Verde, dijo
la voz, y él despertó. Se rascó la cabeza y se quedó pensando si había
despertado porque la voz dijo verde o si dijo verde porque él despertaba. No lo
pensó mucho, estaba acostumbrado a acatar y de cualquier forma siempre
despertaba cuando la voz decía verde. Se quedó en la cama fumando, no hacía
fiaca, esperaba apenas que la voz dijera algo más, pero nada. Salvo la palabra
que decía al despertarlo, las otras apariciones de la voz eran aleatorias, es
más, nunca decía nada después de verde, pero él igual la esperó, como todas las
mañanas, y recién cuando el cigarrillo le quemó los dedos abrió la ventana.
En realidad
no era difícil olvidarse de la voz una vez despierto, eran raras las ocasiones
en que volvía a hacerse oír a lo largo del día. Pero esa mañana él estaba
ansioso y se fue derecho al baño para abrir la canilla, como aquella otra
mañana en que la voz le había dicho rojo, pero esta vez no pasó nada, agua
corriendo, el ruido monótono del agua y nada más. Se lavó la cara.
Le
preocupaba esa ansiedad que él mismo se notaba y decidió olvidarse
voluntariamente de la voz. Y sin embargo destapó la azucarera con mano
temblorosa esperando escuchar la voz como aquella otra vez. Volvió a tapar la
azucarera, siempre tomaba el café amargo.
Puso la
taza en la pileta y volvió al baño. Trató de controlar los nervios mientras se
afeitaba pero igual se cortó (y era raro que él se cortara) Una puteada, papel
higiénico. Volvió a la pieza.
Mientras se
vestía logró serenarse, casi ni pensó en la voz. Pero al pasar por el baño
recordó que no se había lavado los dientes. Consultó el reloj, sí, tenía
tiempo. Entró al baño, destapó el dentífrico y se quedó mirando el pomo.
Entonces lo arrimó a la oreja, nada. Nada en el tubo, pero sí en el espejo. La
imagen ridícula de un hombre de cincuenta años apuntándose a la oreja con un
tubo de dentífrico. Le dio rabia, se trató de idiota y salió a la calle. Juró
no pensar más en la voz.
En la
parada se entretuvo mirando a la gente, tuvo tiempo, había perdido el colectivo
de las 8.15. Un chico de unos diez años, una mujer tal vez de veinte, y una
señora mayor. Entonces se preguntó qué cara tendría la voz (porque toda cara
tiene una voz y viceversa). Esto no se le había ocurrido antes, estaba tan
entusiasmado con su nueva idea que ni le molestó haber roto su juramento.
En el micro
se dedicó a estudiar al pasaje, aunque en realidad no había mucho para
estudiar, los que subieron con él y dos hombres, más o menos de su edad.
Ninguno tenía cara de la voz.
Camino al
centro subieron apenas tres pasajeros más, él les fue probando la voz a todos,
pero nada, no podía dar con una cara que se arrimase a la voz, aunque tal vez
esa mujer... Y entonces lo supo, entonces supo aquello que debía saber y sin
embargo no: la voz era mujer. Era raro que
no lo hubiera notado antes, tal vez porque la voz aparecía siempre en la
duermevela, pero ahora lo sabía, era la voz de una mujer. Feliz con su
descubrimiento bajó del micro.
Faltaban
tres cuadras para llegar, consultó el reloj, tenía tiempo. Decidió caminar
despacio para poder probarle la voz a cada mujer que cruzase. Nada en las
primeras dos cuadras, un par que podrían
pero no, y ahora la avenida y luego una cuadra más, una sola hasta la oficina,
hasta la rutina diaria donde olvidaría la voz hasta el otro día. La oportunidad
de encontrarle un rostro a la voz se perdería cruzando la avenida.
Y entonces
sucedió, a mitad de la calzada la voz volvió a aparecer, venía de atrás, más
alarmada que otras veces, pero sin duda la voz. Trató de volverse para
encontrar el rostro pero no llegó a terminar de girar, no alcanzó a ver ni el
semáforo ni a la mujer que le gritó “¡Rojo!”. Apenas vio el camión que se le
vino encima.