Mi nombre es Nahel Abu Hilal, mi padre Azmi
Abu Hilal, fue rey de los Medos, venció a los Partos y a los Persas y extendió
su reino a toda la planicie. La gesta fue cantada por el poeta Jalal al-Din
Rumi. Supongo que los años, que todo lo pierden, habrán también perdido los versos
de este bate. Acaso en las deshilachadas crónicas de Farid-il-Zamud sobreviva
un nombre entre los antiguos, acaso ese nombre sea el de Hashemi Rafsanjani, no
es dable pensar que los ejércitos por él derrotados (y menos aún su rey)
figuren en la memoria de los hombres.
Muerto mi padre, Azmi Abu Hilal, me
propuse abarcar con la espada las costas del Caspio. Dos motivos tuve para
acometer la empresa: honrar la memoria de mi padre haciendo grande un reino que
ya él había hecho grande y al fatuo deseo de construir un palacio que fuese mi
morada y mi tumba, un palacio donde todas las ventanas dieran al mar. De estas
dos desmesuras la segunda (o tal vez ambas) fueron fruto de mi soberbia y Alá
supo castigarme.
Mi estandarte, donde conviven un tigre y
una luna (es sabido que luna y espejo son sinónimos, pero esto poco vale a esta
altura del relato), precedía la caravana de mil hombres, guerreros adormilados
por el sol y por la falta de sangre donde abrevar las espadas.
Al quinto día de marcha, un mensajero que
venía desde el sur, trajo cierta noticia funesta que no logró inquietarme, la
juzgué sin importancia, una batalla casera en una remota provincia, y seguimos
avanzando hacia el mar, hacia mi palacio y mi fin.
La noticia era falaz y el mensajero sólo
había interceptado la caravana para volver a Persia con precisiones sobre
nuestra ubicación y rumbo. No había querella entre estos pueblos sino una
alianza que los llevaba a la revolución contra mí, su rey.
Al octavo día (y quiso Alá que fuera el
octavo) fuimos emboscados por los Aqueménidas quienes habían logrado sublevar a
los Persas. Debimos luchar con un ejército que era la totalidad de una
provincia.
Tres días duró la batalla, tres noches
ardió la luna sobre la meseta del Irán. Al tercer día el astro enrojeció y mi
ejército cayó como una marioneta. Hay –o debe haber- un tapiz persa que
registra la batalla. Entre botehs y cenefas se alza el grito de mis hombres.
Quienes hoy lo ven no pueden oír ese grito, ni el ruido de los cascos, ni el
choque de las armas, sólo con suerte alguien verá la cara de un tigre entre
confusas llamas azules.
Los que sobrevivimos a la ira de Alá nos
retiramos desandando el camino hasta donde estaba aún el campamento. La noche
de ese día nos alcanzaron. Hashemi se presentó en mi tienda y cuando estuvo
ante mí dijo:
- Nahel Abu Hilal, quiso Alá que te
venciera, que el castigo que te imponga sea justo a sus ojos.
- Así sea –dije.
Mis generales fueron decapitados al alba y
yo marché a mi prisión. Antes de montar me vendaron los ojos para que no
tuviera noticia de mi destino.
Anduvimos todo el día bajo el sol del
desierto, a la noche acampamos cerca de un río (el Yasartes, o tal vez el Oxus)
donde comimos. Me dormí oyendo correr el agua, soñé que me ejecutaban, desperté
en esta celda.
Mi despertar fue el despertar de un
muerto, me encontré arañando la oscuridad entre alaridos. Cuando me hube
serenado una luz se encendió. Me acerqué a lo que parecía una ventana, ante mí
había una tienda de campaña diez veces más rica que la mía, cuando salí del
arrobamiento de esta visión un hombre estaba parado frente a mí, lo escruté con
curiosidad mientras me mesaba las barbas y él hizo otro tanto, luego volví a
quedar a oscuras. Un tiempo sin tiempo pasó hasta que mi ventana volvió a
iluminarse, pero ahora no daba a la tienda sino a una casa pobre igual a
cualquiera de las que abundan en los suburbios de Herat o Fardous, una muchacha
lloraba frente a mí, lloré con ella y sin embargo parecía no verme, en sus ojos, dolorosos de grandes,
alcancé a ver dos pequeños tigres. Se apartó y volví a la oscuridad.
Similares prodigios sucesivos me llevaron
de la perplejidad al entendimiento. Fui un rey y un ejército, hoy soy un tigre
y el rostro de cada hombre. Soñé un palacio cuyas ventanas dieran al mar y hoy
tengo una celda cuya única ventana da a todos los espejos. Hoy vivo tras el
agua azul de los espejos.
Este prodigio me permite gozar de una
ubicuidad incierta, conozco el mundo, es verdad, pero mi visión del mundo es
acotada: Bangladesh o Dublín pueden ser una planta, un sillón, o una cama, todo
se repite. Y aunque en mis muchos años he visto cosas asombrosas (cada mañana,
un hombre al afeitarse, se acerca a la garganta una navaja temblorosa; menos
cobarde, un astrónomo en Jaipur se degolló frente a mis ojos; en Saigón una
muchacha me ha mirado con ojos inexplicables) estos hechos singulares, con el
tiempo (días, años, siglos), también se repiten. Vanamente he tratado de
encontrar un orden en estas repeticiones, pero con el tiempo he llegado a la
convicción de que mi suerte debe también repetirse. Tal vez en este momento
somos legión los que compartimos esta suerte. En algún momento pensé que
necesariamente habría dos compartiendo su condena, obligados a repetir las
figuras de los amantes, pero recordé lo que en mi tierra cantaban los poetas y
descubrí mi error: los amantes no son dos, son uno.
Estos pensamientos ocupan los períodos de
oscuridad, ya que en los de luz me hallo demasiado atareado repitiendo, como un
actor que ensayara sus gestos, los movimientos caprichosos de los hombres,
moviendo con ellos la boca (he aprendido todas las lenguas de los hombres, pero
son lenguas huecas, sin sonido) y observándolos, es decir, observando al tigre
en sus pupilas.
Alguna vez he soñado con una imperfección
en el mecanismo de luz y sombra, una grieta de luz que me permitiese verlos de
espaldas, una tregua donde ellos, al voltear velozmente pudieran verme a mí,
pudieran ver las llamas azules y pudieran ver al tigre entre las llamas.
Pero debo explicarme: mi vigilia es
constante, y sin embargo tengo sueños, o recuerdos de sueños. En estos sueños
(o recuerdos) a veces veo un tigre cuyas pupilas me devuelven mi rostro mortal,
otras me veo a mi mismo al otro lado del espejo, pero mi barba es azul y tengo
garras.
En estas alucinaciones fue también que se
me reveló mi destino. La visión de un hombre sin rostro y sin voz me lo
comunicó: Pasaré en esta celda tantos días como arenas tiene el desierto donde
conocí mi derrota.
Sólo imaginar la cifra me resulta
abrumador, pero esa cifra imposible es también la esperanza, sólo Alá es
infinito, sé que un día se acabarán los días, entonces despertaré y el agua del
Yasartes (o el Oxus) seguirá corriendo y yo me encaminaré a la muerte o la
tortura o cualquier otro destino más piadoso. Así sea.
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