domingo, 31 de agosto de 2014

APENAS UN DELINCUENTE

 

      Lo primero que robé fue un chupete. Tal vez esto no signifique mucho para el lector, pero sí para mi terapeuta que tanto insiste con la oralidad. De cualquier forma, yo no veo qué otra cosa podría haber robado con apenas un año de edad ¿Hace falta decir que mi hermano fue la víctima? ¿ Hace falta explicar que sus gritos me delataron? ¿O hablar, acaso, del castigo, primero de los que con el tiempo recibiría? No, anoto esto simplemente como un punto de partida, como el primer recuerdo que tengo de mi enfermedad (porque mi terapeuta insiste con que es una enfermedad).

     A ese recuerdo siguen otros, o mejor sería decir: a ese chupete siguieron otros, cantidades robadas a primitos y niños varios de la guardería, una cantidad de chupetes que en mi memoria se iguala a una simétrica cantidad de castigos. Las víctimas siempre me delataban a grito pelado y, por más que yo hiciera por disimular, a los mayores no les era nada difícil darse cuenta cuál de los chicos tenía dos chupetes en la boca. Ahora me doy cuenta de que esa primera infancia no es justamente la Edad de la Astucia.

     Las cosas recién empezaron a mejorar en el jardín de infantes. Ahí mis víctimas tenían ya la edad de entender una amenaza, y empecé a amenazarlas. No hacía falta gran cosa para asustarlos, nunca tuve que recurrir a  amenazas tales como quemarles la casa, violar a la madre o matar a toda la familia, mis compañeritos eran bastante pajarones, con mentar al Cuco alcanzaba.

     Así fue como empecé a volver a casa con un cargamento de  autitos, chupetines, figuritas y otras yerbas. Tuve que convencer a mi madre de hacerme una bolsita más grande (ella no entendía cómo podía ir con una taza y volver con tres) que luego sería suplantada por una bolsa d arpillera y finalmente por un carrito. Los objetos que robaba no significaban nada para mí, carecían de valor, lo único importante era ese placer ante el despojamiento, el goce de robar. 

     Entrar a primer grado fue tal vez la experiencia más importante de mi carrera delictiva. Ahí conocí gente bastante avispada y pude poner a prueba mi capacidad de liderazgo: formé mi primera banda. El botín (seguía siendo el mismo de mis fechorías anteriores, ahora incrementado por los sánguches a la hora del recreo) era siempre obtenido por medios intimidatorios. Nos gustaba meter miedo y sentíamos un placer indescriptible si alguna de las víctimas (las chicas, casi siempre) se largaba a llorar. Al único que respetábamos era a Jorge Castaño, tal vez porque siempre andaba diciendo “Mi tío es policía”. Ya entonces le temíamos a la ley.

     La banda estaba integrada sólo por varones y estos eran (aparte de mí) Pablito, Lucas, Adrián y el Ladilla (no sabíamos qué cosa querría decir ladilla, pero pensamos que en la banda no podía faltar alguien con tal nombre). Los apellidos no voy a darlos, alguno de ellos ha rectificado sus errores de juventud y no les gustaría verse en estas páginas.

     Con el tiempo fuimos agregando ítems al botín. Lo primero fueron los útiles, hoy un lápiz, mañana una goma, luego la cartuchera completa. Robamos cuadernos, libros, mochilas. Recuerdo un año entero con chicos cursando sin guardapolvo. Recuerdo chicos yendo  a la escuela descalzos. Recuerdo especialmente aquel día en que, salvo cinco, todos recibieron la clase como Dios los trajo al mundo.

     Cuando ya no hubo qué sacarles a nuestros compañeros empezamos a desmantelar la escuela. Lo primero que robamos  en esta etapa fue la bandera y, aunque nos sancionaron duramente por falta de respeto a los símbolos patrios, esto no nos detuvo. Seguimos con puertas y ventanas, las aulas se  volvieron insoportablemente frías y nunca podré olvidar aquel duro invierno sin calefactores (los chicos seguían yendo desnudos, era inútil mandarlos vestidos. La ropa nunca volvía). Seguimos con el mobiliario, las clases eran de pie y se dictaban en forma oral (ya no había pizarrones). Poco antes de que pudiéramos terminar de desmantelar el edificio (ya habíamos conseguido una demolición que nos ofrecía buen precio por los ladrillos) fuimos expulsados los cinco.

