domingo, 4 de enero de 2015

LICANTROPIA


     La idea fue de Mecha y tengo que admitirlo: fue una buena idea, avivó la relación. No es que no hubiera pasión entre nosotros, no sé cómo explicarlo, era más bien como si el tiempo nos hubiera aletargado los instintos. Hacer el amor se había vuelto un acto mecánico, como preparar café. No había novedad, no había sorpresa, nos sabíamos de memoria y eso, en vez de ahondar la intimidad, la había ido achatando. Nuestra vida sexual en esos tiempos era sosa, e intuyo que Mecha pensó que en cualquier momento yo iría a buscar la sal fuera de casa y que por eso se le ocurrió lo del disfraz. Es raro que nunca me haya explicado cómo se le ocurrió, y ahora ya es tarde para preguntarle.

     Tampoco sé cómo entró Lucio en el juego. Ella insistía con que teníamos que tener un cazador. Yo replicaba que en ese caso tendríamos que tener también una abuela. Si no hubiera sido tan ciego podría haber visto en ese momento cómo iba a terminar todo. Tal vez el final podría haberse evitado, comerse la hombría o ejercitarla con un portazo, pero los portazos se dan a tiempo o no se dan.

     Pero me estoy adelantando. Hay que agarrar la madeja desde la punta porque si no, no se va a entender nada.

     El disfraz apareció una tarde, después del taller. Volví a casa como todos los días, sabiendo que la rutina me esperaría con el beso y el mate, algún “¿cómo te fue?” o “¿estás cansado?”. Y en lugar de eso una sonrisa colgándole en los labios, la canasta, el vestidito, el disfraz en suma.

     Recuerdo que miré la canasta, la miré a ella y le pregunté qué significaba. “Para la abuela”, dijo y como vio que yo seguía sin entender agregó: “Caperucita”.

     Supongo que yo estaba muy cansado, porque todo aquello me pareció una pelotudez soberana y se lo dije “Dejate de joder” le dije, y de un manotazo (que aún hoy trato de explicarme) le hice volar al diablo la canasta. Fue entonces que sucedió, cuando Mecha se dio vuelta para levantar la canasta. Fue ahí, al agacharse, cuando mis ojos subieron por los muslos hasta esa porción de lencería tan mínima que su función de cubrir parecía absurda.

     Quién sabe qué cosas dormidas despertaron en mí en ese momento, qué afrodisíaco esconde la mezcla del mundo infantil y el adulto, ese desplazamiento de la realidad en medio del living, ese florecimiento de zonas oscuras en la superficie de lo cotidiano, algo atávico inundando la sangre como un veneno furioso.

     La tomé como antes, como años antes, y aunque ella gritaba que no, que así no, que eso no era el juego, no le hice caso, apenas alcancé a preguntarle “¿La nena?”. “Con mamá” dijo.

     Pero cuando el fuego cedió y los cuerpos se estiraron ella volvió a decir que no, que así no, que había que jugar el juego.

     Entonces empezaron las representaciones, la abundancia de detalles creciendo día a día. Siempre me sorprendía con algo nuevo y siempre algo nuevo despertaba en mí, algo animal que se abría paso en la sangre cada vez que la atacaba y que me iba volviendo cada vez más violento. Un día llegué a golpearla. “Puta –le dije-, puta” y le di un cachetazo que me dolió a mí, que me asustó. Fue como despertar de un sueno. Temblé, toda mi humanidad tembló y casi llorando le pedí disculpas. “Está bien –me dijo-, no es tu culpa”.

     Pensé que el juego terminaba ahí, pero al otro día ella volvió a vestir su disfraz, a renovar la ceremonia y la hoguera. Yo traté de controlarme, duró poco. A los dos días me encontré golpeándola y mordiéndola hasta casi lastimarla. “Seguí” dijo ella. Y yo seguí. Envuelto en un sudor de miedo, seguí.

