“Bombero”,
dijo, pero entonces era un chico, tenía esa tierna edad en que los chicos
quieren ser bombero, aviador o vigilante, y lo repiten con sus voces menudas y
firmes cada vez que se les pregunta qué van a ser de grandes.
Pero el
tiempo olvida esas cosas y en pocos años hace un reparto de suertes arbitrario
y despiadado. Le tocó ser doctor. No podía quejarse, no fue una mala vida, Y al
final no era algo tan diferente ¿o no le había tocado a él también salvar
vidas? Pero de cualquier forma, él ya no recordaba su infancia, una profesión,
una familia, los años son cosas que ayudan a olvidar.
Y ahora
que es la hora, ahora que postrado en una cama espera que otro más joven salve
su vida que es ya insalvable, ahora que siente cuánto pesan los años, como todo
el que llega a esa hora, se cuenta su vida. Piensa en los nietos, los hijos, el
consultorio, piensa en la universidad, en la escuela, y entonces sí, al fondo
de los recuerdos, en un patio donde hay malvones y una tortuga, puede ver por
fin al niño que fue, y ve al hombre que no fue porque, con una voz que recupera
después de tantos años, le oye decir “bombero”. Algo le aprieta el corazón,
algo le dice que la vida se ha equivocado con crueldad. Cierra los ojos y con
su voz cansada repite “bombero”. Pero el niño que fue no puede oírlo, está
corriendo por el patio imitando con voz de niño una sirena alarmada que se
mezcla con la sirena real que grita de este lado de los recuerdos. “Bombero”,
sigue repitiendo, hasta que el humo negro y espeso le cierra la garganta.
Nadie sabe
como empezó el incendio, un cigarrillo, una estufa cualquier cosa habría
servido. Uno de los bomberos, en un
comentario cercano al epitafio, dijo: “Murió entre las llamas, pobre viejo”. La
vida suele equivocarse, la muerte nunca.
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