domingo, 26 de octubre de 2014


LA TAZA 

 

     El que le vendió la taza aseguraba que en ella podía uno ver su propia muerte.

     Sin embargo, cuando sirvió el café, o mejor dicho, cuando el humo hubo menguado como para permitirle ver, sólo encontró su rostro.

- Me engañaron- dijo con la voz aun asomada a la taza.   Fue lo último que dijo.

     Quién sabe si alcanzó a verse con la muerte puesta en ese largo segundo entre el disparo a sus espaldas y el rostro golpeando en el café.

 

domingo, 12 de octubre de 2014

TRES POR EL PRECIO DE UNO!!!


EL EXORCISTA

 

    Manuel Delgado vivió en muchas casas y, sobre todo, en departamentos, lo que le dio oportunidad de conocer mucha gente, hasta donde la timidez permite conocerla porque (hay que aclararlo) las más de las veces la relación con los vecinos no pasaba del saludo. Lo que, por otra parte, no le molestaba, ya que si había algo que no le importaba era la vida de la gente. No era nada curioso y, además, sostenía que cada cual era libre de hacer “de su culo un pito”.

     Por eso, al mudarse, no le molestó que su vecino fuera exorcista, ni le molestó que el pasillo de su piso estuviera siempre lleno de gente haciendo cola para su tratamiento, ni que estos tratamientos consistieran en sesiones de gritos y músicas extrañas que le interferían la audición de Mozart, que era en aquella época su único pasatiempo.

     Pero lo que sí no toleró fue que esa libertad que le dejaba a su vecino en sus asuntos se prolongara por las noches interrumpiéndole el sueño.

     Cinco noches pasó escuchando al exorcista gritar en una lengua incomprensible –que suponía eclesiástica- hasta que una noche en que tanto “vade retro” lo había desvelado, se le ocurrió golpear a la puerta de su vecino, donde podía leerse:

 

DOMINGO VAZZINI
–Médico espiritual-

 

     El hombre abrió y a Manuel le extrañó que su vecino (un hombre alto y algo obeso) estuviera en piyama.

-¿Sí? –dijo.

-No puedo dormir.

-Pase –le dijo el otro, y agregó-: El demonio del insomnio es uno de los peores.

     Manuel miró a todos lados y halló el departamento vacío.

-Pensé que estaba con gente.

-No, no; atendía por teléfono. Usted sabe, ya no se puede salir a estas horas con la inseguridad que hay. Las urgencias nocturnas las hago por teléfono.

     Cuando el “médico” volvió a insistir con el demonio, Manuel explicó que no estaba poseído.

-¿Cómo lo sabe? –dijo el otro.

     Manuel lo miró y no supo qué decir.

-Ya sé, ya sé, me dirá que usted no gira la cabeza 360 grados ni tiene el don de lenguas ni... Eso sólo pasa en las películas. Yo le diré si está usted endemoniado. Dígame ¿su vida es un desastre?

     Débil de carácter como era, Manuel olvidó que lo que le quitaba el sueño era, justamente, el barullo de su vecino y respondió bajando la cabeza.

-Ajá, ya veo –dijo el médico-. Cuénteme ¿ya ha pensado en suicidarse?

     Manuel, asombrado, contestó que no.

-Bien, estamos a tiempo, como me lo imaginaba. El insomnio es apenas el primer síntoma. Aún podemos expulsarlo.

     Y sin pérdida de tiempo pasó a ofrecerle a Manuel la variedad de sus servicios. El exorcismo clásico, en latín subtitulado, con doble esperjado de agua bendita y abundante incienso. El jamaiquino, con máscara ritual y tutú de paja, donde el exorcista le bailaba alrededor hasta caer en éxtasis, momento en el cual –explicó- el demonio lo abandonaría para entrar en él (no explicó qué haría luego con el demonio). El criollo, que expulsaba al demonio con una purga para caballos mientras el celebrante, de pie sobre el bidet, recitaba décimas gauchas. Y por último le ofreció una sesión combinada de los tres anteriores más un Valium sin cargo.