     Esos juegos eran la felicidad y el espanto. A veces la golpeaba con los puños cerrados. Le pedí mil veces que cambiáramos de juego. Probamos otros disfraces, otros ritos, pero no era lo mismo, irremediablemente volvíamos al bosque. Ese juego se volvió para nosotros un refugio, un jardín secreto. Un lugar que era la casa pero también una cabaña, un bosque, pastos que aparecían entre los muebles cada mañana luego que el micro se llevaba a la nena al jardín, a ese otro lugar donde los lobos eran de mentira.

     Hasta que llegó Lucio y  con Lucio todo cambió. Ahí Mecha empezó a insistir con el cazador, a hacer solapadas menciones sobre el nuevo vecino y, finalmente, a pedirme que trajéramos a Lucio al juego. Al final terminamos llevando el juego a Lucio. Los tres hablamos un día y él dijo que era mejor así, que un lobo sin luna no era lobo, que tenía que ser de noche y que en su casa no abría problemas. Así, cada noche, después de que la nena se dormía, íbamos a lo de Lucio.

     La primera noche fue devastadora. Al principio el juego se desarrolló igual que siempre y a pesar de que la casa era opresiva y yo me sentía incómodo, pude saciar mis instintos y terminar la escena.

     Entonces entró Lucio con la escopeta, una escopeta verdadera, y al miedo se sumó el miedo. El sudor se me heló como si el tacto frío del metal me hubiera entrado por la vista. Fue eso, una confusión de sentidos y un segundo helado y silencioso. Entonces Lucio hizo aquel ruido con la boca. Juro que el disparo existió. No sé dónde me dio pero algo dentro mío se rompió. Me quedé paralizado y él, al ver que no reaccionaba, repitió ese ruido seco. Entonces desperté, la rueda volvió a girar y me tiré al piso.

     Lucio se sacó la ropa y se acercó a la cama. Me paré y quise detenerlo, pero Mecha dijo (o gritó): “El juego es el juego” y yo no pude reaccionar. Vaya a saber por qué, qué se había roto en mí, en qué lugar me había alcanzado el tiro de mi desgracia. Sólo sé que la rueda siguió girando y el juego continuó.

     Con el tiempo noté que ella disfrutaba especialmente el final del juego. Cuando entraba el cazador en escena se le iluminaban los ojos. Una vez muerto el lobo, ella lo recompensaba a Lucio con una ferocidad que yo no le conocía.

     Me molestaba tener que quedarme en el suelo mientras ellos hacían el amor. Trataba de no verlos, de no verla. De a poco aprendí a tomar posición en el momento de morir para que la cama quedase fuera de mi campo visual, pero oírlos era lo mismo.

     Todo fue cambiando entre nosotros. Durante el día no nos hablábamos. Cada vez que la miraba ella desviaba la vista y seguía haciendo sus cosas. Yo sólo existía durante la noche, y tampoco entonces podía tenerla: Lucio se adelantaba siempre y me mataba antes de que pudiera tocarla. El resto de la noche era para ellos.

     Una mañana traté de volver a lo de antes, a nuestro bosque y nuestro juego. La tomé por sorpresa y reaccionó muy mal. “Soltame, imbécil” gritó. Me clavó unos ojos que quemaban y dijo: “Ni se te ocurra tocarme”. Entonces decidí terminar, se lo dije, le dije que se quedara con Lucio, que yo me iba del juego y de su vida. “Hacé lo que quieras” me dijo, y volvió a las tazas que estaba lavando. La miré, esperaba que se diera vuelta, que dijera algo. Al final me fui a trabajar.

     Cuando cerré el taller empecé a caminar sin rumbo. Di vueltas por incontables calles que eran el laberinto de mi desesperación. Llegué a casa muy tarde. La nena ya se había dormido y Mecha fumaba en la cocina. Le dije que había vuelto para juntar mis cosas y que no iba a molestarla. Entonces se largó a llorar. Suplicó, me dijo que todo iba a ser como antes, que había hablado con Lucio esa tarde y que él aceptaba dejarme a mí jugar al lobo, que él sólo me mataría y ese  sería el final del juego, y no habría más que eso, que esa noche, cuando volviéramos a casa, Lucio se abría terminado y volveríamos al juego de antes, en nuestro bosque y sin cazadores. Le dije “Escuchame...”pero me interrumpió. “Por favor” dijo.

