domingo, 29 de marzo de 2015

LA VOZ 

 

     Verde, dijo la voz, y él despertó. Se rascó la cabeza y se quedó pensando si había despertado porque la voz dijo verde o si dijo verde porque él despertaba. No lo pensó mucho, estaba acostumbrado a acatar y de cualquier forma siempre despertaba cuando la voz decía verde. Se quedó en la cama fumando, no hacía fiaca, esperaba apenas que la voz dijera algo más, pero nada. Salvo la palabra que decía al despertarlo, las otras apariciones de la voz eran aleatorias, es más, nunca decía nada después de verde, pero él igual la esperó, como todas las mañanas, y recién cuando el cigarrillo le quemó los dedos abrió la ventana.

     En realidad no era difícil olvidarse de la voz una vez despierto, eran raras las ocasiones en que volvía a hacerse oír a lo largo del día. Pero esa mañana él estaba ansioso y se fue derecho al baño para abrir la canilla, como aquella otra mañana en que la voz le había dicho rojo, pero esta vez no pasó nada, agua corriendo, el ruido monótono del agua y nada más. Se lavó la cara.

     Le preocupaba esa ansiedad que él mismo se notaba y decidió olvidarse voluntariamente de la voz. Y sin embargo destapó la azucarera con mano temblorosa esperando escuchar la voz como aquella otra vez. Volvió a tapar la azucarera, siempre tomaba el café amargo.

     Puso la taza en la pileta y volvió al baño. Trató de controlar los nervios mientras se afeitaba pero igual se cortó (y era raro que él se cortara) Una puteada, papel higiénico. Volvió a la pieza.

     Mientras se vestía logró serenarse, casi ni pensó en la voz. Pero al pasar por el baño recordó que no se había lavado los dientes. Consultó el reloj, sí, tenía tiempo. Entró al baño, destapó el dentífrico y se quedó mirando el pomo. Entonces lo arrimó a la oreja, nada. Nada en el tubo, pero sí en el espejo. La imagen ridícula de un hombre de cincuenta años apuntándose a la oreja con un tubo de dentífrico. Le dio rabia, se trató de idiota y salió a la calle. Juró no pensar más en la voz.

     En la parada se entretuvo mirando a la gente, tuvo tiempo, había perdido el colectivo de las 8.15. Un chico de unos diez años, una mujer tal vez de veinte, y una señora mayor. Entonces se preguntó qué cara tendría la voz (porque toda cara tiene una voz y viceversa). Esto no se le había ocurrido antes, estaba tan entusiasmado con su nueva idea que ni le molestó haber roto su juramento.

     En el micro se dedicó a estudiar al pasaje, aunque en realidad no había mucho para estudiar, los que subieron con él y dos hombres, más o menos de su edad. Ninguno tenía cara de la voz.

     Camino al centro subieron apenas tres pasajeros más, él les fue probando la voz a todos, pero nada, no podía dar con una cara que se arrimase a la voz, aunque tal vez esa mujer... Y entonces lo supo, entonces supo aquello que debía saber y sin embargo no: la voz era mujer. Era raro que  no lo hubiera notado antes, tal vez porque la voz aparecía siempre en la duermevela, pero ahora lo sabía, era la voz de una mujer. Feliz con su descubrimiento  bajó del micro.

     Faltaban tres cuadras para llegar, consultó el reloj, tenía tiempo. Decidió caminar despacio para poder probarle la voz a cada mujer que cruzase. Nada en las primeras dos  cuadras, un par que podrían pero no, y ahora la avenida y luego una cuadra más, una sola hasta la oficina, hasta la rutina diaria donde olvidaría la voz hasta el otro día. La oportunidad de encontrarle un rostro a la voz se perdería cruzando la avenida.

     Y entonces sucedió, a mitad de la calzada la voz volvió a aparecer, venía de atrás, más alarmada que otras veces, pero sin duda la voz. Trató de volverse para encontrar el rostro pero no llegó a terminar de girar, no alcanzó a ver ni el semáforo ni a la mujer que le gritó “¡Rojo!”. Apenas vio el camión que se le vino encima.

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