domingo, 9 de noviembre de 2014


LA MÁQUINA DEL TIEMPO


 

     El profesor Nicolaus Lupescu inventó, basado en tradiciones literarias más que científicas, una máquina del tiempo.

     Este singular aparato no tenía ni una sola de las tantas lucecitas que el cine le atribuye, era más bien un sillón poco cómodo con posabrazos de madera arañada y nadie sabe a ciencia cierta en qué modo funcionaba.

     Del cuaderno de bitácora de su navegación por el tiempo puede deducirse que el experimento, si bien no fue fallido, tampoco llegó a ser interesante. Parece que a Lupescu le resultó imposible hacer que la máquina se moviera más de cinco minutos hacia atrás o hacia delante. Con lo cual sus viajes lo dejaban más o menos en el mismo sitio aunque con la barba imperceptiblemente más corta o más crecida.

     Devoto del método científico, Lupescu anotaba al milímetro la posición del sol en las baldosas, el mínimo cambio de temperatura y un sinfín de naderías, todas registradas en su cuaderno.

     El entusiasmo de Lupescu no pudo ser enfriado por la gélida recepción que la comunidad científica dispensó a su invento. Y si bien no consta evidencia alguna entre sus apuntes, es dable sospechar que la máquina haya avanzado a coordenadas de tiempo algo más distantes, ya que un buen día el viejo desapareció sin dejar rastro.

     De esta aventura científica sólo se conserva el sillón donde su esposa teje mañanitas y el mencionado cuaderno donde sus nietos registran hoy elefantes, mariposas y casitas con chimeneas.

     La humanidad entera, privada de un avance tan notorio, sigue utilizando para tales viajes el método antiguo, a saber: la novela histórica y la de ciencia futurista.

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