LA MÁQUINA DEL TIEMPO
El profesor Nicolaus Lupescu inventó,
basado en tradiciones literarias más que científicas, una máquina del tiempo.
Este singular aparato no tenía ni una sola
de las tantas lucecitas que el cine le atribuye, era más bien un sillón poco
cómodo con posabrazos de madera arañada y nadie sabe a ciencia cierta en qué
modo funcionaba.
Del cuaderno de bitácora de su navegación
por el tiempo puede deducirse que el experimento, si bien no fue fallido,
tampoco llegó a ser interesante. Parece que a Lupescu le resultó imposible
hacer que la máquina se moviera más de cinco minutos hacia atrás o hacia
delante. Con lo cual sus viajes lo dejaban más o menos en el mismo sitio aunque
con la barba imperceptiblemente más corta o más crecida.
Devoto del método científico, Lupescu
anotaba al milímetro la posición del sol en las baldosas, el mínimo cambio de
temperatura y un sinfín de naderías, todas registradas en su cuaderno.
El entusiasmo de Lupescu no pudo ser
enfriado por la gélida recepción que la comunidad científica dispensó a su
invento. Y si bien no consta evidencia alguna entre sus apuntes, es dable
sospechar que la máquina haya avanzado a coordenadas de tiempo algo más
distantes, ya que un buen día el viejo desapareció sin dejar rastro.
De esta aventura científica sólo se
conserva el sillón donde su esposa teje mañanitas y el mencionado cuaderno
donde sus nietos registran hoy elefantes, mariposas y casitas con chimeneas.
La humanidad entera, privada de un avance
tan notorio, sigue utilizando para tales viajes el método antiguo, a saber: la
novela histórica y la de ciencia futurista.
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