Lo mejor es reptar, entrar en su terreno a
ras de yuyo, avanzar con los codos como los soldados de Combate. Hay que
acercarse infinitamente y sin ruido, detener el tiempo en el momento anterior
al salto, calculándolo todo en un segundo dilatado, eterno. Mirar si el
cuidador, los perros, las hormigas. Y entonces sí, saltar (y es una forma de
decir), presionar el elástico cuello en un gesto que la estrangule y decapite,
sin darle tiempo a gritar pidiendo ayuda. Luego sí, con aplomo, elevar la estatura
y sacudirse las rodillas y recitar las consabidas palabras: “Para vos, mi amor”
o “Una flor para otra flor”.
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