     Esa fue la expulsión del paraíso, en la escuela estábamos “contenidos” (otra vez mi terapeuta) mientras que la calle era una selva, y en esa selva habríamos de perdernos definitivamente.

     Nos vimos enfrentados a un mundo de adultos donde nuestras amenazas ya no servían de nada (las más de las veces nos sacaban a patadas), estábamos ante una evidencia: precisábamos armas. Fue así que nos pusimos de acuerdo y, para reyes, encargamos nuestro arsenal: pistolas de agua (que la proximidad del carnaval hacía florecer en los comercios), una espada luminosa y mi batteryoperatedlaserpistol.

     Armados hasta los dientes y ebrios de coraje asolamos el barrio. Heladerías, jugueterías, quioscos, nadie se salvó de nuestra ira, fue la Epoca de Oro. Robábamos y le vendíamos a los proveedores que les volvían a vender a los comerciantes a los que volvíamos a robar y así infinitamente, o casi, porque esta racha duró poco. Los comerciantes indignados se presentaron en comisión ante nuestros padres y ese fue el comienzo del fin: Una patrulla de padres empezó a seguirnos por el barrio. Decidimos separarnos ya  que de esa forma podrían atrapar a uno, pero era improbable que cayera toda la banda. Nos equivocamos.

     Pablito (que siempre fue el menos despierto) cayó primero, al parecer huyó de un quiosco dejando un claro rastro de sus pasos: La patrulla sólo tuvo que seguir los papelitos de Sugus que iba pelando en el camino. A Lucas lo sorprendieron  en una heladería de la calle Artigas y nunca volvimos a saber de él. Adrián, cobarde, se entregó.

     Con el Ladilla tomamos la determinación de no separarnos, sabíamos que el final estaba cerca y cada movimiento podía ser el último. Empezamos a movernos en las sombras, vivíamos escondiéndonos, cada tanto pelábamos una juguetería. Pero lo que tiene que pasar pasa, y por más que extremamos los cuidados, un mal día nos encontraron. Nos sorprendieron a la salida de un quiosco, con los bolsillos llenos de “evidencia”.

     El Ladilla era un tipo práctico, cuando se vio cercado me tomó por la espalda y apretó en mi garganta la espada luminosa “¡Atrás!”, gritó, pero éramos dos y los padres cuatro, por más canillas que pateamos igual nos redujeron.

     Nos pusieron contra la pared y nos palparon de armas, en la pierna, sostenida por la media, encontraron mi batteryoperatedlaserpistol, cuando me la quitaron sentí que me arrancaban un brazo. Luego se llevaron al Ladilla, fue una escena terrible, no soporté ver cómo la madre lo llevaba de una oreja, lloré como una mujer.

     Me quedé solo, a merced de mis padres. Diezmaron mi banda y me redujeron a esta triste vida de niño, sin emoción, sin peligro, donde tratan de reformarme a fuerza de terapia y dibujitos animados. Pero el pasado no se borra así nomás, tengo ocho años, difícilmente pueda enderezarme. La voz de mi destino me llama cada noche. A veces sueño que a caballo y pistola en mano, asalto un tren cargado de juguetes, otras que entro en la caja de seguridad de un banco donde están depositados todos los chupetines del mundo, otras, las menos, sueño una plaza llena de chicos que pedalean en el aire las bicicletas que ya no tienen. Pero, como se entenderá, nunca le cuento estas cosas a mi terapeuta.

 

 

domingo, 24 de agosto de 2014

La última Cena


LA ULTIMA CENA


 

 

     Es cierto, nos gusta la pintura. Pero siempre hemos considerado inútil la actitud del artista que trata de fijar para siempre una imagen en la tela. Al fin todo pasa y la imagen entrevista sólo un segundo no dura más (en la retina del tiempo) que los siglos que alcance un cuadro antes de convertirse en polvo.

     Por eso insistimos en  lo efímero, ejercitándonos cotidianamente en lo que papá llama el “Arte Vital”.

     No importa que mi tía, que no da más, finalmente parpadee, o que yo me rasque la nariz, ni que estas cosas ocurran sucesivamente mientras el resto permanece aún en la fijeza: el destino de todo es corromperse. Y esta corrupción progresiva no es más que el proceso (acelerado) que llevará al polvo a telas famosas.

