Desde el niño que esta mañana lo pateó en
las canillas mientras miraba una vidriera hasta el que le robó la billetera en
el subte, todos son del grupo, todos somos sus amigos: y lo ayudamos.
Nos movemos a diario por la ciudad
acechando sus pasos, corremos con diligencia a hacerle zancadillas, a escupirlo
en las ventanillas de los trenes, a robarle la carpeta que apoyó en el suelo
para atarse los zapatos.
Todo artista necesita su cuota de dolor,
necesita recibir de la vida esa aspereza que lo hará infeliz, pero también
grande.
Muchas mujeres militan en el grupo, se van
turnando, lo seducen y lo abandonan. Hemos comparado las cartas que les envía,
se supera cada día. Cada nueva frustración nos lo muestra más cerca del ideal,
cada nueva carta que leemos nos hace
llorar de felicidad, y en las lágrimas de cada uno leemos lo mismo: Vamos por
buen camino.
Las fuerzas del orden colaboran. Cada
tanto lo detienen sin motivo, lo golpean en los fondos de alguna comisaría, lo
hacen pasar la noche en un calabozo, lo obligan a dormir desnudo sobre los
mosaicos, al otro día lo sueltan. Esto no es nada fácil. La policía cuenta con
hombres muy sensibles que sufren horrores sometiéndolo a estos vejámenes, pero todo
es por su bien. Eso nos decimos todos y eso nos consuela.
¡Lo queremos tanto! A veces tendríamos
ganas de acariciarlo, de prestarle el hombro o el pañuelo, pero sabemos que así
solo lograríamos alejarlo del Ideal. Que sufra entonces, que se haga inmortal.
Su dolor es nuestra felicidad, vamos por buen camino.
Y es un camino largo. Hemos invertido ya
muchos años en su desdicha. Hemos sido el padre golpeador y el maestro que lo
avergonzó frente a la clase, la mujer que no lo amó y el editor que rechazó sus
obras. Aparte de esto hemos sido cada mínimo accidente cotidiano, cada empujón,
cada tropiezo, cada uno de los eslabones de esa cadena que lo ata al
sufrimiento, para que no haya en la más mínima conversación trivial, tregua
alguna a sus desdichas. Sólo nosotros sabemos los tormentos que pueden
desencadenarse al pedirle la hora a un transeúnte o al comprar media docena de
facturas.
Pero incluso las obras más grandes llegan
a su fin, y sabemos que el nuestro está cerca. Últimamente ha escrito sus
mejores poemas y tememos que la meseta en que ahora se encuentra comience su
declive. No queremos verlo caer, no podemos dejar que se malogre. Sabemos que
ahora tiene que terminar todo, para que de aquí en más sus obras sólo conozcan
la gloria, para que empiece a crecer ya para siempre, para que, como Carlitos,
cada día cante mejor.
Al principio pensamos en un accidente,
pero no se ajustaba a la leyenda trágica que deseábamos crear, por eso nos
hemos puesto de acuerdo para redoblar nuestros esfuerzos y arrastrarlo de una
vez por todas a la locura o al suicidio (o ambos), que para un poeta siempre
sería un final más decoroso.
Pondremos todo nuestro empeño, todo
nuestro amor en este último tramo. Se vive entre nosotros esa agitación previa
a los grandes acontecimientos. Algunos ya han comprado sus trajes para ir al
entierro, ya casi somos completamente felices. Una sola cosa perturba nuestra
dicha: a veces nos preocupa que vaya a quemar sus manuscritos. Que Dios no lo
permita.
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