domingo, 12 de abril de 2015

LA BUENA MUERTE


 

     “Bombero”, dijo, pero entonces era un chico, tenía esa tierna edad en que los chicos quieren ser bombero, aviador o vigilante, y lo repiten con sus voces menudas y firmes cada vez que se les pregunta qué van a ser de grandes.

     Pero el tiempo olvida esas cosas y en pocos años hace un reparto de suertes arbitrario y despiadado. Le tocó ser doctor. No podía quejarse, no fue una mala vida, Y al final no era algo tan diferente ¿o no le había tocado a él también salvar vidas? Pero de cualquier forma, él ya no recordaba su infancia, una profesión, una familia, los años son cosas que ayudan a olvidar.

     Y ahora que es la hora, ahora que postrado en una cama espera que otro más joven salve su vida que es ya insalvable, ahora que siente cuánto pesan los años, como todo el que llega a esa hora, se cuenta su vida. Piensa en los nietos, los hijos, el consultorio, piensa en la universidad, en la escuela, y entonces sí, al fondo de los recuerdos, en un patio donde hay malvones y una tortuga, puede ver por fin al niño que fue, y ve al hombre que no fue porque, con una voz que recupera después de tantos años, le oye decir “bombero”. Algo le aprieta el corazón, algo le dice que la vida se ha equivocado con crueldad. Cierra los ojos y con su voz cansada repite “bombero”. Pero el niño que fue no puede oírlo, está corriendo por el patio imitando con voz de niño una sirena alarmada que se mezcla con la sirena real que grita de este lado de los recuerdos. “Bombero”, sigue repitiendo, hasta que el humo negro y espeso le cierra la garganta. 

     Nadie sabe como empezó el incendio, un cigarrillo, una estufa cualquier cosa habría servido. Uno de los  bomberos, en un comentario cercano al epitafio, dijo: “Murió entre las llamas, pobre viejo”. La vida suele equivocarse, la muerte nunca.

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