     Manuel, al imaginar al hombre en tutú jamaiquino, bailándole y recitándole décimas gauchas, intercalando ahijunas y vaderetros, y salpicándolo de agua bendita mientras él se aferraba al inodoro, tuvo de pronto una visión de lo que sería el infierno y, ya dispuesto a dar su negativa, se vio impedido por el “médico” que, sin dejarlo hablar, le dijo:

-Le conviene contratar seguro.

-¿Seguro?

-Sí, contrate exorcismo más resurrección.

-¿Es que me va a matar?

-El diablo es astuto. Con tal de llevarse su alma antes de que yo logre expulsarlo, es capaz de acabar con usted. Por eso le conviene contratar resurrección. Siempre y cuando, claro, usted quiera volver –Manuel entendía cada vez menos-. Porque si no puede contratar reencarnación. Tiene cinco posibilidades: cuadrúpedos, aves, insectos (no le conviene), peces o plantas.

     El “médico” miró a Manuel que oscilaba entre el asombro y la duda y, ayudándolo, dijo:

-Cuadrúpedo está en promoción todo este mes.

     Cuando el “médico” pasaba a explicar el costo del tratamiento y las modalidades de pago, Manuel, que había vuelto a tener una visión del “médico” en tutú, ahora junto a una planta que era él, salió corriendo.

     Al día siguiente había conseguido un departamento en otro edificio, en un piso sin vecinos y, si bien logró dormir todas las noches, no por eso le fueron bien las cosas.

     Una semana después lo echaron de su trabajo. La angustia por la incertidumbre de su situación económica le agrió el carácter haciendo que el noviazgo que había iniciado a poco de mudarse se rompiera de forma abrupta y escandalosa. Ella lo acusó de ese fin y le echó en cara crueldades que él no estaba seguro de haber cometido. Finalmente lo despidió con palabras crueles:

-¡Andá a cagar!

     No fue hasta dos días de pasear su angustia por los bares que, ebrio y desolado, resolvió quitarse la vida.

     Pero, indeciso como era, consultó un “Manual para suicidas” que encontró en la Biblioteca Pública.

     Luego de hojear con escalofrío las variantes del fin que se disponía a acometer, dio con la solución a su problema: En la página 115 se mencionaba el caso de un señor holandés que se había ido de este mundo a causa de una sobredosis de laxantes, y, si bien se hacía notar que tal vez fue un involuntario error de dosificación, el libro no dejaba de recomendarlo como método.

     Recién entonces recordó Manuel a su vecino, el “médico espiritual” y repasando los últimos sucesos de su vida terminó por darle la razón al diagnóstico y decidió pedirle ayuda.

     Dudaba aún en entrar al edificio cuando, por la vereda de enfrente, vio pasar a la que fuera su novia del brazo de otro hombre. Humillado hasta los huesos, Manuel Delgado tocó el timbre con desesperación.

-¿Quién es? –contestó una voz irritada.

-Quiero el criollo –dijo Manuel-, y sin seguro.




CANCION DE NAVIDAD

 

Manuel Delgado tuvo una navidad la infeliz ocurrencia de vestirse de Papá Noel. No es que tuviera hijos, sobrinos o vecinos en edad de engañar con este tipo de artificios, ni que le hubieran contratado (como suele suceder en estas fechas) para sonar la campana en la puerta de alguna juguetería. No, fue por propia iniciativa y sin fin preciso que alquiló el disfraz rojo y blanco que incluía una barba y una peluca enrulada, blancas, como complemento. Y fue por esa falta de un fin a la vista que una vez vestido frente al espejo, no supo qué hacer con tal disfraz.

     Se miró largo rato, acomodó la almohada que le abultaba el vientre y movió una de las pobladas cejas que había hecho con algodón ya que el disfraz no las incluía.

