamá se fue la casa se oscureció. Papá tejía incontables carpetas que almidonaba y ponía bajo las lámparas, los ceniceros y el teléfono.
El también se volvió un poco gris. Cuando no estaba tejiendo se paseaba por la casa como una sombra, acariciaba al pasar alguna carpeta, acomodaba las pilas de bufandas sobre el sofá del living; ya no cantaba.
Porque papá cantaba muy bien, “Parece una calandria” decía tía Irene, pero mamá se había llevado todos los discos y él era muy tímido, nunca hubiera cantado solo. En casa no había radio y la televisión se prendía a la tarde, cuando papá miraba la novela.
La casa sólo dejaba de estar gris por la mañana, cuando un desfile de mujeres -vecinas comedidas y amigas de mamá- entraba y salía llenando la cocina con los colores chillones de sus delantales, afanándose en ayudar con la comida, lavar los platos o la ropa.
Papá no entendía tanto alboroto sin sentido, él siempre se había ocupado de la casa, incluso estando mamá. Se sintió invadido por el enjambre de delantales y se refugió en el living, ahí se pasaba el día tejiendo.
La tía y las vecinas le traían lana, yo empecé a entender que se lo disputaban.
“Qué buen hombre es tu padre- decía tía Irene- Tu madre no sabe lo que ha hecho”.
La tía se pasaba el día en casa, pero papá no le prestaba atención, era como si al irse mamá algo se hubiera ido con ella. Además, tanta presencia femenina lo enervaba, no precisaba una mujer, la precisaba a mamá.
Las vecinas tardaron en entenderlo, por eso estuvieron tanto tiempo mortificándolo con esa invasión a su timidez. El apenas les dirigía la palabra, se refugiaba en su soledad pudorosa, en el living, en el tejido y la novela.
Cuando las mujeres entendieron como venía la mano desaparecieron. Habían venido de a una, invadiendo la casa de a poco, como esas mariposas solitarias que aparecen con los primeros calores, y luego se habían vuelto un bloque, un enjambre de colores que zumbaba por toda la casa y en la cocina sobre todo. Yo esperaba un éxodo igual, de a una por vez, pero se fueron juntas, como si hubieran acordado hacerlo de esa forma. Tal vez el gesto de camaradería les hacía más soportable la derrota.
Recuerdo que cuando se fueron, yo seguía viendo sus delantales chillones por toda la casa, como esas manchas que nos hace ver el sol. Pero con el tiempo los ojos se me fueron acostumbrando y entonces me di cuenta de lo gris que se había vuelto la casa.
La única que se quedó fue tía Irene. Tuvo un cambio de actitud muy grande, parecía ignorar el desdén de papá y aprovechó la huida de las otras para tomar posesión de la casa, tal vez sentía que de esa forma ocupaba el lugar de mamá, tal vez pensó que así se ganaría a papá. Pero era un gran error, mamá nunca se ocupó de la casa, eso le tocaba a papá.
Pero la tía estaba decidida y no pudiendo arrancarlo del mutismo lo arrancó del tejido como un primer paso para alejarlo de mamá y de la espera. Con la excusa de una repentina alergia a la lana hizo desaparecer todas las bufandas, quitó todas las carpetas de sobre los muebles y, en un acto de crueldad innecesaria, le dobló en dos las agujas de aluminio. Creo que se arrepintió en el acto, en los ojos de papá brilló el odio. Desde ese momento papá se encerró en su mutismo. Es cierto que antes tampoco le hablaba, pero ahora era distinto, ahora había un silencio cargado de hostilidad.
La casa no dejó de ser gris por faltarle las bufandas, y encima se volvió más fría, el aire era irrespirable, no sé si por ausencia de la lana o por el silencio. La tía empezó a estornudar, como si en castigo por mentir le hubiera dado una alergia verdadera.
Con el paso de los días papá se fue encerrando más y más en la televisión, ya casi no salía del living, a veces se dormía en el sofá, la tía iba de noche y lo arropaba, creo que se sentía culpable. No podía reparar lo que había hecho, pero al menos no volvió a molestarlo. Sólo a veces la impotencia le ganaba a la culpa y entonces le hablaba a papá con palabras filosas: “No va a volver, convencete”. Papá no decía nada y eso era lo que más la fastidiaba, sabía que en ese silencio estaba mamá y sentía rabia de no poder arrancarla de ahí como de los muebles.
Así se vivía en la casa, así estaban las cosas cuando volvió mamá.
