domingo, 21 de diciembre de 2014

LAS SILLAS

     Se arrastran. No sé qué les pasa, pero se arrastran. Lo normal sería que corran a los saltos como todas las noches, que llenen la casa con su trotecito seco, de la sala a la cocina, de la cocina al pasillo. En el pasillo es hermoso, da gusto escucharlas, todas juntas, como un ejército marchando, hacen pensar en caballitos de madera, en caballos de calesita. Pero hoy no, hoy se arrastran y no sé qué les habrá pasado, porque es una noche como cualquiera, mi insomnio es el mismo, la oscuridad es igual. Porque la oscuridad les hace falta, por más que las oiga correr como locas, si entro en la sala y prendo la luz, las encuentro siempre en su lugar, no sé cómo hacen, son ligerísimas, y yo me acerco y nada, ni siquiera las oigo resoplar, se quedan tan calladitas. Así que ya ni siquiera  insisto en sorprenderlas, me quedo nomás en la cama, a oscuras. Ellas nunca entran en la pieza, les oigo el trotecito hasta la puerta y ahí se quedan, quietitas, esperando. Empiezan siempre a correr de a una, la primera va de la sala hasta el living y vuelve, entonces sale la otra y va hasta la cocina, la última no vuelve, se queda en donde esté como llamando a las otras, y ahí empieza el verdadero barullo, ahí se largan a trotar enloquecidas, con sus saltitos secos, con ese ruido a madera que va llenando la casa. En el pasillo se frenan y esperan, siempre esperan. Pero hoy no sé qué les pasa, se andan arrastrando y es un ruido horrible, algo que viene de adentro, de la madera, un frotarse contra el suelo que me llena de angustia. No sé qué les pasa, no sé qué les habré hecho, pero cruzaron la puerta y está oscuro y están ahí y esperan y me huelen con sus belfos de madera y yo no sé qué les hice, no sé qué les pasa, pero ellas saben y saben que ahora tengo miedo.

 

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