     Subimos en silencio y en silencio la ayudé a vestirse. Mientras le prendía el vestido noté que las manos me temblaban. Todo era tan absurdo. Salimos a la vereda, esa noche la luna estaba roja. “Mala luna” pensé, y entramos a lo de Lucio.

     Cuando empezamos el juego quise aullar y me salió una queja afónica. Sabía que algo iba a andar mal, aunque sólo supe que sabía luego que todo pasó.

     Cuando llegó el momento de saciar mis instintos apareció Lucio. La miré a Mecha y ella sólo sonrió. “Yo me voy” dije, temblando de rabia. Lucio me detuvo. “Tirate –dijo, y mirando la escopeta-, está cargada”. Traté de abrirme paso hasta la puerta y sentí el golpe de culata en la columna, caí de rodillas. “No seas boludo, querés –dijo-. Tirate y no jodas”. Mecha se reía. Me tiré al suelo y sentí cómo caía sobre mí la ropa que Lucio se iba sacando. Entonces dijo: “Hay que ver si el lobito está bien muerto” y empezó a patearme las costillas y los riñones. Mecha no paraba de reírse.

     Aguanté. Lo único que quería era que todo terminara de una vez para correr a casa a ahogarme en llanto y desnudarme de tanta humillación.

     Me quedé en el suelo. Por la ventana veía la luna, pero era más bien como si ella me mirara, como si ese disco rojo fuera un ojo distante que miraba en mí algo que no era yo, algo que me habitaba y que sin embargo no era yo, o yo no quería que lo fuese.

     Entonces pasó. Empecé a oír los gemidos de Mecha y algo volvió a despertarse en mi sangre, algo empezó a aullarme en las venas, algo que me ensordecía. Me levanté de un salto y alcancé a agarrar la escopeta antes de que Lucio reaccionara.

     Fueron sólo tres golpes amortiguados por los gritos de Mecha. Lo vi yacer y lo escupí con todo el desprecio del mundo. Mecha seguía gritando cuando subí a la cama. Empecé a golpearla, ella trató de defenderse, me mordió el brazo y ver sangre me excitó aún más. La golpeé con tanta furia. “Te gustaba, te acordás, te gustaba, puta”. Aullé, la golpeé y la violé. Con las uñas y los dientes me abrí paso hasta lo más íntimo de su cuerpo, pasé toda la noche cebándome en su sangre.

     Aullé hasta que la claridad del día, esa luz sucia de las primeras horas, esa mugre donde se inicia el día, me arrancó de esa locura. De repente sentí frío, sólo en ese momento me supe desnudo. Busqué la ropa y me vestí como si al deshacer uno de los actos de esa noche todos pudieran deshacerse. Después revolví toda la casa buscando cigarrillos. Fumé hasta las siete, había que volver a casa, preparar el desayuno y despertar a la nena, pero antes ducharse, sin duda.

     Al despertarla preguntó por mamá. Le dije que dormía. Desayunamos y sólo cuando el micro dobló la esquina, me decidí a terminar todo. Le avisé a mi suegro que pasara a buscar a la nena por el jardín y llamé a la policía.

     Aparecieron con cinco celulares, lo que me pareció una exageración. Después vino el resto: las parvas de titulares que hablaban del caníbal, esas notas que acumulaban sin cansancio palabras como pasional, turbio, sexo, demencia. Las rondas de psiquiatras, los interrogatorios y por fin estas cuatro paredes blancas (tan suaves), donde la luna se refleja cada noche (cada noche que hay luna) mientras aúllo interminablemente como si buscara abrirme la garganta en un grito imposible, desmesurado, inabarcable.

    

 

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