domingo, 1 de marzo de 2015

FOTOS

 
 

Verrà la morte  e avrà i tuoi occhi

C. Pavese

 

                    La primera foto la encontró en la pava. Se había levantado tarde, pero todavía tenía tiempo para unos mates, destapó la pava para llenarla y entonces la vio, flotando en ese fondo de agua, girando de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Sacó la foto, llenó la pava, la puso en el fuego y se fue al baño. Se mojó la cara con las dos manos y al levantar la vista para buscarse en el espejo como todas las mañanas la vio por segunda vez. Si la primera vez lo asombró, esta más bien lo asustó. Ver una cara distinta en el espejo donde solía estar él le significó un desplazamiento de la realidad, se buscó en el espejo, sí, ahí estaba, pero esa foto, esa foto...Se quedó unos segundos mirándola, estaba enganchada en la grampita del espejo, ahí la dejó. En la cocina la pava lo estaba llamando con su ruidito habitual.

No recordaba dónde había puesto la primera ni le importó en ese momento, ya se había hecho tarde y adiós mate, a la oficina ¡corriendo!

     La oficina fue entonces la vigilia, como borrando los restos de un sueño, el desfile de caras cotidianas y tareas prolijamente repetidas no dejó nada de ese rostro, pero a las siete, antes de irse, al abrir un cajón volvió a verla. Cuando llegó no estaba ahí, miró a su alrededor buscando la cara que se estaba divirtiendo con él (¿Carlos? ¿René?), pero nadie lo miraba, y entonces reaccionó, no podía ser un chiste, ninguno de los dos había estado en su casa y él ya tenía dos fotos como esa. Guardó la foto en el bolsillo de la camisa y salió.

     Ya en su casa sacó la foto y luego de buscar las otras dos se quedó un rato comparándolas.  La mujer (las fotos eran de una mujer, la misma en las tres) era hermosa. Tenía ojos grandes, una mirada muy fuerte. Era morena, tenía el pelo muy negro y un mechón le caía sobre la frente. Y en todas tenía la misma expresión: los labios apretados de una forma que la boca se volvía mínima, apenas un accidente en la cara. A causa de la luz, una sombra le cubría la mitad del rostro. Había algo de ansiedad en esa cara, era la expresión torturada de quien espera, o tal vez de quien busca.

 

     “Es ella”, pensó. Las tres fotos eran diferentes pero era siempre ella, y eso justamente era lo raro, no tanto la aparición de esas fotos en lugares insólitos como el que la mujer fuera desconocida. Y si al mirar las fotos dijo “Es ella” fue porque algo se la hacía terriblemente familiar, aunque él supiera que no la conocía.

     Lo dejó ahí, es decir, las dejó ahí, sobre la mesa, pero no pudo evitar llevar el asunto a la cama y así fue que la mujer de las fotos apareció en su sueño. En el sueño él camina por un pasillo totalmente oscuro. Empieza a ver una luz chiquita al final, trata de acercarse, va tropezando con objetos que no alcanza a identificar, pero le parece que el pasillo está lleno de cosas. Cuando se va acercando a la mirilla (de ahí viene la luz) estira la mano tratando de alcanzar el picaporte. La puerta desaparece. En realidad no desaparece, no hay puerta. Oye una voz y junto con la voz la cara de esa mujer como un negativo sobre el vano de la puerta que ahora es una luz muy intensa. La oye decir: “Vine a buscarte”, pero la voz viene como de atrás, la boca sigue inmóvil, con la misma rigidez de las fotos.

     Al día siguiente, caminando por el centro, creyó verla. Se paró en seco, había sentido su mirada como un golpe por la espalda, no sabía de donde había venido. Miró alrededor pero no había nadie. Y sin embargo él estaba seguro de haberla visto. Respondiendo a un impulso miró la vidriera que tenía frente a él. Era una casa de regalos, y entonces la vio, perdida en un mar de rostros, entre los portarretratos en exhibición. Pensó que tal vez era una actriz y que él la recordaría de alguna película, pensó en preguntarle a la vendedora si la conocía, pero no se animó. Compró el portarretrato y se fue.

     Esa noche volvió a soñarla. En este sueño ella era la vendedora y el portarretrato que le ofrecía tenía una foto de él, en blanco y negro, ocre ya de tan vieja. Ella volvía a hablarle: “Te esperé mucho tiempo, te estuve buscando” Y también esta vez lo decía sin mover los labios.

     Se despertó cuando sonó el timbre, fue hasta la puerta, miró por el visor y la vio. Era una mujer hermosa, morena. El pelo, muy negro, caía en un mechón, cruzándole la frente. Tenía una mirada poderosa, los labios apretados. La luz del vestíbulo le daba de lado, dejando media cara en sombras.

     Y entonces comprendió, o creyó oscuramente comprender (casi como en un sueño) y sintió un escalofrío repentino en todo el cuerpo y el horror se apoderó de su voz que apenas pudo articular: “¿Quién es? “.

“Yo”, dijo La Muerte.

 

 

 

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