     Del desconcierto pasó Manuel a la identificación. Se vio tan bien con aquel traje que dejó incluso de sentirse él mismo y creyó realmente que era el viejo del trineo. Fue entonces cuando descubrió lo molesto de su falta de ocupación y se decidió a remediarlo dándole utilidad a aquellas fachas. Esa navidad sería Papá Noel.

     Descartó para comenzar todo ese tema del trineo y los renos por parecerle accesorio y sobre todo, difíciles de conseguir en una ciudad balnearia y en pleno verano. Por lo que pensó que su vieja bicicleta no dejaba de ser un vehículo decente y si se tiene en cuenta el color (roja y blanca) incluso acorde. También desistió de la mentada costumbre de entrar por las chimeneas ya que siempre la había considerado impracticable y además no había en la ciudad ni un 10 por ciento de casas que contaran con una.

     En realidad estos preparativos los hizo Manuel en Julio, lo que le dio unos cuantos meses de ventaja para resolver el tema principal a saber: obtener los juguetes que regalaría a los niños pasadas las cero horas del día veinticinco.

     No contando con medios para proporcionárselos, se decidió por la vía más económica del robo. Tomaba un juguete en cada lugar que visitaba e incluso le robaba a los niños descuidados en las plazas. Pero la fecha decisiva se acercaba y Manuel apenas había llenado cuatro bolsas de consorcio con lo que –pensaba- no llegaría a recorrer dos calles, y teniendo como plan regalar juguetes en toda la ciudad (porque el mundo le pareció mucho para una primera vez) se dispuso a redoblar sus esfuerzos.

     Y redoblarlos significó ponerse el traje por anticipado. De esa forma no tendría que esconder un pequeño juguete en el bolsillo sino que podía robar cuanto quisiera e ir engrosando el vientre desprovisto aún de la almohada. Así esta versión flaca de Papá Noel iba engordando de juguetería en juguetería para adelgazarse de noche en su casa y comenzar al día siguiente esta dieta de plástico y peluche.

     Pero los empleados de las jugueterías no tardaron en darse cuenta de las actividades del Papá Noel supuesto y no es que hubiera llamado la atención por su manera inhábil de agenciarse los juguetes como que su apariencia por demás desusada a esas alturas del año lo ponía en evidencia, sino de latrocinio, al menos de algo raro. Cada vez que entraba en un negocio tenía todos los ojos puestos en él y en más de una oportunidad hubo de salir corriendo dejando tras de sí un delator reguero de autitos y muñecas.

     De ser más astuto hubiera buscado otra forma de conseguir los juguetes, pero Manuel no veía más allá de sus narices y su barba postiza. Así cuando llegó la navidad era ya el hombre más buscado por la policía y poblaba las tapas de los diarios en un identikit que a decir verdad aportaba más bien poco. Había pasado las últimas semanas recluido en su casa y recién el veinticuatro asomó a la calle. Esperó la caída del sol y puso en marcha la bicicleta. En la primera casa donde tocó timbre fue bien recibido. Los chicos, que no estaban aún acostados, se le colgaban de los pantalones y le daban besos en la barba. Así se lo recibió varias veces, en algunas casas le convidaron con sidra o le envolvían paquetes con nueces y turrones. Pero no todos los vecinos de la ciudad eran tan desprevenidos: algunos leían los diarios y pasó que en una casa donde Manuel se puso a discutir con un niño que reclamaba la pelota que había pedido en su carta, alguien sospechó del generoso falso anciano y, preventivamente, llamó a la policía.

     Cuando las sirenas se anunciaron en el barrio Manuel soltó al niño que tenía ya de las solapas mientras le gritaba “Mocoso angurriento” y emprendió la fuga. A las pocas cuadras se le salió la cadena y no queriendo perder tiempo continuó a pie su desesperada carrera, mientras de la bolsa iba sacando juguetes que arrojaba en los jardines de las casas. Al doblar una esquina descubrió a un hombre vestido como él que apoyado en la pared e inclinado sobre sus rodillas tomaba aire. Estaba agitado y Manuel comprendió que también lo corrían.

