CACERÍA
Estaba exhausto, llevaba dos días huyendo y sabía que
el final estaba cerca.
Los hombres habían venido de lejos y él
pensó que en medio de la selva no podrían darle caza, por eso se internó en el
corazón de Birmania. Pero se había equivocado, la selva se volvió una trampa
para él mismo, se movía por un terreno incierto y más de una caída lo había
llenado de heridas. Siguió como pudo, pero ya no podía más. Donde se hallaba no
había antílopes y aunque las hubiere no podría darles caza, se vería expuesto a
ellos, nada más absurdo que una cacería dentro de la cacería.
Dos días escapando y el hambre había hecho
más estragos que las heridas, había llegado al límite de sus fuerzas. Ahora
esperaba la muerte. Sabía que aquellos hombres no tendrían piedad, eran
mercenarios (aunque tal vez el de sombrero gris, algo en sus ojos...). La noche
anterior había encontrado agua, pero donde hoy se hallaba no iba a encontrarla.
Miró al cielo, bebió la luna. Se tendió a esperar, pensó en sus perseguidores.
Aún sin fuerzas se sabía superior a ellos, podría con los cuatro si no llevaran
armas. Sí, estaba condenado.
Sólo el primer día, agazapado entre el
follaje, había podido ver a los hombres, y sólo uno de ellos (el de sombrero
gris) lo vio, pero se sintió intimidado (o tuvo piedad) y no pudo dispararle,
ni siquiera avisó a los otros. Un solo momento se habían mirado, luego él huyó,
sabiendo que aquel cruce de miradas y aquel
silencio (por temor o piedad) no era más que una tregua, tarde o temprano lo
alcanzarían.
Luego vino la selva, un laberinto
perpetuo, la perpetua repetición de un paisaje único. Una diversidad cuyas
variaciones no alcanzaba a descifrar y que lo hacía sentir que estaba girando
siempre en un perímetro cerrado al que poco a poco ellos se iban acercando, y
con ellos la muerte.
Volvió a mirar la luna y su garganta movió
un pesado sonido, casi una queja. Sintió las pisadas en el follaje, sintió el
ritmo verde de los pies que lo acechaban, se supo cercado. Seguía tendido,
sabía que un miedo casi ritual los mantendría a distancia, vigilando su agonía.
Luego uno de ellos se acercaría (¿el de sombrero gris?) y patearía el cuerpo.
Ahora los veía, estaban ahí. Repasó los rostros que un cigarrillo iluminaba
alternativamente. El dolor le hizo cerrar los ojos (oía palabras que no podía
comprender), volvió a abrirlos. Dejó de pensar en los hombres y miró al cielo.
La amarilla pupila del tigre vio por última vez la luna.
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