EL EXORCISTA
Manuel Delgado vivió en muchas casas y,
sobre todo, en departamentos, lo que le dio oportunidad de conocer mucha gente,
hasta donde la timidez permite conocerla porque (hay que aclararlo) las más de
las veces la relación con los vecinos no pasaba del saludo. Lo que, por otra
parte, no le molestaba, ya que si había algo que no le importaba era la vida de
la gente. No era nada curioso y, además, sostenía que cada cual era libre de
hacer “de su culo un pito”.
Por eso, al mudarse, no le molestó que su
vecino fuera exorcista, ni le molestó que el pasillo de su piso estuviera
siempre lleno de gente haciendo cola para su tratamiento, ni que estos
tratamientos consistieran en sesiones de gritos y músicas extrañas que le interferían
la audición de Mozart, que era en aquella época su único pasatiempo.
Pero lo que sí no toleró fue que esa
libertad que le dejaba a su vecino en sus asuntos se prolongara por las noches
interrumpiéndole el sueño.
Cinco noches pasó escuchando al exorcista
gritar en una lengua incomprensible –que suponía eclesiástica- hasta que una
noche en que tanto “vade retro” lo había desvelado, se le ocurrió golpear a la
puerta de su vecino, donde podía leerse:
DOMINGO VAZZINI
–Médico espiritual-
–Médico espiritual-
El hombre abrió y a Manuel le extrañó que
su vecino (un hombre alto y algo obeso) estuviera en piyama.
-¿Sí? –dijo.
-No puedo dormir.
-Pase –le dijo el otro, y
agregó-: El demonio del insomnio es uno de los peores.
Manuel miró a todos lados y halló el
departamento vacío.
-Pensé que estaba con gente.
-No, no; atendía por
teléfono. Usted sabe, ya no se puede salir a estas horas con la inseguridad que
hay. Las urgencias nocturnas las hago por teléfono.
Cuando el “médico” volvió a insistir con
el demonio, Manuel explicó que no estaba poseído.
-¿Cómo lo sabe? –dijo el
otro.
Manuel lo miró y no supo qué decir.
-Ya sé, ya sé, me dirá que
usted no gira la cabeza 360 grados ni tiene el don de lenguas ni... Eso sólo
pasa en las películas. Yo le diré si está usted endemoniado. Dígame ¿su vida es
un desastre?
Débil de carácter como era, Manuel olvidó
que lo que le quitaba el sueño era, justamente, el barullo de su vecino y
respondió bajando la cabeza.
-Ajá, ya veo –dijo el
médico-. Cuénteme ¿ya ha pensado en suicidarse?
Manuel, asombrado, contestó que no.
-Bien, estamos a tiempo, como
me lo imaginaba. El insomnio es apenas el primer síntoma. Aún podemos
expulsarlo.
Y sin pérdida de tiempo pasó a ofrecerle a
Manuel la variedad de sus servicios. El exorcismo clásico, en latín
subtitulado, con doble esperjado de agua bendita y abundante incienso. El
jamaiquino, con máscara ritual y tutú de paja, donde el exorcista le bailaba
alrededor hasta caer en éxtasis, momento en el cual –explicó- el demonio lo
abandonaría para entrar en él (no explicó qué haría luego con el demonio). El
criollo, que expulsaba al demonio con una purga para caballos mientras el
celebrante, de pie sobre el bidet, recitaba décimas gauchas. Y por último le
ofreció una sesión combinada de los tres anteriores más un Valium sin cargo.
Manuel, al imaginar al hombre en tutú
jamaiquino, bailándole y recitándole décimas gauchas, intercalando ahijunas y
vaderetros, y salpicándolo de agua bendita mientras él se aferraba al inodoro,
tuvo de pronto una visión de lo que sería el infierno y, ya dispuesto a dar su
negativa, se vio impedido por el “médico” que, sin dejarlo hablar, le dijo:
-Le conviene contratar
seguro.
