A ese recuerdo
siguen otros, o mejor sería decir: a ese chupete siguieron otros, cantidades
robadas a primitos y niños varios de la guardería, una cantidad de chupetes que
en mi memoria se iguala a una simétrica cantidad de castigos. Las víctimas
siempre me delataban a grito pelado y, por más que yo hiciera por disimular, a
los mayores no les era nada difícil darse cuenta cuál de los chicos tenía dos
chupetes en la boca. Ahora me doy cuenta de que esa primera infancia no es
justamente la Edad
de la Astucia.
Las cosas recién
empezaron a mejorar en el jardín de infantes. Ahí mis víctimas tenían ya la
edad de entender una amenaza, y empecé a amenazarlas. No hacía falta gran cosa
para asustarlos, nunca tuve que recurrir a
amenazas tales como quemarles la casa, violar a la madre o matar a toda
la familia, mis compañeritos eran bastante pajarones, con mentar al Cuco
alcanzaba.
Así fue como
empecé a volver a casa con un cargamento de
autitos, chupetines, figuritas y otras yerbas. Tuve que convencer a mi
madre de hacerme una bolsita más grande (ella no entendía cómo podía ir con una
taza y volver con tres) que luego sería suplantada por una bolsa d arpillera y
finalmente por un carrito. Los objetos que robaba no significaban nada para mí,
carecían de valor, lo único importante era ese placer ante el despojamiento, el
goce de robar.
Entrar a primer
grado fue tal vez la experiencia más importante de mi carrera delictiva. Ahí
conocí gente bastante avispada y pude poner a prueba mi capacidad de liderazgo:
formé mi primera banda. El botín (seguía siendo el mismo de mis fechorías
anteriores, ahora incrementado por los sánguches a la hora del recreo) era
siempre obtenido por medios intimidatorios. Nos gustaba meter miedo y sentíamos
un placer indescriptible si alguna de las víctimas (las chicas, casi siempre)
se largaba a llorar. Al único que respetábamos era a Jorge Castaño, tal vez
porque siempre andaba diciendo “Mi tío es policía”. Ya entonces le temíamos a
la ley.
La banda estaba
integrada sólo por varones y estos eran (aparte de mí) Pablito, Lucas, Adrián y
el Ladilla (no sabíamos qué cosa querría decir ladilla, pero pensamos que en la
banda no podía faltar alguien con tal nombre). Los apellidos no voy a darlos,
alguno de ellos ha rectificado sus errores de juventud y no les gustaría verse
en estas páginas.
Con el tiempo
fuimos agregando ítems al botín. Lo primero fueron los útiles, hoy un lápiz,
mañana una goma, luego la cartuchera completa. Robamos cuadernos, libros,
mochilas. Recuerdo un año entero con chicos cursando sin guardapolvo. Recuerdo
chicos yendo a la escuela descalzos.
Recuerdo especialmente aquel día en que, salvo cinco, todos recibieron la clase
como Dios los trajo al mundo.
Cuando ya no hubo
qué sacarles a nuestros compañeros empezamos a desmantelar la escuela. Lo
primero que robamos en esta etapa fue la
bandera y, aunque nos sancionaron duramente por falta de respeto a los símbolos
patrios, esto no nos detuvo. Seguimos con puertas y ventanas, las aulas se volvieron insoportablemente frías y nunca
podré olvidar aquel duro invierno sin calefactores (los chicos seguían yendo
desnudos, era inútil mandarlos vestidos. La ropa nunca volvía). Seguimos con el
mobiliario, las clases eran de pie y se dictaban en forma oral (ya no había
pizarrones). Poco antes de que pudiéramos terminar de desmantelar el edificio
(ya habíamos conseguido una demolición que nos ofrecía buen precio por los
ladrillos) fuimos expulsados los cinco.
Esa fue la
expulsión del paraíso, en la escuela estábamos “contenidos” (otra vez mi
terapeuta) mientras que la calle era una selva, y en esa selva habríamos de perdernos
definitivamente.
Nos vimos
enfrentados a un mundo de adultos donde nuestras amenazas ya no servían de nada
(las más de las veces nos sacaban a patadas), estábamos ante una evidencia:
precisábamos armas. Fue así que nos pusimos de acuerdo y, para reyes,
encargamos nuestro arsenal: pistolas de agua (que la proximidad del carnaval
hacía florecer en los comercios), una espada luminosa y mi
batteryoperatedlaserpistol.
Armados hasta los
dientes y ebrios de coraje asolamos el barrio. Heladerías, jugueterías,
quioscos, nadie se salvó de nuestra ira, fue la Epoca de Oro. Robábamos y le
vendíamos a los proveedores que les volvían a vender a los comerciantes a los
que volvíamos a robar y así infinitamente, o casi, porque esta racha duró poco.
Los comerciantes indignados se presentaron en comisión ante nuestros padres y
ese fue el comienzo del fin: Una patrulla de padres empezó a seguirnos por el
barrio. Decidimos separarnos ya que de
esa forma podrían atrapar a uno, pero era improbable que cayera toda la banda.
Nos equivocamos.
Pablito (que
siempre fue el menos despierto) cayó primero, al parecer huyó de un quiosco
dejando un claro rastro de sus pasos: La patrulla sólo tuvo que seguir los
papelitos de Sugus que iba pelando en el camino. A Lucas lo sorprendieron en una heladería de la calle Artigas y nunca
volvimos a saber de él. Adrián, cobarde, se entregó.
Con el Ladilla
tomamos la determinación de no separarnos, sabíamos que el final estaba cerca y
cada movimiento podía ser el último. Empezamos a movernos en las sombras,
vivíamos escondiéndonos, cada tanto pelábamos una juguetería. Pero lo que tiene
que pasar pasa, y por más que extremamos los cuidados, un mal día nos
encontraron. Nos sorprendieron a la salida de un quiosco, con los bolsillos
llenos de “evidencia”.
El Ladilla era un
tipo práctico, cuando se vio cercado me tomó por la espalda y apretó en mi
garganta la espada luminosa “¡Atrás!”, gritó, pero éramos dos y los padres
cuatro, por más canillas que pateamos igual nos redujeron.
Nos pusieron
contra la pared y nos palparon de armas, en la pierna, sostenida por la media,
encontraron mi batteryoperatedlaserpistol, cuando me la quitaron sentí que me
arrancaban un brazo. Luego se llevaron al Ladilla, fue una escena terrible, no
soporté ver cómo la madre lo llevaba de una oreja, lloré como una mujer.
Me quedé solo, a
merced de mis padres. Diezmaron mi banda y me redujeron a esta triste vida de
niño, sin emoción, sin peligro, donde tratan de reformarme a fuerza de terapia
y dibujitos animados. Pero el pasado no se borra así nomás, tengo ocho años,
difícilmente pueda enderezarme. La voz de mi destino me llama cada noche. A
veces sueño que a caballo y pistola en mano, asalto un tren cargado de
juguetes, otras que entro en la caja de seguridad de un banco donde están
depositados todos los chupetines del mundo, otras, las menos, sueño una plaza
llena de chicos que pedalean en el aire las bicicletas que ya no tienen. Pero,
como se entenderá, nunca le cuento estas cosas a mi terapeuta.
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