Nunca supe por qué volvió. Cuando sonó el timbre la tía fue a atender, y ver a mamá fue como ver al diablo, no dijo nada, la miró un instante y corrió a encerrare en la cocina. Mamá traía una valija, la dejó al lado de la puerta y entró, me miró apenas, me acarició el pelo y preguntó por papá. Yo no pude contestarle, estaba como atontado. Me sonrió, me dijo que estaba cansada, hablaba muy despacio, fue a sentarse en el sofá “Qué frío hace en esta casa” dijo.
Papá bajaba la escalera, no sé si la vio o la oyó hablar, pero desapareció un momento y volvió con una bufanda, era de las de antes, no sé de donde la sacó, tan azul y verde y roja, fue hasta el sofá y se la puso a mamá por los hombros, ella le sujetó las manos y papá le apoyó la boca en el pelo. Se quedaron así, inmóviles, en esa eternidad precaria de las fotos, mientras tía Irene lloraba en la cocina.
Cuando mamá dijo “Me voy” papá apenas levantó la vista del tejido. Yo pensé que iba a decir algo, pero no, la miró apenas. Mamá estaba como petrificada, observándolo con furia, casi masticándolo con los ojos. Por fin entendió que papá no iba a decir nada y empezó a girar en sentido contrario al mundo, es decir, se fue.
Papá la miró irse, yo creí que iba a llorar, pero ese día parecía empeñado en contrariar mis previsiones, ni lloró ni dijo nada, miró un momento la puerta por donde se había ido mamá y volvió la vista al tejido.
Tejer, creo que no lo vi hacer otra cosa en las semanas siguientes. La casa se fue llenando de bufandas, todas en la gama del gris o en colores terrosos, yo me di cuenta de que papá estaba triste. Antes de que mamá se fuera, él tejía siempre en colores vivos. Las bufandas de antes, con sus franjas interminables en rojo, amarillo, naranja o verde, desaparecieron de la casa. Nunca supe a quién se las regaló –si es que las regaló a alguien -, tal vez las tiró a la basura, quién sabe. Pero desde que mamá se fue la casa se oscureció. Papá tejía incontables carpetas que almidonaba y ponía bajo las lámparas, los ceniceros y el teléfono.
El también se volvió un poco gris. Cuando no estaba tejiendo se paseaba por la casa como una sombra, acariciaba al pasar alguna carpeta, acomodaba las pilas de bufandas sobre el sofá del living; ya no cantaba.
Porque papá cantaba muy bien, “Parece una calandria” decía tía Irene, pero mamá se había llevado todos los discos y él era muy tímido, nunca hubiera cantado solo. En casa no había radio y la televisión se prendía a la tarde, cuando papá miraba la novela.
La casa sólo dejaba de estar gris por la mañana, cuando un desfile de mujeres -vecinas comedidas y amigas de mamá- entraba y salía llenando la cocina con los colores chillones de sus delantales, afanándose en ayudar con la comida, lavar los platos o la ropa.
Papá no entendía tanto alboroto sin sentido, él siempre se había ocupado de la casa, incluso estando mamá. Se sintió invadido por el enjambre de delantales y se refugió en el living, ahí se pasaba el día tejiendo.
La tía y las vecinas le traían lana, yo empecé a entender que se lo disputaban.
“Qué buen hombre es tu padre- decía tía Irene- Tu madre no sabe lo que ha hecho”.
La tía se pasaba el día en casa, pero papá no le prestaba atención, era como si al irse mamá algo se hubiera ido con ella. Además, tanta presencia femenina lo enervaba, no precisaba una mujer, la precisaba a mamá.
Las vecinas tardaron en entenderlo, por eso estuvieron tanto tiempo mortificándolo con esa invasión a su timidez. El apenas les dirigía la palabra, se refugiaba en su soledad pudorosa, en el living, en el tejido y la novela.
Cuando las mujeres entendieron como venía la mano desaparecieron. Habían venido de a una, invadiendo la casa de a poco, como esas mariposas solitarias que aparecen con los primeros calores, y luego se habían vuelto un bloque, un enjambre de colores que zumbaba por toda la casa y en la cocina sobre todo. Yo esperaba un éxodo igual, de a una por vez, pero se fueron juntas, como si hubieran acordado hacerlo de esa forma. Tal vez el gesto de camaradería les hacía más soportable la derrota.
Recuerdo que cuando se fueron, yo seguía viendo sus delantales chillones por toda la casa, como esas manchas que nos hace ver el sol. Pero con el tiempo los ojos se me fueron acostumbrando y entonces me di cuenta de lo gris que se había vuelto la casa.
La única que se quedó fue tía Irene. Tuvo un cambio de actitud muy grande, parecía ignorar el desdén de papá y aprovechó la huida de las otras para tomar posesión de la casa, tal vez sentía que de esa forma ocupaba el lugar de mamá, tal vez pensó que así se ganaría a papá. Pero era un gran error, mamá nunca se ocupó de la casa, eso le tocaba a papá.