-Sáquese el disfraz –dijo Manuel-, así lo reconocerá cualquiera.

-No es un disfraz –dijo el otro.

-Que tonto soy –agregó Manuel.

-Es típico de aficionados.

     La urgencia de una sirena no dejó lugar para seguir con la enigmática charla. Los dos ancianos (el verdadero y el falso) corrieron juntos un par de cuadras.

-Cada uno por su lado –gritó Manuel-. Tal vez uno de los dos pueda salvarse.

     Corrieron en direcciones opuestas y luego de tres cuadras, a la luz de un farol, encontró Manuel un agente que ya se estaba llevando el silbato a los labios. Más allá la avenida se abría como un río. “Aún quedan muchas calles para escapar”, pensó. Y aferrándose a la bolsa agregó: “Aún quedan muchas casas por recorrer”.





SOBRE LA CAIDA DEL CABELLO

 

   A Manuel Delgado se le quedaron una mañana varios pelos enredados en el peine. Pensó entonces en su amigo Luís que unos días atrás le había recomendado un tónico para el cabello y quiso recordar el nombre, pero no pudo.

   La coincidencia de estos dos hechos (la caída del pelo y el olvido farmacéutico) llevó a Manuel a elaborar una de sus teorías. Esta decía que los recuerdos se llevan en la cabeza pero no -como todo el mundo cree- del lado de adentro, sino por fuera. Y que se almacenan, justamente, en el cabello.

   Tras enunciar mentalmente el disparate, Manuel contó los pelos que habían quedado atrapados en el peine y comprobó que eran cuatro. Lo que le indujo a pensar que además del nombre del tónico, había otras tres cosas que ya no lograría recordar.

   Acometió la absurda empresa de revisar sus recuerdos pero, tras repasar la lista de cumpleaños de sus padres, amigos y conocidos, y el nombre completo de sus amores imposibles, cayó en la cuenta que la suma de saberes adquiridos era también parte de su memoria y repasarlos le representaría un trabajo no tanto arduo como inútil, ya que nunca se daría cuenta si algo le faltaba porque no tendría ocasión de recordarlo. La preocupación de Manuel fue en el terreno del conocimiento más grande que en el de la onomástica ya que le deba gran importancia a su condición de persona instruida. Y por alguna razón, de lo que había estudiado, lo que más aprensión tenía de perder eran sus nociones de geografía. Tal era el miedo que se dijo que lo primero que debía hacer era llamar a Luís, pero no pudo recordar el teléfono, y eso en vez de inquietarlo, lo tranquilizó. “Uno menos”, pensó y se convenció de que los dos pelos restantes guardarían sin duda otros tantos recuerdos superfluos e imaginó que seguramente eran estos recuerdos los que se caían primero, ya que por ser tan poco importantes (¿quién compararía el teléfono de Luís con los nombres de cada una de las islas de la Polinesia?) se almacenaban en los cabellos más débiles. De todas formas decidió comprar el tónico (el que le recomendara Luis  u otro, ya el farmacéutico sabría de alguno).

   Cuando al día siguiente Manuel quiso llegar hasta la farmacia se dio cuenta de que había errado el camino y tras andar unos quince minutos se dijo que así no llegaría nunca a un local que, por cierto, estaba a la vuelta de su casa. Como pudo desanduvo las calles recorridas y recomenzó el trayecto. Cinco veces intentó llegar a la farmacia y cinco veces se perdió. Eto le causó cierta consternación ya que se dio cuenta de que la farmacia no era tan superflua como un número telefónico, y volvió a temer por sus nociones de geografía. Para tranquilizarse repasó mentalmente los nombres de los 1827 fiordos de Noruega y al ver que todos estaban ahí, respiró aliviado. Luego le pidió encarecidamente a un transeúnte que lo guiara hasta una farmacia. El hombre lo miró con cara de pocos amigos, pero ante los ruegos de Manuel lo tomó del brazo y lo introdujo en el local que tenían frente a sus narices.

