domingo, 2 de noviembre de 2014

EL JUEGO         


     El juego se llamaba Encontrar al Abuelo, pero debía de haberse llamado Perder al Abuelo, porque en realidad esa era la esencia del juego y toda su gracia.

     Todo arrancó sin querer, un día que el viejo se fue hasta el club a jugar a las bochas y anduvo dos días perdido. La búsqueda nos tuvo entretenidos a todos. Mi hermana y yo nos turnábamos para hacer guardia junto al teléfono, el tío Quique recorría las comisarías, mamá los hospitales (a mamá siempre le gustaron los hospitales), papá iba a los bares (a papá... bueno, se entiende), hasta la abuela colaboraba, iba de casa en casa preguntando a los vecinos si lo habían visto.

     Al final apareció solo, nunca supimos dónde anduvo. Esa vez la vuelta fue festejada a lo grande. Me acuerdo que armamos mesas con caballetes en la vereda y los vecinos de toda la cuadra vinieron al asado que preparó papá.

     Pero eso no es lo más importante, la desaparición del abuelo fue como un lazo, unió a la familia, nos sentíamos todos más cercanos (me acuerdo que en esos días papá no nos pegaba tanto). Supimos entonces que la vuelta del viejo atentaba contra la unión familiar.

     Recuerdo que un día, mientras Mirta y yo nos peleábamos por una pavada, papá le dijo al abuelo: Usted tendría que irse más seguido, no sabe lo bién que se portaban estos dos. Ahí fue cuando al tío Quique se le prendió la lamparita. Esa noche, cuando el abuelo ya se había ido a dormir, nos reunió a todos en el comedor y nos dijo: Tengo una idea ¿qué tal si lo perdemos al viejo? A mamá se le iluminó la cara, bah, yo me acuerdo de mamá porque la tenía enfrente, pero supongo que a todos nos deben de haber brillado los ojos, porque, admitámoslo, la idea era genial. Así nació el juego.

     Fue también tío Quique quien le puso nombre al juego, y al principio estaba bien porque creíamos que la diversión estaba en buscar al abuelo, pero enseguida vimos que no era así.

     La primera época del juego fue bastante aburrida, consistía en dejar al viejo en cualquier barrio de la ciudad sin un cobre para el viaje, el resto de la familia salía a buscarlo. Nunca lo encontramos, el viejo siempre llegaba antes de que demos con él, casi siempre lo traía algún vecino comedido que lo encontraba por ahí. Entonces pensamos en llevarlo a algún lugar donde no se corriera el riesgo de encontrar un conocido. Así fue como el juego cruzó los límites de la ciudad.

     Un día papá entró a casa y nos dijo: Familia, todo arreglado, hablé con Don Manolo y me presta la chatita, mañana me llevo al viejo. Me acuerdo que saltábamos de alegría, mamá preparó unos sánguches de milanesa y al otro día  bien tempranito lo ayudamos a cargar al abuelo en la caja de la camioneta, y allá salió papá con rumbo desconocido.

     Dos meses tardó en venir el abuelo, dos meses en que, la verdad, no hicimos mucho por encontrarlo, aunque todos disimulábamos. Papá se iba a los bares y volvía, si no con el viejo al menos con flor de mamúa, el tío Quique decía que se iba a buscarlo, pero en realidad se encerraba  a tomar mate en la piecita del fondo. La verdad, buscarlo ya no nos motivaba, ahí descubrimos que la gracia estaba en perderlo, así, cuando volvió, dos meses después, nos peleábamos por ver quién era el próximo en llevarse al abuelo.

     Como papá y tío Quique eran los únicos que manejaban, el resto se quedaba sin viaje, así que empezamos a ir de a dos. Los viajes se hacían cada vez más largos, y así y todo el viejo siempre volvía, la verdad, esto empezó a fastidiarnos, empezamos a ver su vuelta como una prueba de nuestra ineficacia para perderlo. Fue así como un día, al verlo entrar, nos miramos todos a los ojos y sin decir nada comprendimos, esta vez había que perderlo. No esperamos al otro día, papá salió inmediatamente a buscar la chatita y sin darle al viejo tiempo de comer nada (siempre venía en muy malas condiciones) nos pusimos todos en marcha.

     Tres días duró el viaje, cruzamos a Uruguay, después a Brasil y ahí sí, entre gente extraña, idioma extraño, lo largamos, muerto de hambre y sin un peso. Que vuelva ahora si es tan gato, dijo mamá, y nos volvimos. Pasó el tiempo y nada, ni una noticia del viejo, nunca volvimos a saber de él. Y lo que al principio fue la alegría del triunfo, con el tiempo volvió a ser  aburrimiento, Mirta lloraba y preguntaba continuamente ¿cuándo viene el abuelo?, papá se perdía por los bares y volvía borracho, como siempre, pero más triste, el tío Quique ya no salía de la piecita del fondo. Entonces nos dimos cuenta de que sin el abuelo no era lo mismo. Un día yo dije ¿y si lo vamos a buscar? Por un momento todos estuvieron de acuerdo, pero después nos acordamos que Don Monolo ya no nos prestaba la chatita (papá se la había fundido en el último viaje). Hay que admitirlo, dijo papá, se terminó.  Y entonces el tío Quique, que siempre fue una luz, dijo: Oigan ¿y si perdemos a la abuela?, y a mamá se le iluminaron los ojos, o me pareció a mí.

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