LA TAZA
El que le
vendió la taza aseguraba que en ella podía uno ver su propia muerte.
Sin
embargo, cuando sirvió el café, o mejor dicho, cuando el humo hubo menguado
como para permitirle ver, sólo encontró su rostro.
- Me engañaron- dijo con la voz aun asomada a la
taza. Fue lo último que dijo.
Quién sabe
si alcanzó a verse con la muerte puesta en ese largo segundo entre el disparo a
sus espaldas y el rostro golpeando en el café.
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