domingo, 31 de agosto de 2014

APENAS UN DELINCUENTE

 

      Lo primero que robé fue un chupete. Tal vez esto no signifique mucho para el lector, pero sí para mi terapeuta que tanto insiste con la oralidad. De cualquier forma, yo no veo qué otra cosa podría haber robado con apenas un año de edad ¿Hace falta decir que mi hermano fue la víctima? ¿ Hace falta explicar que sus gritos me delataron? ¿O hablar, acaso, del castigo, primero de los que con el tiempo recibiría? No, anoto esto simplemente como un punto de partida, como el primer recuerdo que tengo de mi enfermedad (porque mi terapeuta insiste con que es una enfermedad).

     A ese recuerdo siguen otros, o mejor sería decir: a ese chupete siguieron otros, cantidades robadas a primitos y niños varios de la guardería, una cantidad de chupetes que en mi memoria se iguala a una simétrica cantidad de castigos. Las víctimas siempre me delataban a grito pelado y, por más que yo hiciera por disimular, a los mayores no les era nada difícil darse cuenta cuál de los chicos tenía dos chupetes en la boca. Ahora me doy cuenta de que esa primera infancia no es justamente la Edad de la Astucia.

     Las cosas recién empezaron a mejorar en el jardín de infantes. Ahí mis víctimas tenían ya la edad de entender una amenaza, y empecé a amenazarlas. No hacía falta gran cosa para asustarlos, nunca tuve que recurrir a  amenazas tales como quemarles la casa, violar a la madre o matar a toda la familia, mis compañeritos eran bastante pajarones, con mentar al Cuco alcanzaba.

     Así fue como empecé a volver a casa con un cargamento de  autitos, chupetines, figuritas y otras yerbas. Tuve que convencer a mi madre de hacerme una bolsita más grande (ella no entendía cómo podía ir con una taza y volver con tres) que luego sería suplantada por una bolsa d arpillera y finalmente por un carrito. Los objetos que robaba no significaban nada para mí, carecían de valor, lo único importante era ese placer ante el despojamiento, el goce de robar. 

     Entrar a primer grado fue tal vez la experiencia más importante de mi carrera delictiva. Ahí conocí gente bastante avispada y pude poner a prueba mi capacidad de liderazgo: formé mi primera banda. El botín (seguía siendo el mismo de mis fechorías anteriores, ahora incrementado por los sánguches a la hora del recreo) era siempre obtenido por medios intimidatorios. Nos gustaba meter miedo y sentíamos un placer indescriptible si alguna de las víctimas (las chicas, casi siempre) se largaba a llorar. Al único que respetábamos era a Jorge Castaño, tal vez porque siempre andaba diciendo “Mi tío es policía”. Ya entonces le temíamos a la ley.

     La banda estaba integrada sólo por varones y estos eran (aparte de mí) Pablito, Lucas, Adrián y el Ladilla (no sabíamos qué cosa querría decir ladilla, pero pensamos que en la banda no podía faltar alguien con tal nombre). Los apellidos no voy a darlos, alguno de ellos ha rectificado sus errores de juventud y no les gustaría verse en estas páginas.

     Con el tiempo fuimos agregando ítems al botín. Lo primero fueron los útiles, hoy un lápiz, mañana una goma, luego la cartuchera completa. Robamos cuadernos, libros, mochilas. Recuerdo un año entero con chicos cursando sin guardapolvo. Recuerdo chicos yendo  a la escuela descalzos. Recuerdo especialmente aquel día en que, salvo cinco, todos recibieron la clase como Dios los trajo al mundo.