-¿Seguro?
-Sí, contrate exorcismo más
resurrección.
-¿Es que me va a matar?
-El diablo es astuto. Con tal
de llevarse su alma antes de que yo logre expulsarlo, es capaz de acabar con
usted. Por eso le conviene contratar resurrección. Siempre y cuando, claro,
usted quiera volver –Manuel entendía cada vez menos-. Porque si no puede
contratar reencarnación. Tiene cinco posibilidades: cuadrúpedos, aves, insectos
(no le conviene), peces o plantas.
El “médico” miró a Manuel que oscilaba
entre el asombro y la duda y, ayudándolo, dijo:
-Cuadrúpedo está en promoción
todo este mes.
Cuando el “médico” pasaba a explicar el
costo del tratamiento y las modalidades de pago, Manuel, que había vuelto a
tener una visión del “médico” en tutú, ahora junto a una planta que era él,
salió corriendo.
Al día siguiente había conseguido un
departamento en otro edificio, en un piso sin vecinos y, si bien logró dormir
todas las noches, no por eso le fueron bien las cosas.
Una semana después lo echaron de su
trabajo. La angustia por la incertidumbre de su situación económica le agrió el
carácter haciendo que el noviazgo que había iniciado a poco de mudarse se
rompiera de forma abrupta y escandalosa. Ella lo acusó de ese fin y le echó en
cara crueldades que él no estaba seguro de haber cometido. Finalmente lo
despidió con palabras crueles:
-¡Andá a cagar!
No
fue hasta dos días de pasear su angustia por los bares que, ebrio y desolado,
resolvió quitarse la vida.
Pero, indeciso como era, consultó un
“Manual para suicidas” que encontró en la Biblioteca Pública.
Luego de hojear con escalofrío las variantes del fin que se disponía a
acometer, dio con la solución a su problema: En la página 115 se mencionaba el
caso de un señor holandés que se había ido de este mundo a causa de una
sobredosis de laxantes, y, si bien se hacía notar que tal vez fue un involuntario
error de dosificación, el libro no dejaba de recomendarlo como método.
Recién entonces recordó Manuel a su
vecino, el “médico espiritual” y repasando los últimos sucesos de su vida
terminó por darle la razón al diagnóstico y decidió pedirle ayuda.
Dudaba aún en entrar al edificio cuando,
por la vereda de enfrente, vio pasar a la que fuera su novia del brazo de otro
hombre. Humillado hasta los huesos, Manuel Delgado tocó el timbre con
desesperación.
-¿Quién es? –contestó una voz
irritada.
-Quiero el criollo –dijo
Manuel-, y sin seguro.
CANCION DE NAVIDAD
Manuel Delgado tuvo una
navidad la infeliz ocurrencia de vestirse de Papá Noel. No es que tuviera
hijos, sobrinos o vecinos en edad de engañar con este tipo de artificios, ni
que le hubieran contratado (como suele suceder en estas fechas) para sonar la
campana en la puerta de alguna juguetería. No, fue por propia iniciativa y sin
fin preciso que alquiló el disfraz rojo y blanco que incluía una barba y una
peluca enrulada, blancas, como complemento. Y fue por esa falta de un fin a la
vista que una vez vestido frente al espejo, no supo qué hacer con tal disfraz.
Se miró largo rato, acomodó la almohada
que le abultaba el vientre y movió una de las pobladas cejas que había hecho
con algodón ya que el disfraz no las incluía.
Del desconcierto pasó Manuel a la
identificación. Se vio tan bien con aquel traje que dejó incluso de sentirse él
mismo y creyó realmente que era el viejo del trineo. Fue entonces cuando
descubrió lo molesto de su falta de ocupación y se decidió a remediarlo dándole
utilidad a aquellas fachas. Esa navidad sería Papá Noel.