 

 

     Es también cierto que todos, alguna vez, nos dedicamos a la pintura, y que todos (inevitablemente) pasamos por el taller de Julio Sierra. Pero nos falta originalidad. Mi hermana, por ejemplo, puede hacer un Fragonard que pasaría por auténtico, pero es incapaz de dibujar un perro sin tenerlo delante. Nos sentimos limitados, nuestra imaginación es pobre, y además, confiamos en que ya todo fue hecho, y que no es la creación de nuevas obras lo que importa, sino el insuflarles vida a las que ya existen, crearlas al recrearlas, permitirles vivir un segundo para morir al siguiente, cuando la risa o una tos seca lo desmorone para siempre y lo arranque de esa falsa eternidad que se pretende al demorarlas unos cuantos siglos sobre la tela. Apenas eso queremos, y sabemos que no es poco.

     Todos, decía, estudiamos pintura. La casa es un desorden de pinceles sucios y frascos de trementina, un depósito de caballetes y pomos vacíos, un cementerio de lienzos y bastidores apolillados. Sin embargo, no fue de la pintura que nos vino esta manía por el “Arte Vital”, sino de la fotografía.

 

 

     Mi tía Inés es la loca de las fotos. Vive perdida en sus recuerdos, en el tiempo sin espesor de las fotografías. Y los domingos a la tarde, en esa hora única en que empieza a caer el sol y nos da un llanto sin motivo, para salvarnos del suicidio o algo peor, nos sentamos con ella a mirar fotos, para fingir que no es verdad que el sol se cae afuera, tan domingo y tan triste.

     Una de esas tardes empezó tía Inés a insistir con que esos eran recuerdos muertos y que teníamos que darles vida, animarlos. Y tal vez nosotros, de aburridos, una tarde cualquiera de esas tardes, decidimos darle el gusto. Así, exhumando juguetes, vestidos y sombreros revivimos los momentos culminantes de la vida familiar. Qué trabajo ponerme a los quince el traje de comunión. Qué impudicia que mamá le diera la teta a Luci que ya estaba ella en edad de ser madre. Pero fue ese día justamente que papá, mirando el cuadro (que recordaba más a las revistas de mi cuñado que a la infancia de mi hermana), pensó en Fouquet. Se le representó la “Virgen Coronada” con el pecho desnudo y el niño absorto en sus rodillas. Se le reveló el “Arte Vital”.

 

 

     Las primeras obras fueron escogidas sin cuidado. Mi hermana con un peinado hecho al apuro, le hizo poca justicia a la encajera de Vermeer. Mi cuñado tiró un paño rojo sobre la mesa y, soñador, compuso el rostro sereno del Doctor Gachet. Mamá y papá, en un magnífico anticipo de lo que serían los cuadros de conjunto, compusieron el Gótico Americano de Grant Wood. Yo, que tanto quiero a Soutine, me retorcí de angustia en mi albo de monaguillo y, como yapa, compuse un pastelero de lástima que hizo llorar a todos. Tía Inés, con mi hámster en brazos, representó La Dama del Armiño. Y la abuela prestó sus manos artríticas para un Durero memorable.

     Cada uno a su turno representaba el cuadro frente a un público que se excitaba y comentaba, que reía o lloraba según el tema. Esto duraba hasta que el cuadro empezaba a deshacerse como el maquillaje de una mujer que ha llorado, resbalando de a poco en otra cosa, un gesto que a duras penas persiste en lo que era, una quietud que tiembla de repente y ya no es aunque parezca. Estos momentos eran de gran silencio, toda la familia se concentraba en un gran ojo que iba descubriendo los resquicios por donde lo otro se filtraba en el cuadro hasta que finalmente no quedaba nada y la risa o el llanto volvían a arreciar entre el aplauso eufórico de la familia que brindaba con ese oporto que papá sacaba sólo en ocasiones especiales.

 

 

     Luego nos tomamos las cosas más en serio. Estudiábamos la Pinacoteca de los Genios y discutíamos durante horas sobre la conveniencia de Gioto o de Corot, mientras tratábamos de aplacar a mi cuñado que se exaltaba con las Venus y las Evas.

     Vaciamos los placares, bajamos del altillo los baúles de la abuela y tiramos toda la ropa en el patio, formando una gran pila como en las fogatas de San Juan. Una gran pila de donde todos sacábamos con el gesto codicioso de las comadres en una liquidación.

      Amarillos vestidos de novia y de quince, trajes con naftalina en los bolsillos, todo servía, todo nos conmocionaba y nos hacía soñar. Los viejos géneros de mi abuela fueron los más apreciados. Con ellos pudimos representar una lujosa serie de reyes, príncipes, infantas, almirantes y cardenales.

