domingo, 1 de febrero de 2015

ENCARGO
 

-Tardaste mucho –dijo el viejo.

-Nunca es tarde… -empezó el otro.

-Sí, sí, dejá eso.

-En serio que no fue fácil dar con vos.

-No me he movido de aquí.

-Vos no te moviste, pero es que este sitio ha estado en tantas partes.

-Mirá -dijo el viejo sacando una navaja-, la he estado afilando durante veinte años.

   La hoja, casi tan delgada como un cabello daba más risa que miedo. Pero cuando el viejo rayó la sucia madera de la mesa se desprendió una viruta prometedora.

-Eso está bien –dijo el otro-, hay que ocuparse de todo –y distendió los dedos que un segundo antes se habían apretado en un gesto involuntario.

-Una vez me lo hicieron con un cuchillo mellado –bajó el cuello impoluto de la camisa para dejar a la vista el horrendo costurón.

-Chapuceros –murmuró el viejo sin dejar de mirar la navaja, luego, levantando los ojos, preguntó:- ¿Ya es hora?

-Creo que sí –dijo el otro, que permanecía aún de pie. Se quitó el echarpe y el sobretodo y los colgó en una silla, luego sacó del chaleco una moneda que hizo sonar sobre la mesa. –Tu copa –dijo.

   El viejo movió la cabeza en señal de asentimiento. Luego, de repente, dio un salto inesperado y le tajeó la garganta.

   El otro se tomó el cuello con las dos manos. La sangre dibujaba ya sobre la pechera blanca. Cayó al suelo.

   El viejo se acuclilló junto a él. Le vigiló la agonía sólo unos segundos, en los que el otro, haciendo globos de sangre alcanzó a balbucir: “Gracias”

   El viejo volvió a repetir su silencioso gesto de asentimiento y se incorporó. Salió caminando despaciosamente, mientras limpiaba la navaja en el pantalón.

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