Descartó para comenzar todo ese tema del
trineo y los renos por parecerle accesorio y sobre todo, difíciles de conseguir
en una ciudad balnearia y en pleno verano. Por lo que pensó que su vieja
bicicleta no dejaba de ser un vehículo decente y si se tiene en cuenta el color
(roja y blanca) incluso acorde. También desistió de la mentada costumbre de
entrar por las chimeneas ya que siempre la había considerado impracticable y
además no había en la ciudad ni un 10 por ciento de casas que contaran con una.
En realidad estos preparativos los hizo Manuel
en Julio, lo que le dio unos cuantos meses de ventaja para resolver el tema
principal a saber: obtener los juguetes que regalaría a los niños pasadas las
cero horas del día veinticinco.
No contando con medios para
proporcionárselos, se decidió por la vía más económica del robo. Tomaba un
juguete en cada lugar que visitaba e incluso le robaba a los niños descuidados
en las plazas. Pero la fecha decisiva se acercaba y Manuel apenas había llenado
cuatro bolsas de consorcio con lo que –pensaba- no llegaría a recorrer dos
calles, y teniendo como plan regalar juguetes en toda la ciudad (porque el
mundo le pareció mucho para una primera vez) se dispuso a redoblar sus
esfuerzos.
Y redoblarlos significó ponerse el traje
por anticipado. De esa forma no tendría que esconder un pequeño juguete en el
bolsillo sino que podía robar cuanto quisiera e ir engrosando el vientre
desprovisto aún de la almohada. Así esta versión flaca de Papá Noel iba
engordando de juguetería en juguetería para adelgazarse de noche en su casa y
comenzar al día siguiente esta dieta de plástico y peluche.
Pero los empleados de las jugueterías no
tardaron en darse cuenta de las actividades del Papá Noel supuesto y no es que
hubiera llamado la atención por su manera inhábil de agenciarse los juguetes
como que su apariencia por demás desusada a esas alturas del año lo ponía en
evidencia, sino de latrocinio, al menos de algo raro. Cada vez que entraba en
un negocio tenía todos los ojos puestos en él y en más de una oportunidad hubo
de salir corriendo dejando tras de sí un delator reguero de autitos y muñecas.
De ser más astuto hubiera buscado otra
forma de conseguir los juguetes, pero Manuel no veía más allá de sus narices y
su barba postiza. Así cuando llegó la navidad era ya el hombre más buscado por
la policía y poblaba las tapas de los diarios en un identikit que a decir
verdad aportaba más bien poco. Había pasado las últimas semanas recluido en su
casa y recién el veinticuatro asomó a la calle. Esperó la caída del sol y puso
en marcha la bicicleta. En la primera casa donde tocó timbre fue bien recibido.
Los chicos, que no estaban aún acostados, se le colgaban de los pantalones y le
daban besos en la barba. Así se lo recibió varias veces, en algunas casas le
convidaron con sidra o le envolvían paquetes con nueces y turrones. Pero no
todos los vecinos de la ciudad eran tan desprevenidos: algunos leían los
diarios y pasó que en una casa donde Manuel se puso a discutir con un niño que
reclamaba la pelota que había pedido en su carta, alguien sospechó del generoso
falso anciano y, preventivamente, llamó a la policía.
Cuando las sirenas se anunciaron en el
barrio Manuel soltó al niño que tenía ya de las solapas mientras le gritaba
“Mocoso angurriento” y emprendió la fuga. A las pocas cuadras se le salió la
cadena y no queriendo perder tiempo continuó a pie su desesperada carrera,
mientras de la bolsa iba sacando juguetes que arrojaba en los jardines de las
casas. Al doblar una esquina descubrió a un hombre vestido como él que apoyado
en la pared e inclinado sobre sus rodillas tomaba aire. Estaba agitado y Manuel
comprendió que también lo corrían.
-Sáquese el disfraz –dijo Manuel-,
así lo reconocerá cualquiera.
-No es un disfraz –dijo el
otro.
-Que tonto soy –agregó
Manuel.
-Es típico de aficionados.