Pero la tía estaba decidida y no pudiendo arrancarlo del mutismo lo arrancó del tejido como un primer paso para alejarlo de mamá y de la espera. Con la excusa de una repentina alergia a la lana hizo desaparecer todas las bufandas, quitó todas las carpetas de sobre los muebles y, en un acto de crueldad innecesaria, le dobló en dos las agujas de aluminio. Creo que se arrepintió en el acto, en los ojos de papá brilló el odio. Desde ese momento papá se encerró en su mutismo. Es cierto que antes tampoco le hablaba, pero ahora era distinto, ahora había un silencio cargado de hostilidad.
La casa no dejó de ser gris por faltarle las bufandas, y encima se volvió más fría, el aire era irrespirable, no sé si por ausencia de la lana o por el silencio. La tía empezó a estornudar, como si en castigo por mentir le hubiera dado una alergia verdadera.
Con el paso de los días papá se fue encerrando más y más en la televisión, ya casi no salía del living, a veces se dormía en el sofá, la tía iba de noche y lo arropaba, creo que se sentía culpable. No podía reparar lo que había hecho, pero al menos no volvió a molestarlo. Sólo a veces la impotencia le ganaba a la culpa y entonces le hablaba a papá con palabras filosas: “No va a volver, convencete”. Papá no decía nada y eso era lo que más la fastidiaba, sabía que en ese silencio estaba mamá y sentía rabia de no poder arrancarla de ahí como de los muebles.
Así se vivía en la casa, así estaban las cosas cuando volvió mamá.
Nunca supe por qué volvió. Cuando sonó el timbre la tía fue a atender, y ver a mamá fue como ver al diablo, no dijo nada, la miró un instante y corrió a encerrare en la cocina. Mamá traía una valija, la dejó al lado de la puerta y entró, me miró apenas, me acarició el pelo y preguntó por papá. Yo no pude contestarle, estaba como atontado. Me sonrió, me dijo que estaba cansada, hablaba muy despacio, fue a sentarse en el sofá “Qué frío hace en esta casa” dijo.
Papá bajaba la escalera, no sé si la vio o la oyó hablar, pero desapareció un momento y volvió con una bufanda, era de las de antes, no sé de donde la sacó, tan azul y verde y roja, fue hasta el sofá y se la puso a mamá por los hombros, ella le sujetó las manos y papá le apoyó la boca en el pelo. Se quedaron así, inmóviles, en esa eternidad precaria de las fotos, mientras tía Irene lloraba en la cocina.
domingo, 14 de septiembre de 2014
TODOS LOS CABALLOS VAN AL CIELO
Siempre había imaginado el cielo como un lugar celeste, decorado con esponjosas nubes de algodón donde algún ángel de blanca túnica y aureola dorada tañería una lira. Es decir, que su imaginación acataba la iconografía celeste como la de cualquier creyente falto de iniciativa. Por eso, al llegar, el verde ruidoso del pasto fue lo que más lo golpeó. Disgustado, buscó la puerta donde, se suponía, San Pedro lo estaría esperando, pero sólo encontró una tranquera. Al otro lado el verde del pasto era casi azul. Desconcertado, intentó franquearla. Un potro, salido quién sabe de dónde, se le interpuso. Se miraron largamente a los ojos. Es decir, él se miró en las brillosas esferas del animal; el potro parecía no mirarlo. Movía de lado la mandíbula inferior mientras mascaba la hierba azul.
El hombre por fin se
decidió: Permiso –dijo- tengo que pasar.
No recordaba que en el
catequismo le hubieran hablado jamás de animales en el cielo, pero este estaba
ahí y le estorbaba. Tampoco recordaba haberle hablado antes a un caballo, esto
lo alteró un poco, pero se disculpó pensando que era una confusión provocada
por el desconcierto que tan extraño lugar le provocaba. Mientras el animal
masticaba imperturbable buscó en su memoria las palabras indicadas. Encontró un
¡Jo!, un ¡Arre! Pero no llegó a pronunciarlas. El caballo ahora le estaba
hablando, es decir, producía unos sonidos que él conocía como relinchos, pero
que, sin embargo, entendió perfectamente.
-No puede pasar-dijo el equino.
-Tengo que pasar –respondió él aún algo perplejo.
-¿Por?
-He sido justo.
-¡Jiiiiiii…!-el animal piafó o rió-.Entonces le erró de lugar.
-¿Cómo que le erré? ¿Este no es el cielo?
-Efectivamente.
-Entonces tengo que pasar.
-¿Usted me vio a mí? ¿Se vio usted? ¿No notó que somos un poquito
diferentes?
-¡Usted es un caballo!-gritó el hombre.
