domingo, 26 de abril de 2015

EL NOMBRE
 

-Ahí viene –dijo Roberto, y corrió hasta el sofá.

     Cuando Rosa entró los encontró dispersos en el living. Uno tirado sobre la alfombra fingía leer, otro sobre el sofá se escarbaba la nariz sin dejar de mirar en dirección al televisor, el tercero, un poco más lejos, dibujaba sobre la mesa del comedor.

-¿Se puede saber qué les pasa?

     Los tres la miraron sin decir palabra. Y era como si aún mirándola siguieran absorbidos por el libro, la tele o el dibujo.

-¿Se puede saber qué les pasa? –repitió. - Hace una hora que estoy llamando.

     Roberto miró el moco que acababa de sacar, casi estudiándolo, e hizo un ligero encogimiento de hombros.

-¿No me escucharon?

     La miraban. No respondían. Aunque allá atrás, en la mesa del comedor, Roberto pareció hacer un ligero asentimiento, sin levantar la vista del dibujo.

-¿No me escucharon? ¡Veinte veces grité “Roberto” y no vino ninguno de los tres!

     Roberto suspiró cerrando el libro. Su hermano, cansado de amasar la bolita de moco, la pegaba ahora bajo el almohadón del sofá.

-Roberto –dijo la madre cuando iniciaba una nueva incursión nasal-, sacate el dedo de la nariz, querés. –Y a todos: -Veinte veces los llamé ¿Se puede saber qué hay que hacer para que contesten? A ver vos, Roberto, decime algo.

-Mamá –empezó Roberto-, es el nombre…

-¿Qué pasa con el nombre?

     Roberto, en la mesa del fondo, que había levantado la cabeza y mirado un momento a la madre, volvió a bajarla.

-El nombre… no nos gusta.

     Rosa quedó un segundo suspensa, luego habló, con un tono de incredulidad:

-Es el nombre del abuelo –dijo, como si eso bastase, como si fuera imposible no ceder a eso.

-Sí –dijo Roberto- …pero ¿los tres?

-¿Y? ¿Cuál es el problema?

     El silencio volvió a reinar, tirante, osco. Hasta que Rosa levantó los brazos al cielo.

-¡Los tres –gritó-. Los tres, y cuando llamo “Roberto” no viene ni uno! Malos hijos. Los tendría que cagar a azotes ¡A losa tres!

     Roberto había vuelto en busca del moco, pero ahora era una busca nerviosa, llena de ansiedad.

-¿Y cómo quieren llamarse, a ver? –preguntó Rosa, desafiante.

     En la mesa del fondo Roberto fue el primero en animarse a hablar. Había bajado la vista al dibujo, pero igualmente se le oyó claro.

-Julián –dijo.

     Rosa, que parecía pronta a reírse, se contuvo, y de repente le brotaron las lágrimas. No podía entender que despreciaran un nombre elegido con tanto amor. Se sorbió los mocos.

-Era el nombre del abuelo –dijo, apenas audible.

     A los demás no les preguntó, los fue mirando alternativamente.

-Julián -dijo Roberto, sin apartar la vista del moco recién capturado.

-Desgraciados.

-Julián –dijo Roberto desde el suelo, donde ahora acariciaba el dibujo de la alfombra.

-No te enojes mamá.

-Mocosos de porquería.

-Julián –repitió Roberto entre los sollozos de su madre.

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