La urgencia de una sirena no dejó lugar
para seguir con la enigmática charla. Los dos ancianos (el verdadero y el
falso) corrieron juntos un par de cuadras.
-Cada uno por su lado
–gritó Manuel-. Tal vez uno de los dos pueda salvarse.
Corrieron en direcciones opuestas y luego de tres cuadras, a la luz de un farol, encontró Manuel un agente que ya se estaba llevando el silbato a los labios. Más allá la avenida se abría como un río. “Aún quedan muchas calles para escapar”, pensó. Y aferrándose a la bolsa agregó: “Aún quedan muchas casas por recorrer”.
SOBRE LA CAIDA
DEL CABELLO
A Manuel Delgado se le quedaron una mañana
varios pelos enredados en el peine. Pensó entonces en su amigo Luís que unos
días atrás le había recomendado un tónico para el cabello y quiso recordar el
nombre, pero no pudo.
La coincidencia de estos dos hechos (la
caída del pelo y el olvido farmacéutico) llevó a Manuel a elaborar una de sus
teorías. Esta decía que los recuerdos se llevan en la cabeza pero no -como todo
el mundo cree- del lado de adentro, sino por fuera. Y que se almacenan,
justamente, en el cabello.
Tras enunciar mentalmente el disparate,
Manuel contó los pelos que habían quedado atrapados en el peine y comprobó que
eran cuatro. Lo que le indujo a pensar que además del nombre del tónico, había
otras tres cosas que ya no lograría recordar.
Acometió la absurda empresa de revisar sus
recuerdos pero, tras repasar la lista de cumpleaños de sus padres, amigos y
conocidos, y el nombre completo de sus amores imposibles, cayó en la cuenta que
la suma de saberes adquiridos era también parte de su memoria y repasarlos le
representaría un trabajo no tanto arduo como inútil, ya que nunca se daría
cuenta si algo le faltaba porque no tendría ocasión de recordarlo. La
preocupación de Manuel fue en el terreno del conocimiento más grande que en el
de la onomástica ya que le deba gran importancia a su condición de persona
instruida. Y por alguna razón, de lo que había estudiado, lo que más aprensión
tenía de perder eran sus nociones de geografía. Tal era el miedo que se dijo que
lo primero que debía hacer era llamar a Luís, pero no pudo recordar el
teléfono, y eso en vez de inquietarlo, lo tranquilizó. “Uno menos”, pensó y se
convenció de que los dos pelos restantes guardarían sin duda otros tantos
recuerdos superfluos e imaginó que seguramente eran estos recuerdos los que se
caían primero, ya que por ser tan poco importantes (¿quién compararía el
teléfono de Luís con los nombres de cada una de las islas de la Polinesia?) se
almacenaban en los cabellos más débiles. De todas formas decidió comprar el
tónico (el que le recomendara Luis u
otro, ya el farmacéutico sabría de alguno).
Cuando al día siguiente Manuel quiso llegar
hasta la farmacia se dio cuenta de que había errado el camino y tras andar unos
quince minutos se dijo que así no llegaría nunca a un local que, por cierto,
estaba a la vuelta de su casa. Como pudo desanduvo las calles recorridas y
recomenzó el trayecto. Cinco veces intentó llegar a la farmacia y cinco veces
se perdió. Eto le causó cierta consternación ya que se dio cuenta de que la
farmacia no era tan superflua como un número telefónico, y volvió a temer por
sus nociones de geografía. Para tranquilizarse repasó mentalmente los nombres
de los 1827 fiordos de Noruega y al ver que todos estaban ahí, respiró aliviado.
Luego le pidió encarecidamente a un transeúnte que lo guiara hasta una
farmacia. El hombre lo miró con cara de pocos amigos, pero ante los ruegos de
Manuel lo tomó del brazo y lo introdujo en el local que tenían frente a sus
narices.