-¡Mirá que novedad! Eso es lo que le quiero explicar, Hombre. Este
no es el cielo de ustedes, es el ¡Nuestro!
-¿Cómo?
-Que el de ustedes es el otro, el de las nubes y los angelitos.
-Caramba
-Le erró de puerta, mi amigo.
-Yo no pasé por ninguna puerta, me morí y aparecí acá.
-¿No atravesó el túnel?
-No me acuerdo.
-Haga memoria ¿No había un túnel con una luz al fondo?
-Me parece que sí.
-Vio, usted estiró la mano, tocó la manija y entró. Le pasó de
apurado. Si hubiera esperado un cachito, se acostumbraba a la luz cegadora y
veía que justo al lado había otra puerta. Esa era la suya.
-¿Y esa puerta dónde está?
-Ahí-dijo el bruto haciendo un movimiento circular con la cabeza.
El hombre se volvió y vio la puerta, parada en medio del pasto y salió
corriendo.
-¡Venga, hey!
-¿Qué pasa?
-No puede volver.
-¿Cómo? ¿Y la puerta?
-Es para entrar.
-¿Y por dónde se sale?
-No se sale
-¿No se sale?
-No, imagínese que si lo dejamos salir, usted en vez de entrar por
la otra puerta se me va por el túnel y resucita. Hemos tenido cada problema.
Por eso le sacamos el picaporte del lado de adentro.
-¿Y ahora?
-Y, va a tener que esperar al intercambio.
-¿Y eso?
-Usted no es el único que se equivoca, mi amigo. A veces alguno
nuestro va a parar allá. Cada mil años hacemos el canje de confundidos.
-¡Mil años!
-Mil.
-Qué macana ¿Y ahora qué hago? ¿Me tengo que quedar acá?
-Mil años.
-Y usted ¿no me podría dejar pasar? Así espero más cómodo. Porque
tendrán alguna comodidad ¿no? Una silla al menos.
-Nosotros la silla la dejamos en la tierra, junto con el freno y
las riendas, acá somos libres, señor.
-Quiero decir un lugar para sentarme.
-El pasto.
-Algo para comer…
-El pasto.
-Un baño…
-El pasto.
-Pucha.
-Mire, usted me cae simpático ¿sabe qué? Lo voy a dejar entrar,
acá la va a pasar bien, pero, eso sí, tiene que colaborar.
-Seguro.
-Algo para hacer le vamos a encontrar.
-Lo que sea.
El animal relinchó
sonoramente. Un segundocaballo vino al trote.
-A ver Pepe, llevámelo al señor a Recreación, por favor.
-Como mande, jefe.
-Acompáñelo, amigazo.
-Chau-dijo el hombre, aturdido-. Y gracias, eh.
Caminaba junto al segundo
caballo aplastando el pasto azul. Miraba a todos lados. A lo lejos le pareció
distinguir a un hombre que, desnudo, corría. Alguien, un bruto, sin que pudiera
él comprender cómo, le arrojó un lazo. Lo capturó y al acercarse gritó
“¡Huija!” y lo montó. El hombre cayó aplastado por el equino, pero se incorporó
y en cuatro patas empezó a avanzar con el animal en sus espaldas. Otros
caballos se acercaron y con unas fustas que llevaban entre los dientes le
golpeaban las nalgas desnudas. “Ico, ico”, relinchaba el jinete.
-Por acá, señor.
Habían llegado a una
segunda tranquera. Él, boquiabierto por el espectáculo que acababa de
presenciar se volvió. Ahora había otro caballo que los saludaba moviendo la
cabeza. El hombre recordó lo que había dicho el otro. “Esto debe ser
Recreación”, pensó y una oscura idea de su destino fue tomando forma. Miró
alrededor, vio el brasero y el hierro entre las brazas.
-Un sellito, nomás-dijo el caballo.
domingo, 7 de septiembre de 2014
IL RITORNO D’ULISSE IN PATRIA
Penélope tiene los ojos cansados. De tanto
andar y desandar las infinitas vueltas de punto cruz, de punto arroz. Ha
resistido a sus pretendientes y (cree) ha sido fiel.
Cuando cae la noche y ella deja el tejido
y se hunde en la penumbra del lecho, el perro Argos se pone una camisa del amo,
un pantalón, los mocasines, y se presenta en la alcoba.
-He vuelto, señora
–murmura. Dice “señora” porque es un perro
educado.
Ella toca la fina seda de la camisa,
acaricia la corbata, el portafolio y se entrega.
A la mañana despierta y cree que ha soñado
la vuelta de Ulises. Acaricia al perro que duerme ovillado entre los ovillos de
lana y le habla como a un perro.
-Camine cucha – le
dice. Pero hay en su voz un calor de esposa.
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