-Ahí viene –dijo Roberto, y corrió hasta el sofá.
Cuando Rosa entró los
encontró dispersos en el living. Uno tirado sobre la alfombra fingía leer, otro
sobre el sofá se escarbaba la nariz sin dejar de mirar en dirección al
televisor, el tercero, un poco más lejos, dibujaba sobre la mesa del comedor.
-¿Se puede saber qué les pasa?
Los tres la miraron sin
decir palabra. Y era como si aún mirándola siguieran absorbidos por el libro,
la tele o el dibujo.
-¿Se puede saber qué les pasa? –repitió. - Hace una hora que estoy
llamando.
Roberto miró el moco
que acababa de sacar, casi estudiándolo, e hizo un ligero encogimiento de
hombros.
-¿No me escucharon?
La miraban. No
respondían. Aunque allá atrás, en la mesa del comedor, Roberto pareció hacer un
ligero asentimiento, sin levantar la vista del dibujo.
-¿No me escucharon? ¡Veinte veces grité “Roberto” y no vino
ninguno de los tres!
Roberto suspiró
cerrando el libro. Su hermano, cansado de amasar la bolita de moco, la pegaba
ahora bajo el almohadón del sofá.
-Roberto –dijo la madre cuando iniciaba una nueva incursión
nasal-, sacate el dedo de la nariz, querés. –Y a todos: -Veinte veces los llamé
¿Se puede saber qué hay que hacer para que contesten? A ver vos, Roberto,
decime algo.
-Mamá –empezó Roberto-, es el nombre…
-¿Qué pasa con el nombre?
Roberto, en la mesa del
fondo, que había levantado la cabeza y mirado un momento a la madre, volvió a
bajarla.
-El nombre… no nos gusta.
Rosa quedó un segundo
suspensa, luego habló, con un tono de incredulidad:
-Es el nombre del abuelo –dijo, como si eso bastase, como si fuera
imposible no ceder a eso.
-Sí –dijo Roberto- …pero ¿los tres?
-¿Y? ¿Cuál es el problema?
El silencio volvió a
reinar, tirante, osco. Hasta que Rosa levantó los brazos al cielo.
-¡Los tres –gritó-. Los tres, y cuando llamo “Roberto” no viene ni
uno! Malos hijos. Los tendría que cagar a azotes ¡A losa tres!
Roberto había vuelto en
busca del moco, pero ahora era una busca nerviosa, llena de ansiedad.
-¿Y cómo quieren llamarse, a ver? –preguntó Rosa, desafiante.
En la mesa del fondo
Roberto fue el primero en animarse a hablar. Había bajado la vista al dibujo,
pero igualmente se le oyó claro.
-Julián –dijo.
Rosa, que parecía
pronta a reírse, se contuvo, y de repente le brotaron las lágrimas. No podía
entender que despreciaran un nombre elegido con tanto amor. Se sorbió los
mocos.
-Era el nombre del abuelo –dijo, apenas audible.
A los demás no les
preguntó, los fue mirando alternativamente.
-Julián -dijo Roberto, sin apartar la vista del moco recién
capturado.
-Desgraciados.
-Julián –dijo Roberto desde el suelo, donde ahora acariciaba el
dibujo de la alfombra.
-No te enojes mamá.
-Mocosos de porquería.
-Julián –repitió Roberto entre los sollozos de su madre.