Manuel entró con la emoción del viajero que
ha vuelto al hogar y le agradeció al hombre con un abrazo lleno de moco y
lágrimas del que este logró zafarse para salir corriendo.
Cuando el empleado lo atendió se vio algo
confundido por el pedido de Manuel:
-Necesito algo
para el pelo, porque ando muy mal de la memoria.
De todas maneras el empleado le vendió el
tónico y Manuel, que se había hecho no sólo recomendar sino incluso jurar la
efectividad del producto, se encaminó a la puerta abrazando la botella. Pero,
antes de salir, sintió la duda mordiéndole la espalda. Pensó que tal vez no
sabría llegar hasta su casa y, sin perder tiempo, destapó el envase y se volcó
la mitad del contenido en la cabeza. Más tranquilo, pudo por fin volver a su
casa.
Desde aquel día, cada mañana Manuel se daba
un vigoroso masaje en el pelo empapado de tónico mientras repasaba los volcanes
de los Andes o los ríos de España. Dejó de peinarse por un sentimiento
supersticioso que le impedía ver los avances del tratamiento antes de terminar
el frasco. Así es que se iba a la oficina con el pelo mojado de esa loción que
con el correr de las horas iba volviéndose una costra gris repulsiva. La gente
en la calle y los compañeros en la oficina empezaron a alejarse de él a causa
del olor del tónico y sobre todo de las moscas que, atraídas por ese mismo
olor, revoloteaban todo el día en los alrededores de Manuel como satélites de
su cabeza.
Pasadas dos semanas, Manuel terminó el
frasco y con él el tratamiento. Lleno de incertidumbre, se paró frente al
espejo y se peinó con los ojos cerrados y conteniendo la respiración. Dos
minutos después comenzó a abrirse al mundo. La boca primero para que el aire
entrara en cantidad. Los ojos después. Miró el peine, lo acercó a la luz, lo
examinó con lupa. No había un sólo pelo en ese pedazo de plástico dentado, ni
en la pileta ni en sus hombros. Manuel lloró unas lágrimas tibias que le
alcanzaron la boca. Chupó las lágrimas, sorbió los mocos y sonrió frente al
espejo. Le había ganado la batalla al olvido.
No fue sino hasta una semana después que
Manuel empezó a notar los efectos contrarios del tónico. Al parecer, tanta
loción no sólo le devolvió los recuerdos perdidos y con ellos los pelos, sino
que le hizo crecer el cabello de una forma desmedida. Manuel se apartaba a cada rato el pelo de la cara,
se rascaba la barba que, como continuación natural del cabello, le crecía de
tal forma que se veía obligado a afeitarse unas cinco veces al día.
Este fenómeno piloso le hizo pensar a Manuel
que cada uno de esos pelos nuevos representaba nuevos recuerdos. Y así,
examinándose la memoria, dio con cosas que tenía olvidadas (y que atribuyó a
los pelos-recuerdos que había perdido y recuperado) y con otras de las que no
tenía la menor idea. Recordó cumpleaños en los que no había participado y
viajes que nunca había hecho. Recordó mujeres que nunca había conocido amándolo
con una disposición que el sexo femenino jamás había tenido con él. Y
finalmente, con horror, recordó canalladas que él, Manuel delgado, se sabía a
salvo de cometer. Estos últimos pensamientos empezaron a amargarle el carácter,
se veía perseguido por los recuerdos de alguien que no era él, y sentía el alma
sucia y sin sosiego al punto de no poder conciliar el sueño por las noches.
Una de esas noches de insomnio, mirando el
techo vio algo, un crimen tal vez, que lo enloqueció por completo. Esa noche
salió a la calle dando alaridos y se perdió para siempre. Nadie, ni en la
oficina ni en el barrio, volvió a saber nada de él. Alguien comentó que había
creído reconocerlo en una estación de trenes. Estaba hecho un pordiosero y
hablaba solo a la vez que se arrancaba los pelos a mechones. Pero nadie pudo
creer que se tratara de Manuel Delgado.
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