DE LAS REVOLUCIONES DE LAS ESFERAS CELESTES
Cierta vez la relojería celeste falló. Se
saltó un engranaje o vaya uno a saber qué y de pronto un día el sol no salió.
En vano lo esperaron por occidente y, los que descreen de las brújulas, por
otros lados. No salió. Cuando a la siete de la tarde, la humanidad, que se da
por vencida fácilmente, se había ya resignado a vivir en tinieblas,
milagrosamente empezó a clarear.
Consultado al respecto, el Colegio Suizo
de Relojeros explicó que arreglar la máquina celeste era un trabajo arduo y
costoso y que más valía adelantar los relojes doce horas y seguir como si nada.
Así se salvó la situación y todos
olvidaron aquel día equívoco. O casi todos. Los porfiados se negaron a cambiar
la hora de sus relojes y siguieron viviendo
a la antigua. Hoy casi todos han conseguido trabajos de sereno y cuando
veranean abarrotan las playas por las noches, usan lentes oscuros y se ponen
bronceador, por las dudas.
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