   Manuel entró con la emoción del viajero que ha vuelto al hogar y le agradeció al hombre con un abrazo lleno de moco y lágrimas del que este logró zafarse para salir corriendo.

   Cuando el empleado lo atendió se vio algo confundido por el pedido de Manuel:

-Necesito algo para el pelo, porque ando muy mal de la memoria.

   De todas maneras el empleado le vendió el tónico y Manuel, que se había hecho no sólo recomendar sino incluso jurar la efectividad del producto, se encaminó a la puerta abrazando la botella. Pero, antes de salir, sintió la duda mordiéndole la espalda. Pensó que tal vez no sabría llegar hasta su casa y, sin perder tiempo, destapó el envase y se volcó la mitad del contenido en la cabeza. Más tranquilo, pudo por fin volver a su casa.

   Desde aquel día, cada mañana Manuel se daba un vigoroso masaje en el pelo empapado de tónico mientras repasaba los volcanes de los Andes o los ríos de España. Dejó de peinarse por un sentimiento supersticioso que le impedía ver los avances del tratamiento antes de terminar el frasco. Así es que se iba a la oficina con el pelo mojado de esa loción que con el correr de las horas iba volviéndose una costra gris repulsiva. La gente en la calle y los compañeros en la oficina empezaron a alejarse de él a causa del olor del tónico y sobre todo de las moscas que, atraídas por ese mismo olor, revoloteaban todo el día en los alrededores de Manuel como satélites de su cabeza.

   Pasadas dos semanas, Manuel terminó el frasco y con él el tratamiento. Lleno de incertidumbre, se paró frente al espejo y se peinó con los ojos cerrados y conteniendo la respiración. Dos minutos después comenzó a abrirse al mundo. La boca primero para que el aire entrara en cantidad. Los ojos después. Miró el peine, lo acercó a la luz, lo examinó con lupa. No había un sólo pelo en ese pedazo de plástico dentado, ni en la pileta ni en sus hombros. Manuel lloró unas lágrimas tibias que le alcanzaron la boca. Chupó las lágrimas, sorbió los mocos y sonrió frente al espejo. Le había ganado la batalla al olvido.

   No fue sino hasta una semana después que Manuel empezó a notar los efectos contrarios del tónico. Al parecer, tanta loción no sólo le devolvió los recuerdos perdidos y con ellos los pelos, sino que le hizo crecer el cabello de una forma desmedida. Manuel  se apartaba a cada rato el pelo de la cara, se rascaba la barba que, como continuación natural del cabello, le crecía de tal forma que se veía obligado a afeitarse unas cinco veces al día.

   Este fenómeno piloso le hizo pensar a Manuel que cada uno de esos pelos nuevos representaba nuevos recuerdos. Y así, examinándose la memoria, dio con cosas que tenía olvidadas (y que atribuyó a los pelos-recuerdos que había perdido y recuperado) y con otras de las que no tenía la menor idea. Recordó cumpleaños en los que no había participado y viajes que nunca había hecho. Recordó mujeres que nunca había conocido amándolo con una disposición que el sexo femenino jamás había tenido con él. Y finalmente, con horror, recordó canalladas que él, Manuel delgado, se sabía a salvo de cometer. Estos últimos pensamientos empezaron a amargarle el carácter, se veía perseguido por los recuerdos de alguien que no era él, y sentía el alma sucia y sin sosiego al punto de no poder conciliar el sueño por las noches.

   Una de esas noches de insomnio, mirando el techo vio algo, un crimen tal vez, que lo enloqueció por completo. Esa noche salió a la calle dando alaridos y se perdió para siempre. Nadie, ni en la oficina ni en el barrio, volvió a saber nada de él. Alguien comentó que había creído reconocerlo en una estación de trenes. Estaba hecho un pordiosero y hablaba solo a la vez que se arrancaba los pelos a mechones. Pero nadie pudo creer que se tratara de Manuel Delgado.