     Hubo momentos soberbios. Papá, vestido de caballero, le devolvió el aire augusto al personaje de Greco con la mano en el pecho. Luci estuvo preciosa como infanta Margarita, y ese fue el punto de inflexión en nuestro trabajo. Viendo a esa niña, que era a la vez suya y de Velázquez, papá gritó: “Las Meninas”.

     Se hizo un silencio de muerte, todos lo miramos, pero él sólo miraba a Luci, entonces repitió: “Las Meninas”, y mi cuñado rompió el silencio: “Pará la mano”, le dijo, y empezamos a hablar todos a la vez, a quejarnos y a gritar, porque sabíamos que montar eso era imposible o, al menos, muy difícil. Finalmente, lo convencimos de esperar un poco y decidimos hacer algunos cuadros de conjunto más simples para ir ganando experiencia. Papá, a desgano, aceptó.

 

 

    Lo primero que montamos fue el “Concierto Campestre” de Giorgione. Lo recuerdo como si estuviera viendo el cuadro. Me veo a mí vestido de rojo, con el charango que alguien había traído de un viaje al norte y que ahora hacía las veces de laúd, conversando con mi cuñado mientras mamá y tía Inés con sus dorados cuerpos venecianos se ocupan respectivamente de la jarra y de la flauta.

     Sobre este antecedente, excitado, mi cuñado empezó a insistir con cuadros cada vez más osados. Quería hacer Leda y el Cisne, la Olympia de Manet y una serie interminable de bañistas.

     Finalmente accedimos a “La Libertad guiando al pueblo” y salió bastante bien. De más está decir que él se reservó el lugar desde donde, escopeta en mano, le mira los pechos a la Libertad.

     Habíamos confeccionado una larga lista de cuadros de conjunto, pero sólo llegamos a montar tres, a papá se le acabó la paciencia y dijo: “Listo, ahora Las Meninas”.

 

 

     El problema más grande fue representar un cuadro de once personajes con sólo seis. Papá decidió cuáles eran principales y cuales no y así, él y mamá fueron los Reyes, mi cuñado Velázquez, la abuela la Cuidadora de la Infanta, yo, el Aposentador de palacio, tía Inés, de rodillas, la enana, y Betinotti, mi perro, el perro. Mi hermana, ya habituada a su papel, volvió a ser la Infanta Margarita. En suma: prescindimos del empleado real, la enana segunda y las damas de compañía.

     El cuadro fue montado con sumo cuidado. Persistimos en la quietud cuánto pudimos, hasta que tía Inés, que es alérgica a los perros, empezó a estornudar y Betinotti, que es alérgico a la tía, se fue del cuadro; en la escalera, mi pierna en alto comenzaba a acalambrarse y tuve que frotarla. De a poco, la escena entera fue un concierto de tics, risitas y movimientos gimnásticos, y,  finalmente, una algarabía descontrolada.

     Empezamos a abrazarnos y a felicitarnos  con los ojos empapados de felicidad, finalmente lo habíamos logrado: Pudimos con las Meninas.

     Entonces nos dimos cuenta de que papá estaba aparte, serio y reconcentrado. Nos acercamos en grupo, sin animarnos a preguntar y finalmente él habló.

- ¿ Saben quiénes son Las Meninas? - dijo.

     Nos miramos entre nosotros, nos encogimos de hombros y, desconcertados, volvimos a mirarlo con ojos interrogantes.

- Las damas de compañía -dijo- Acabamos de destruir un cuadro que no existe.

 

 

     Pero no todo fue naufragio en “Las Meninas” el cuadro también trajo una solución al problema del público, aquel que es necesario para percibir la decadencia de la obra.

     En un cuadro donde toda la familia era personaje esto no sucedía, o sucedía incompletamente (a veces un personaje miraba a otro, pero sólo eso). Sin embargo, en este cuadro, el grueso de los personajes tiene a los reyes como público, y estos a su vez pueden verse en el espejo del fondo. Ahí le vino a papá la idea de los espejos. Desde entonces todo fue espejos. Espejos sobre las sillas, en las paredes, sobre la mesa, en el suelo. Desde todos los ángulos el cuadro se repetía y sus repeticiones se multiplicaban dentro de otro espejo y así sucesivamente, permitiéndole a cada uno ver el cuadro sin importar en qué posición se encontrara y vigilar a Betinotti que solía abusar de nuestra inmovilidad. También resolvimos un segundo problema: el hecho de montar el cuadro en el espacio nos acercaba más a la escultura que a la pintura, pero puestos frente al espejo, este nos reducía a dos dimensiones que, si bien traducen la perspectiva, no dejan de encerrarnos en un plano simbólico acotado por el marco.

