Verrà
la morte e avrà i tuoi occhi
C.
Pavese
La primera foto la encontró
en la pava. Se había levantado tarde, pero todavía tenía tiempo para unos
mates, destapó la pava para llenarla y entonces la vio, flotando en ese fondo
de agua, girando de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Sacó la foto,
llenó la pava, la puso en el fuego y se fue al baño. Se mojó la cara con las
dos manos y al levantar la vista para buscarse en el espejo como todas las
mañanas la vio por segunda vez. Si la primera vez lo asombró, esta más bien lo
asustó. Ver una cara distinta en el espejo donde solía estar él le significó un
desplazamiento de la realidad, se buscó en el espejo, sí, ahí estaba, pero esa
foto, esa foto...Se quedó unos segundos mirándola, estaba enganchada en la
grampita del espejo, ahí la dejó. En la cocina la pava lo estaba llamando con
su ruidito habitual.
No recordaba dónde
había puesto la primera ni le importó en ese momento, ya se había hecho tarde y
adiós mate, a la oficina ¡corriendo!
La oficina fue entonces la vigilia, como
borrando los restos de un sueño, el desfile de caras cotidianas y tareas
prolijamente repetidas no dejó nada de ese rostro, pero a las siete, antes de
irse, al abrir un cajón volvió a verla. Cuando llegó no estaba ahí, miró a su
alrededor buscando la cara que se estaba divirtiendo con él (¿Carlos? ¿René?),
pero nadie lo miraba, y entonces reaccionó, no podía ser un chiste, ninguno de
los dos había estado en su casa y él ya tenía dos fotos como esa. Guardó la
foto en el bolsillo de la camisa y salió.
Ya en su casa sacó la foto y luego de
buscar las otras dos se quedó un rato comparándolas. La mujer (las fotos eran de una mujer, la
misma en las tres) era hermosa. Tenía ojos grandes, una mirada muy fuerte. Era
morena, tenía el pelo muy negro y un mechón le caía sobre la frente. Y en todas
tenía la misma expresión: los labios apretados de una forma que la boca se
volvía mínima, apenas un accidente en la cara. A causa de la luz, una sombra le
cubría la mitad del rostro. Había algo de ansiedad en esa cara, era la
expresión torturada de quien espera, o tal vez de quien busca.
“Es ella”, pensó. Las tres fotos eran
diferentes pero era siempre ella, y eso justamente era lo raro, no tanto la
aparición de esas fotos en lugares insólitos como el que la mujer fuera
desconocida. Y si al mirar las fotos dijo “Es ella” fue porque algo se la hacía
terriblemente familiar, aunque él supiera que no la conocía.
Lo dejó ahí, es decir, las dejó ahí, sobre
la mesa, pero no pudo evitar llevar el asunto a la cama y así fue que la mujer
de las fotos apareció en su sueño. En el sueño él camina por un pasillo
totalmente oscuro. Empieza a ver una luz chiquita al final, trata de acercarse,
va tropezando con objetos que no alcanza a identificar, pero le parece que el
pasillo está lleno de cosas. Cuando se va acercando a la mirilla (de ahí viene
la luz) estira la mano tratando de alcanzar el picaporte. La puerta desaparece.
En realidad no desaparece, no hay puerta. Oye una voz y junto con la voz la
cara de esa mujer como un negativo sobre el vano de la puerta que ahora es una
luz muy intensa. La oye decir: “Vine a buscarte”, pero la voz viene como de
atrás, la boca sigue inmóvil, con la misma rigidez de las fotos.
Al día siguiente, caminando por el centro,
creyó verla. Se paró en seco, había sentido su mirada como un golpe por la
espalda, no sabía de donde había venido. Miró alrededor pero no había nadie. Y
sin embargo él estaba seguro de haberla visto. Respondiendo a un impulso miró
la vidriera que tenía frente a él. Era una casa de regalos, y entonces la vio,
perdida en un mar de rostros, entre los portarretratos en exhibición. Pensó que
tal vez era una actriz y que él la recordaría de alguna película, pensó en
preguntarle a la vendedora si la conocía, pero no se animó. Compró el portarretrato
y se fue.
Esa noche volvió a soñarla. En este sueño
ella era la vendedora y el portarretrato que le ofrecía tenía una foto de él,
en blanco y negro, ocre ya de tan vieja. Ella volvía a hablarle: “Te esperé
mucho tiempo, te estuve buscando” Y también esta vez lo decía sin mover los
labios.
Se despertó cuando sonó el timbre, fue
hasta la puerta, miró por el visor y la vio. Era una mujer hermosa, morena. El
pelo, muy negro, caía en un mechón, cruzándole la frente. Tenía una mirada
poderosa, los labios apretados. La luz del vestíbulo le daba de lado, dejando
media cara en sombras.
Y entonces comprendió, o creyó oscuramente
comprender (casi como en un sueño) y sintió un escalofrío repentino en todo el
cuerpo y el horror se apoderó de su voz que apenas pudo articular: “¿Quién es?
“.
“Yo”, dijo La
Muerte.
Simplemente hermoso, como ella...
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