     Cuando ya no hubo qué sacarles a nuestros compañeros empezamos a desmantelar la escuela. Lo primero que robamos  en esta etapa fue la bandera y, aunque nos sancionaron duramente por falta de respeto a los símbolos patrios, esto no nos detuvo. Seguimos con puertas y ventanas, las aulas se  volvieron insoportablemente frías y nunca podré olvidar aquel duro invierno sin calefactores (los chicos seguían yendo desnudos, era inútil mandarlos vestidos. La ropa nunca volvía). Seguimos con el mobiliario, las clases eran de pie y se dictaban en forma oral (ya no había pizarrones). Poco antes de que pudiéramos terminar de desmantelar el edificio (ya habíamos conseguido una demolición que nos ofrecía buen precio por los ladrillos) fuimos expulsados los cinco.

     Esa fue la expulsión del paraíso, en la escuela estábamos “contenidos” (otra vez mi terapeuta) mientras que la calle era una selva, y en esa selva habríamos de perdernos definitivamente.

     Nos vimos enfrentados a un mundo de adultos donde nuestras amenazas ya no servían de nada (las más de las veces nos sacaban a patadas), estábamos ante una evidencia: precisábamos armas. Fue así que nos pusimos de acuerdo y, para reyes, encargamos nuestro arsenal: pistolas de agua (que la proximidad del carnaval hacía florecer en los comercios), una espada luminosa y mi batteryoperatedlaserpistol.

     Armados hasta los dientes y ebrios de coraje asolamos el barrio. Heladerías, jugueterías, quioscos, nadie se salvó de nuestra ira, fue la Epoca de Oro. Robábamos y le vendíamos a los proveedores que les volvían a vender a los comerciantes a los que volvíamos a robar y así infinitamente, o casi, porque esta racha duró poco. Los comerciantes indignados se presentaron en comisión ante nuestros padres y ese fue el comienzo del fin: Una patrulla de padres empezó a seguirnos por el barrio. Decidimos separarnos ya  que de esa forma podrían atrapar a uno, pero era improbable que cayera toda la banda. Nos equivocamos.

     Pablito (que siempre fue el menos despierto) cayó primero, al parecer huyó de un quiosco dejando un claro rastro de sus pasos: La patrulla sólo tuvo que seguir los papelitos de Sugus que iba pelando en el camino. A Lucas lo sorprendieron  en una heladería de la calle Artigas y nunca volvimos a saber de él. Adrián, cobarde, se entregó.

     Con el Ladilla tomamos la determinación de no separarnos, sabíamos que el final estaba cerca y cada movimiento podía ser el último. Empezamos a movernos en las sombras, vivíamos escondiéndonos, cada tanto pelábamos una juguetería. Pero lo que tiene que pasar pasa, y por más que extremamos los cuidados, un mal día nos encontraron. Nos sorprendieron a la salida de un quiosco, con los bolsillos llenos de “evidencia”.

     El Ladilla era un tipo práctico, cuando se vio cercado me tomó por la espalda y apretó en mi garganta la espada luminosa “¡Atrás!”, gritó, pero éramos dos y los padres cuatro, por más canillas que pateamos igual nos redujeron.

     Nos pusieron contra la pared y nos palparon de armas, en la pierna, sostenida por la media, encontraron mi batteryoperatedlaserpistol, cuando me la quitaron sentí que me arrancaban un brazo. Luego se llevaron al Ladilla, fue una escena terrible, no soporté ver cómo la madre lo llevaba de una oreja, lloré como una mujer.

     Me quedé solo, a merced de mis padres. Diezmaron mi banda y me redujeron a esta triste vida de niño, sin emoción, sin peligro, donde tratan de reformarme a fuerza de terapia y dibujitos animados. Pero el pasado no se borra así nomás, tengo ocho años, difícilmente pueda enderezarme. La voz de mi destino me llama cada noche. A veces sueño que a caballo y pistola en mano, asalto un tren cargado de juguetes, otras que entro en la caja de seguridad de un banco donde están depositados todos los chupetines del mundo, otras, las menos, sueño una plaza llena de chicos que pedalean en el aire las bicicletas que ya no tienen. Pero, como se entenderá, nunca le cuento estas cosas a mi terapeuta.

 

 

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