domingo, 21 de septiembre de 2014

PENELOPE



     Cuando mamá dijo “Me voy” papá apenas levantó la vista del tejido. Yo pensé que iba a decir algo, pero no, la miró apenas. Mamá estaba como petrificada, observándolo con furia, casi masticándolo con los ojos. Por fin entendió que papá no iba a decir nada y empezó a girar en sentido contrario al mundo, es decir, se fue.
     Papá la miró irse, yo creí que iba a llorar, pero ese día parecía empeñado en contrariar mis previsiones, ni lloró ni dijo nada, miró un momento la puerta por donde se había ido mamá y volvió la vista al tejido.
     Tejer, creo que no lo vi hacer otra cosa en las semanas siguientes. La casa se fue  llenando de bufandas, todas en la gama del gris o en colores terrosos, yo me di cuenta de que papá estaba triste. Antes de que mamá se fuera, él tejía siempre en colores vivos. Las bufandas de antes, con sus franjas interminables en rojo, amarillo, naranja o verde, desaparecieron de la casa. Nunca supe a quién se las regaló –si es que las regaló a alguien -, tal vez las tiró a la basura, quién sabe. Pero desde que mamá se fue la casa se oscureció. Papá tejía incontables carpetas que almidonaba y ponía bajo las lámparas, los ceniceros y el teléfono.
     El también se volvió un poco gris. Cuando no estaba tejiendo se paseaba por la casa como una sombra, acariciaba al pasar alguna carpeta, acomodaba las pilas de bufandas sobre el sofá del living; ya no cantaba.
     Porque papá cantaba muy bien, “Parece una calandria” decía tía Irene, pero mamá se había llevado todos los discos y él era muy tímido, nunca hubiera cantado solo. En casa no había radio y la televisión se prendía a la tarde, cuando papá miraba la novela.
     La casa sólo dejaba de estar gris por la mañana, cuando un desfile de mujeres -vecinas comedidas y amigas de mamá- entraba y salía llenando la cocina con los colores chillones de sus delantales, afanándose en ayudar con la comida, lavar los platos o la ropa.
     Papá no entendía tanto alboroto sin sentido, él siempre se había ocupado de la casa, incluso estando mamá. Se sintió invadido por el enjambre de delantales y se refugió en el living, ahí se pasaba el día tejiendo.
    La tía y las vecinas le traían lana, yo empecé a entender que se lo disputaban.
    “Qué buen hombre es tu padre- decía tía Irene- Tu madre no sabe lo que ha hecho”.
     La tía se pasaba el día en casa, pero papá no le prestaba atención, era como si al irse mamá algo se hubiera ido con ella. Además, tanta presencia femenina lo enervaba, no precisaba una mujer, la precisaba a mamá.
     Las vecinas tardaron en entenderlo, por eso estuvieron tanto tiempo mortificándolo con esa invasión a su timidez. El apenas les dirigía la palabra, se refugiaba en su soledad pudorosa, en el living, en el tejido y la novela.
     Cuando las mujeres entendieron como venía la mano desaparecieron. Habían venido de a una, invadiendo la casa de a poco, como esas mariposas solitarias que aparecen con los primeros calores, y luego se habían vuelto un bloque, un enjambre de colores que zumbaba por toda la casa y en la cocina sobre todo. Yo esperaba un éxodo igual, de a una por vez, pero se fueron juntas, como si hubieran acordado hacerlo de esa forma. Tal vez el gesto de camaradería les hacía  más soportable la derrota.
     Recuerdo que cuando se fueron, yo seguía viendo sus delantales chillones por toda la casa, como esas manchas que nos hace ver el sol. Pero con el tiempo los ojos se me fueron acostumbrando y entonces me di cuenta de lo gris que se había vuelto la casa.
     La única que se quedó fue tía Irene. Tuvo un cambio de actitud muy grande, parecía ignorar el desdén de papá y aprovechó la huida de las otras para tomar posesión de la casa, tal vez sentía que de esa forma ocupaba el lugar de mamá, tal vez pensó que así se ganaría a papá. Pero era un gran error, mamá nunca se ocupó de la casa, eso le tocaba a papá.
     Pero la tía estaba decidida y no pudiendo arrancarlo del mutismo lo arrancó del tejido como un primer paso para alejarlo de mamá y de la espera. Con la excusa de una repentina alergia a la lana hizo desaparecer todas las bufandas, quitó todas las carpetas de sobre los muebles y, en un acto de crueldad innecesaria, le dobló en dos las agujas de aluminio. Creo que se arrepintió en el acto, en los ojos de papá brilló el odio. Desde ese momento papá se encerró en su mutismo. Es cierto que antes tampoco le hablaba, pero ahora era distinto, ahora había un silencio cargado de hostilidad.
    La casa no dejó de ser gris por faltarle las bufandas, y encima se volvió más fría, el aire era irrespirable, no sé si por ausencia de la lana o por el silencio. La tía empezó a estornudar, como si en castigo por mentir le hubiera dado una alergia verdadera.
     Con el paso de los días papá se fue encerrando más y más en la televisión, ya casi no salía del living, a veces se dormía en el sofá, la tía iba de noche y lo arropaba, creo que se sentía culpable. No podía reparar lo que había hecho, pero al menos no volvió a molestarlo. Sólo a veces la impotencia le ganaba a la culpa y entonces le hablaba a papá con palabras filosas: “No va a volver, convencete”. Papá no decía nada y eso era lo que más la fastidiaba, sabía que en ese silencio estaba mamá y sentía rabia de no poder arrancarla de ahí como de los muebles.
     Así se vivía en la casa, así estaban las cosas cuando volvió mamá.
Nunca supe por qué volvió. Cuando sonó el timbre la tía fue a atender, y ver a mamá fue como ver al diablo, no dijo nada, la miró un instante y corrió a encerrare en la cocina. Mamá traía una valija, la dejó al lado de la puerta y entró, me miró apenas, me acarició el pelo y preguntó por papá. Yo no pude contestarle, estaba como atontado. Me sonrió, me dijo que estaba cansada, hablaba muy despacio, fue a sentarse en el sofá  “Qué frío hace en esta casa” dijo.
      Papá bajaba la escalera, no sé si la vio o la oyó hablar, pero desapareció un momento y volvió con una bufanda, era de las de antes, no sé de donde la sacó, tan azul y verde y roja, fue hasta el sofá y se la puso  a mamá por los hombros, ella le sujetó las manos y papá le apoyó la boca en el pelo. Se quedaron así, inmóviles, en esa eternidad precaria de las fotos, mientras tía Irene lloraba en la cocina. 

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