TODOS LOS CABALLOS VAN AL CIELO
Siempre había imaginado el cielo como un lugar celeste, decorado con esponjosas nubes de algodón donde algún ángel de blanca túnica y aureola dorada tañería una lira. Es decir, que su imaginación acataba la iconografía celeste como la de cualquier creyente falto de iniciativa. Por eso, al llegar, el verde ruidoso del pasto fue lo que más lo golpeó. Disgustado, buscó la puerta donde, se suponía, San Pedro lo estaría esperando, pero sólo encontró una tranquera. Al otro lado el verde del pasto era casi azul. Desconcertado, intentó franquearla. Un potro, salido quién sabe de dónde, se le interpuso. Se miraron largamente a los ojos. Es decir, él se miró en las brillosas esferas del animal; el potro parecía no mirarlo. Movía de lado la mandíbula inferior mientras mascaba la hierba azul.
El hombre por fin se
decidió: Permiso –dijo- tengo que pasar.
No recordaba que en el
catequismo le hubieran hablado jamás de animales en el cielo, pero este estaba
ahí y le estorbaba. Tampoco recordaba haberle hablado antes a un caballo, esto
lo alteró un poco, pero se disculpó pensando que era una confusión provocada
por el desconcierto que tan extraño lugar le provocaba. Mientras el animal
masticaba imperturbable buscó en su memoria las palabras indicadas. Encontró un
¡Jo!, un ¡Arre! Pero no llegó a pronunciarlas. El caballo ahora le estaba
hablando, es decir, producía unos sonidos que él conocía como relinchos, pero
que, sin embargo, entendió perfectamente.
-No puede pasar-dijo el equino.
-Tengo que pasar –respondió él aún algo perplejo.
-¿Por?
-He sido justo.
-¡Jiiiiiii…!-el animal piafó o rió-.Entonces le erró de lugar.
-¿Cómo que le erré? ¿Este no es el cielo?
-Efectivamente.
-Entonces tengo que pasar.
-¿Usted me vio a mí? ¿Se vio usted? ¿No notó que somos un poquito
diferentes?
-¡Usted es un caballo!-gritó el hombre.
-¡Mirá que novedad! Eso es lo que le quiero explicar, Hombre. Este
no es el cielo de ustedes, es el ¡Nuestro!
-¿Cómo?
-Que el de ustedes es el otro, el de las nubes y los angelitos.
-Caramba
-Le erró de puerta, mi amigo.
-Yo no pasé por ninguna puerta, me morí y aparecí acá.
-¿No atravesó el túnel?
-No me acuerdo.
-Haga memoria ¿No había un túnel con una luz al fondo?
-Me parece que sí.
-Vio, usted estiró la mano, tocó la manija y entró. Le pasó de
apurado. Si hubiera esperado un cachito, se acostumbraba a la luz cegadora y
veía que justo al lado había otra puerta. Esa era la suya.
-¿Y esa puerta dónde está?
-Ahí-dijo el bruto haciendo un movimiento circular con la cabeza.
El hombre se volvió y vio la puerta, parada en medio del pasto y salió
corriendo.
-¡Venga, hey!
-¿Qué pasa?
-No puede volver.
-¿Cómo? ¿Y la puerta?
-Es para entrar.
-¿Y por dónde se sale?
-No se sale
-¿No se sale?
-No, imagínese que si lo dejamos salir, usted en vez de entrar por
la otra puerta se me va por el túnel y resucita. Hemos tenido cada problema.
Por eso le sacamos el picaporte del lado de adentro.
-¿Y ahora?
-Y, va a tener que esperar al intercambio.
-¿Y eso?
-Usted no es el único que se equivoca, mi amigo. A veces alguno
nuestro va a parar allá. Cada mil años hacemos el canje de confundidos.
-¡Mil años!
-Mil.
-Qué macana ¿Y ahora qué hago? ¿Me tengo que quedar acá?
-Mil años.
-Y usted ¿no me podría dejar pasar? Así espero más cómodo. Porque
tendrán alguna comodidad ¿no? Una silla al menos.
-Nosotros la silla la dejamos en la tierra, junto con el freno y
las riendas, acá somos libres, señor.
-Quiero decir un lugar para sentarme.
-El pasto.
-Algo para comer…
-El pasto.
-Un baño…
-El pasto.
-Pucha.
-Mire, usted me cae simpático ¿sabe qué? Lo voy a dejar entrar,
acá la va a pasar bien, pero, eso sí, tiene que colaborar.
-Seguro.
-Algo para hacer le vamos a encontrar.
-Lo que sea.
El animal relinchó
sonoramente. Un segundocaballo vino al trote.
-A ver Pepe, llevámelo al señor a Recreación, por favor.
-Como mande, jefe.
-Acompáñelo, amigazo.
-Chau-dijo el hombre, aturdido-. Y gracias, eh.
Caminaba junto al segundo
caballo aplastando el pasto azul. Miraba a todos lados. A lo lejos le pareció
distinguir a un hombre que, desnudo, corría. Alguien, un bruto, sin que pudiera
él comprender cómo, le arrojó un lazo. Lo capturó y al acercarse gritó
“¡Huija!” y lo montó. El hombre cayó aplastado por el equino, pero se incorporó
y en cuatro patas empezó a avanzar con el animal en sus espaldas. Otros
caballos se acercaron y con unas fustas que llevaban entre los dientes le
golpeaban las nalgas desnudas. “Ico, ico”, relinchaba el jinete.
-Por acá, señor.
Habían llegado a una
segunda tranquera. Él, boquiabierto por el espectáculo que acababa de
presenciar se volvió. Ahora había otro caballo que los saludaba moviendo la
cabeza. El hombre recordó lo que había dicho el otro. “Esto debe ser
Recreación”, pensó y una oscura idea de su destino fue tomando forma. Miró
alrededor, vio el brasero y el hierro entre las brazas.
-Un sellito, nomás-dijo el caballo.
A ver, humano? Relaje, esto es como una picadura de abeja nomás...
ResponderEliminarVió, al final no sintió nada!!!
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