     Además de los espejos estaban los veladores. Habíamos dispuesto veladores por todo el comedor y yo era el encargado de  reproducir el estilo con el sutil juego de luces y sombras que le es propio a cada artista. Aunque a veces los confundía y papá me miraba severo antes de gritar:

- ¡Pelotudo, te dije Goya, no Rembrandt!

     Papá era así, déspota como todo genio. A veces pienso que debió dedicarse al cine.

 

 

     Sin embargo, después de Las Meninas, papá no volvió a ser el mismo. Tenía sus ataques de ira, es cierto, pero después caía en la indiferencia total. Poco le importaba que montáramos Picasso o Millet, casi no colaboraba y si lo hacía descuidaba el vestuario o se estaba tan quieto que tardábamos horas en terminar un cuadro.

     Para sacarlo de su amargura se nos ocurrió hacer algo diferente y así nació la serie de animales.

     Sacando al hámster, que es poco utilizable, el único animal que había en casa era Betinotti. Con él hice una serie de cuadros monótonos (El enano del Cardenal Granvela, El príncipe Baltazar Carlos, cazador...) y cuando el tema parecía agotarse definitivamente, a mi hermana, que es muy naïf, se le ocurrió hacer “Sorpresa” de Rousseau y, como todos nos negamos a que nos pinte rayas en la piel, un buen día, pagando quién sabe qué soborno, se hizo traer un tigre del zoológico.

     El jaulero nos dijo que no íbamos a tener problemas, que el tigre era manso y que a la tarde lo venía a buscar. Y nos dejó con ese bicho viejo y desdentado al que no había forma de sacar de su letargo. Los años de cautiverio le hacían irreconocible el decorado que armamos con las macetas de tía Inés y las plantas de plástico que había en la cocina. Ni siquiera con la lluvia que mamá le hacía con la regadera logramos despertarlo. Era un fracaso, el personaje más quieto en toda la historia del “Arte Vital”. Como último recurso empezamos a chucearlo con un palo hasta que al fin se despertó, desbarató la casa y  ganó la calle donde atemorizó a unas vecinas que volvían de la feria. Las consecuencias fueron terribles: Echaron al empleado del zoológico y a nosotros, por malos tratos con el animal, nos multaron con un mes de trabajos comunitarios que consistían básicamente en limpiar las jaulas del zoológico. No volvimos a insistir con animales.

 

 

     Fue Leonardo quien le devolvió a papá la energía de antaño. Y fue un caluroso 25 de diciembre, mientras comíamos lechón abanicándonos con las servilletas para espantar el aire caliente que se enroscaba al ventilador de techo.

     A papá la inspiración le venía de forma repentina y daba ordenes apremiantes para atraparla en lo fugaz. Así fue que gritó “¡Córranse!” y sin darnos tiempo a tragar, con una fuerza descomunal, empujó la mesa del comedor contra la pared, enfrentándola al espejo. Fue todo tan rápido que la abuela apenas tuvo tiempo de levantarse y yo tuve que tirarme bajo la mesa.

     Hubo, por un momento, un silencio que se cortaba a cuchillo, hasta que, sin dejar de mirarse al espejo, papá dijo: “La última Cena”. Entonces todo fue un griterío, un correr sin sentido chocándonos unos contra otros hasta que finalmente Luci, que tenía el pelo largo, quedó en medio de la escena y los demás nos agolpamos como pudimos en torno a ella, alguno medio atragantado, otro con un hueso en la mano, todos sudando. Nos miramos apenas en ese cuadro imponente que empezaba a declinar, un anacrónico ventilador zumbaba sobre los apóstoles.

 

 

     Como con “Las Meninas”, el cuadro había vuelto a quedar incompleto. Eramos pocos pero nos conformábamos con armar los cuadros así. No queríamos aficionados, intrusos que no saben nada de pintura y que jamás entenderían el fin último del “Arte Vital”.

     Sólo una vez tuvimos extraños en escena, cuando mi cuñado, obstinado en montar cuadros de Gauguin, se trajo a casa esas chiquitas que andaban todo el día en tetas, le decían  “papi” y querían aparecer en todos los cuadros. Así las tuvimos en varias montajes que no las requerían y tía Inés le gritaba a mi cuñado: “¡Sacá esas negritas, querés!”. Pero él no le hacía caso.

 

 

     Fue por esa época que papá volvió a ponerse raro, andaba caviloso y no había cuadro que lo conformara. Nadie entendía qué le pasaba, y nadie se animaba a preguntar.

     Un día nos dijo que iba a reponer “La última Cena”, eso nos sacudió, porque jamás reponíamos un cuadro, ya que, una vez hecho (y deshecho) éste entraba en el olvido del tiempo. Esa era nuestra función, darles vida para que pudieran morir. Y entonces papá nos explicó que lo habíamos hecho mal, que no habían muerto, que nuestros movimientos desarmando la escena eran (y con qué dolor lo dijo) una suerte de escultura viviente y nada más.

- El movimiento -explicó- es la muerte de la quietud de la tela, pero no de lo que representa. Las figuras humanas merecen una muerte humana y piadosa. Porque esos hombres hechos de óleos y pigmentos se van a resquebrajar, se van a convertir en polvo, pero no van a envejecer, ni morir, ni podrirse. Y es nuestro deber, como defensores del “Arte Vital”, darles esa vida que les permita ser lo que son, figuras quietas en una celda de dos dimensiones, y a la vez, humanos seres que se corrompen y mueren.

     Todos nos quedamos callados, no entendíamos bien a qué e refería, pero nos sentíamos profundamente tocados por la humanidad de su discurso y nadie se animó a decir nada.

     Recién al otro día alguien comentó el problema de los personajes. Papá con autoridad, dijo:

-  Más vale la mitad que el todo a medias. Haremos el lado derecho.

     Y cuando osamos proponer otra Cena (Huguet, Cresti, de Juanes), casi nos ladró: “Cena hay una sola”. Y ya nadie se animó a abrir la boca.

 

 

     Papá era muy detallista, pasó dos semanas preparando el montaje, dos semanas en que la casa vivió un silencio de duelo y en que a nadie se le ocurrió representar cuadro alguno. Tía Inés aprovechó esa situación para poner a las “negritas” en la calle.

     Cuando todo estuvo finalmente listo, hicimos un ensayo general. Salió bastante bien, pero papá insistió con que faltaba luz del lado izquierdo y me mandó a comprar un foco de cien.

- De cien ¿entendiste?- Fueron las últimas palabras que oí de mi padre.

     Corrí hasta el almacén remangándome la saya para no tropezar y volví tan rápido como pude. Pero al entrar a casa algo me detuvo y no llegué a cambiar el foco.

     Nunca entendí  qué me detuvo al verlos, ya en sus posiciones, tan quietos como en un cuadro: Mi hermana, con los ojos cerrados, la mano izquierda abierta sobre la mesa, la derecha tratando de alcanzar un vaso; mi cuñado, eternizado en una caricia lasciva en el hombro de tía Inés; mamá que estira una mano tratando de detenerlo; papá que le clava a mi cuñado una mirada reprobatoria; la abuela, que levanta sus manos artríticas en un claro gesto de “yo no fui”.

     Tuve de pronto la sensación de que algo irremediable había pasado y salí corriendo y nunca más volví a entrar a casa.

 

 

     Anduve por la vida, crecí, me hice hombre. Y ahora que el tiempo ha pasado, ahora que dejé de ser un muchacho y los años me agobian con sus recuerdos, me gustaría tener aquellas fotos que tía Inés miraba los domingos, como una forma de consuelo, para contarme que alguna vez fui un chico con traje de comunión y que tuve una familia.

     Pero ya no se puede entrar en la casa. Me he acercado varias veces a mirar por la ventana (esa que en el cuadro está a espaldas de Cristo) y siguen ahí. Mi hermana ha encanecido, mi cuñado apoya en tía Inés una mano cansada que ha olvidado su impudicia. Papá está más doblado. Las moscas han hecho estragos en la comida.

     Traté de entrar pero el olor que salía por debajo de la puerta me lo impidió. Sé que alguno de los apóstoles ha encontrado ya su merecido descanso. Y sé que, uno por vez, todos lo harán.

     A veces, al mirarlos por el espejo del comedor, siento ganas de entrar y sumarme a destiempo a la Cena, la última cena de mi familia. En la punta de la mesa, mi lugar reservado sigue esperando, yo, como Judas, los he traicionado.